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viernes, agosto 12, 2022
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La Amante Poblana 13

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Capítulo 13

Puto es aquel…

 

Los balazos se escucharon por todo el edificio.

Un comando de tres o cuatro personas se acercó al carro de Fernando Amaro, y justo cuando estaba a punto de cruzar la pluma de seguridad del estacionamiento, dos sujetos se bajaron de la parte posterior de una Durango negra y dispararon a quemarropa.

Los matones iban encapuchados y la camioneta llevaba sobre las placas ese tipo de película polarizada que impide ver los números.

Tras los hechos consumados, en dos movimientos precisos, los hombres abordaron el vehículo por las puertas traseras y se dieron a la fuga.

El vigilante se agazapó bajo la mesa del registro y dijo más tarde que él no había podido ver nada claro. “Fue muy rápido, ni me enteré. Miré que llegó don Fernando, como siempre con su música fuerte en el carro, la pluma se iba levantó y… ¡saz!, se oyó un derrapón y luego la balacera, y yo a verdad sí me espanté y me metí acá abajo. No soy seguridad privada, me contrataron nomás pa da acceso a las visitas y anotar sus nombres, no tengo arma”.

Fue el propio vigilante el primero en acercarse a la escena del crimen, pero como había visto en la tele, intuyó que no debía tocar el cuerpo. Lo llamó por su nombre, dijo en su declaración, para ver si estaba vivo, sin embargo, don Fernando no respondió. Su cuerpo de había colapsado hacia adelante, la cabeza le colgaba encima del volante y sólo la música seguía bien fuerte. Era una canción de esas de discoteca, añadió el vigilante.

Dada la ubicación del edificio, sobre la lateral de una avenida grande, los curiosos empezaron a arremolinarse, pese a los esfuerzos de don Chon, el vigilante, por ahuyentarlos.

Los vecinos bajaron por el elevador del estacionamiento y fue Ruth de Miguel, una septuagenaria conocida, quien de inmediato llamó a la madre de Fernando para anunciarle las malas nuevas.

 

El levantamiento del cuerpo se dio rápido. El padre de Fernando llegó a los diez minutos y él sí, pese a las advertencias que se conocen de no manchar la escena del crimen, abrió la puerta, apagó la música y se ahogó en un grito sordo abrazando a su difunto hijo.

 

La policía acordonó la zona y llegaron los peritos. Marcaron con cintas las áreas e interrogaron a don Chon, quien apenas podía articular palabra. Comenzó entonces la búsqueda de huellas.

Los casquillos de las balas se encontraron a unos pasos de la camioneta, sin embargo, esto solo era el principio de una investigación que a la postre fue mandada al archivo muerto.

 

Mientras un comando armado le arrancaba la vida Fernando, Anais venía de regreso a paso lento sobre la autopista a Atlixco.

Cuando leyó los mensajes de su suegra, primero pensó que estaba soñando o que sería una mala broma de alguna amiga, pero pocos segundos después, al comunicarse con doña Pipis Amaro, la verdad se desveló.

Apretó el paso y cruzó la caseta Atlixcayotl. Al detenerse para pagar la cuota entró en una especie de ataque de pánico.

Cogió su celular y a la primera persona que llamó fue a Pedro.

En medio de cualquier crisis, los juicios morales y las culpas quedan fuera del rango de movimiento del atribulado. No cruzó por su mente pensar que era una bajeza llamarle a su amante para que la ayudara a regresar a la realidad tras enterarse que su marido había sido asesinado a balazos minutos antes, quizás al mismo tiempo en el que ella, con toda la frivolidad y el desparpajo que precede a los amantes, se hacía preguntas tales como si debería pasar por alto la homosexualidad de Pedro.

Cuando el teléfono dio línea pasó por su mente colgar, sin embargo, necesitaba que alguien de confianza la escuchara y le ayudara a calmarse. Y quién de mayor confianza que aquel con el que compartía sentimientos y fluidos.

 

–Anais, estaba por llamarte. Oye, lo que viste hace rato… es…

–No te llamo por eso. Acaban de matar a mi marido.

–Pff, oye, no estamos para bromear en este momento, lo que quería decirte es…

–Que no es broma, ¿cómo voy a jugar con algo así? Pedro, no sé qué hacer, estoy en shock. Fernando… muerto… me dicen que lo balacearon en el estacionamiento. Yo lo vi en la mañana antes de encontrarme contigo en esa situación, pero eso es lo de menos. Mi suegra me marcó, me estuvo buscando, pero yo tenía el teléfono apagado.

–¿En donde estás?

–Cruzando la caseta de Atlixco.

–¿Qué haces ahí?

–¡Carajo, Pedro, ¡eso vale madres! Voy para mi casa, a encontrarme con mi marido muerto, con agujeros en todo el cuerpo, y tú preguntando qué hago acá…

–¿Qué quieres que haga?

–Nada, sólo acompañarme por el teléfono mientras llego. ¡Lo mataron, lo mataron! ¿Quiénes? ¿Por qué?

–No quiero ser duro, pero tú sabes bien quiénes pudieron haberlo hecho. Fernando últimamente andaba con gente muy rara.

–No mames, eran sus clientes nada más, les hacía sus casas. A él lo contrataron.

–Sí, pero ese mundillo es así: no perdona, te vuelves parte quieras o no.

–¿Qué voy a hacer? De por sí mis suegros me alucinaban, y ahora…

–Sé racional. Por lo menos tu suegro sabía con quién estaba tratando Fernando los últimos dos años, y él también hacía sus bisnes.

–Oye, ya estoy llegando. Está acordonada la cuadra. Tengo pavor de bajarme. No quiero ver eso. No me está pasando a mí.

–Cálmate. Llámale a alguien para que te acompañe.

–Y ¿qué estás haciendo tú, aparte de limpiar tu cagadero de cocaína y tus restos seminales de la cama?

–¿En verdad me estás preguntado esto, en una situación así?

–Perdón, me excedí. Ya hablaremos luego.

–O no: a partir de ahora las cosas cambian, Anais. Tú vas a cambiar, tu vida, tu entorno. ¿No te das cuenta? Lo que le pasó a Fernando es grave, no se murió por un cardiacazo, no lo atropelló el metrobús. Lo mataron los narcos.

–Cállate. Ni lo digas…. Ya sé que todo va a cambiar. De hecho, iba a cambiar desde que salí esta mañana y te encontré en la cama con ese puñetas.

–¿Vas a empezar a agredir?

–No. Pero ya vi por dónde va la cosa: sé que a partir de este instante tú vas a evanecer. Vas a huir como huyen los delincuentes. No vas a querer pasar a la historia como el tipo que se andaba cogiendo a la esposa del muerto.

–No voy a huir porque nunca he estado, Anais. Lo nuestro tenía fecha de caducidad y siempre lo supimos.

–Ya lo sabía… francamente no me sorprende. Sin embargo, después de que pase esta tormenta claro que quiero hablar contigo. No para otra cosa, sino para que sepas mi postura frente a tus mamadas.

–Ve. Tienes cosas que afrontar.

–Lo sé. Ya estoy caminando para allá. Voy a colgarte. Sólo espero que no sea la última vez que hablemos.

–¿Es en serio que hasta yendo a caminar para ver a Fernando acribillado vas pensando en lo que tuvimos?

–Ya hablas en pasado…. No me asombra. Si cogerte al residente no es lo que te hace puto. Puto es el hombre que se mete a una aventura como la nuestra y cuando ve la ola enfrente sale corriendo como una rata asustada. Para eso me gustabas.

–Estás mal de la cabeza. Pobre Fernando, por lo menos se libró de que una piruja de tu calaña le siguiera viendo la cara.

–Ahora me insultas… está bueno. Para eso sirven las tragedias: para tirarles las máscaras a los imbéciles. Sabes qué, nunca pensé en decir esto, pero ve y chinga a tu madre.

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