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jueves, diciembre 8, 2022
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El poeta que comía manzanas en una tina de baño

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|Mario Alberto Mejía

 

Éramos púberes. Andábamos en los veinte años y podíamos estar despiertos hablando de poesía tres días con sus noches. Las musas pasaban por las camas de los moteles como uvas en la mesa del poeta: frescas y luminosas.

Estábamos en esa noche de los años setenta en una casa de la colonia Condesa. Había ron, cervezas, Ritalín. El coctel ideal para un jueves taciturno. También había mariguana y hasta LSD.

Todos éramos poetas. O eso creíamos. No hablábamos de otra cosa. Publicábamos libros y revistas, y dábamos lecturas en galerías de arte, el Museo Carrilo Gil y la Casa del Lago.

Un rumor empezó a crecer: David Huerta estaba encerrado en el baño con Frida Varinia, una joven poeta con un físico brutal. Era alta, rubia, vikinga, frondosa. Tanto lo era que uno podía cortar las manzanas que le brotaban con pulsión veraniega.

Otro rumor mató el primero: David y Frida ya se metieron a una hermosa tina de baño de corte porfiriano. Algunos no resistimos el morbo y empujamos la puerta para ser testigos de ese acto surrealista. Y sí, en efecto, David —copa de vino en mano—  le decía poemas al oído a Frida Varinia. La desnudez de ella era brutal. La espuma del jabón no duraba dos segundos en sus senos.

Para entonces, David ya era el Poeta. Había publicado El Jardín de la Luz, Cuaderno de Noviembre y Huellas del Civilizado. La imagen de él en la tina a punto de hacerle el amor a Frida Varinia lo convirtió en un tris en una especie de poeta maldito.

Las siguientes veces que lo vi aparecía, inevitablemente, la trama de la tina. ¿Qué pasó esa noche? ¿Tuvieron sexo o sólo se bañaron? David respondió con una sonrisa de poeta. Sonrisa discreta, lejos de la vulgaridad de la escena.

Cuaderno de Noviembre me gustó, pero no me cautivó. Sí lo hizo, en cambio, Incurable: un poema de casi cuatrocientas páginas. Lo leía todo el tiempo: en el Metro, en los camiones, en los moteles, en mi gabinete de Coyoacán, en los pasillos de los hospitales, en el baño… Fue en su momento un ejercicio de iniciación. No sabíamos a dónde nos llevaría. Sólo era la sensación del viaje.

Incurable fue mi lectura diaria durante unos cinco meses. Buscaba señales secretas en los versículos que lo contenían. Y estoy seguro que creí por momentos ser el receptor de códigos inéditos.

Los infrarrealistas no lo querían. Roberto Bolaño decía que era el hijo lampiño de Efraín. Seguramente envidiaban su larga cabellera y esa barba que le daba un toque existencialista, muy años cincuenta.

Ya he contado cómo compartimos mesa en dos ocasiones luego de la muerte de Efraín. Le sorprendió de entrada que me gustara la poesía de su padre. Orgulloso, le dije que sí. Me dijo que me hacía por otras rutas.

Compartimos la segunda mesa con Eduardo Lizalde y Renato Leduc. No olvido esa noche jamás. A principios de los ochenta dejé la Ciudad de México. No volví a ver a David sino hasta hace algunos años, cuando caminaba con su rostro de rabino entre las multitudes de la FIL de Guadalajara. Caminaba como poeta. Hablaba como poeta. Ya era el personaje que se había creado.

Hace unos días, al enterarme de su muerte, sentí que algo dentro de mí también moría. No he dejado de leerlo y de tenerlo presente. Ahora mismo siento que escribo sobre alguien entrañable. Eso hacen los poetas cuando faltan: dejan un vacío en la textura interna del lenguaje.

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