De amor y marihuana
están hechas las puertas del infierno.
De amor, de alcohol y marihuana.
Buena combinación
para terminar ladrándole a la luna
o morir de un infarto al miocardio.
Esa noche del alma –¡oh, César!–
vi al poeta Hinostroza caer al piso de una cocina cholulteca.
Cayó en el minuto 44 del segundo tiempo, cuando el alcohol les iba ganando
a los invitados.
Cayó cerca de mí.
Pasó rozándome.
Sin zancadilla de por medio.
Está de testigo el escritor cubano José Prats, con quien incendiamos esa noche
el jardín de la Inocencia de Rodolfo Hinostroza. Bebía un vodka el poeta.
O un brandy.
O una cerveza.
No lo sé, y no me importa.
Bebía, pues, en una cocina sucia
–como son las cocinas cholultecas
a la mitad de una fiesta–
cuando dibujó
una gran O con su boca
y cayó con su más de 1.75 de estatura.
¿O era 1.80?
De un solo golpe.
De pies a cabeza.
Como una tabla peruana.
Directo al piso.
Junto a los trastes sin lavar.
Y esa O quedó dibujada en la boca del poeta. Rígido, él, por completo.
Lejos de cualquier respiración.
Tieso como una ballena peruana
de la que pueden salir millones
de hot-dogs.
Un minuto pasó
y todos creímos que el poeta había muerto.
(El vaso de vodka o brandy o cerveza
estaba rígido en su mano).
Vaso y poeta más tiesos
que Eugenio Marchbanks cuando Cándida prefirió a su marido que a él. Un minuto corrió cuando, de pronto, ¡oh, César!,
el poeta se levantó de un solo salto,
le dio un trago a su vaso
–que aún contenía líquido–
y se fue a fumar marihuana
con el dueño de la casa
y varios gentiles y muy cultos invitados.
Muerte y resurrección de un poeta
