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jueves, enero 6, 2022
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El Atlas, las Chicas de Boturini y mis Primeras Poluciones

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Algo me quedó a deber el Atlas de Guadalajara hace más de 45 años.

Este domingo me lo pagó con creces al ganar un campeonato que tuvo, por justicia poética, que haber ganado el Atlas de Magdaleno Mercado, el Gato Vargas, el Campeón Hernández, Gamaliel Ramírez y los hermanos Chuy y Pepe Delgado.

El Atlas, sí, de Arpad Fekete: un húngaro que no llegó con las chicas del Solid Gold, sino que se embarcó un día hacia América, sólo para dirigir a un equipo brutal: el Atlas de mi primera infancia.

Fekete tenía fama de temperamental. Y seguramente lo era. Pero ese temperamento le fue bien a ese equipo que tenía un ángel tremendo.

Todavía recuerdo a Magdaleno Mercado metiendo un gol de zurda en el Milán de Giuseppe Verdi —un Milán cuajado de neblina—, teniendo como marco la narración puntual y explosiva de Ángel Fernández.

Esa noche la recuerdo bien.

Mi padre y yo estábamos pegados al radio de bulbos —un Philips modelo 64—, al que había que pegarle cuando se trababa.

(Igualmente se trababa la televisión Majestic, también de bulbos, en cuyo regulador un día estalló en vísceras un inocente pollito que confundió el calor materno con el de ese aparato inventado por Luzbel).

Horas antes de que el Bombardero Mercado —así lo bautizó Ángel Fernández— le metiera un gol a los italianos, yo había enfrentado una dicotomía: quizás la primera de mi vida.

Y es que tuve que decidirme entre Martha de la Mora Castillo —cuyo padre era idéntico al senador Jorge Cruickshank García, del PPS— y Araceli: una chica con labios de ángel que me cerraba el ojo izquierdo cada vez que pasaba a su lado.

Ambas tenían trece años. Yo andaba en los catorce. Ya había pasado la matanza del 68 y estaba por llegar el mundial de futbol México 70. Un bigote ralo empezaba a coronar mi labio superior, y los barros y las espinillas me atacaban día y noche.

Al final, debo decirlo, me ganaron las caderas de Araceli, pese a que Martha de la Mora Castillo ejercía en mí una fascinación secreta: esa fascinación que tienen los flecos y las colas de caballo.

Mis poluciones nocturnas mucho les deben a esas chicas. Martha vivía en el departamento 13 de ese horrendo edificio ubicado en Sur 81 425, colonia Lorenzo Boturini, delegación Venustiano Carranza. Araceli dormía y germinaba en el departamento 25. Yo soñaba en el número 17.

Los senos de ambas me perseguían en sueños. En la vida real, también. Ya con los de Araceli en las manos, pronto me olvidé del fleco de Martha de la Mora Castillo.

Todo esto ocurrió antes de que Magdaleno Mercado metiera ese gol desde la media cancha y entre la bruma del Milán de Verdi.

Metido en una erección adolescente, grité y corrí como un loco por todo el departamento celebrando el gol de mi ídolo futbolístico.

Fue, lo confieso, uno de los días más felices de mi vida. Aunque también, ufff, de los más tristes. Y es que a la alegría de Araceli se sumó la tristeza de Martha de la Mora Castillo. Sus lágrimas aparecen, todavía, en la borrasca de mis pesadillas.

¿Y qué decir de los senos de Araceli? Por un tiempo los olvidé en el desván de Doktor Freud. Hoy, con el triunfo del Atlas, los recordé otra vez.

Y más con la camiseta rojinegra de Quiñones —la original— que mi querido Pepe Hanan me regaló hace unos días.

La noche en que ganó el Atlas estrujé la camiseta como lo hice en aquellos años adolescentes con los senos de mi entrañable Araceli.

Oh, dioses.

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