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jueves, febrero 22, 2024

Literatura infantil

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Tengo un vago recuerdo de niña, mi vecina sentada en su comedor blanco con dorado, estilo Luis XV junto a mamá. Ambas toman un late y madalenas, yo, agua de limón. La señora T hojea su diario de maternidad ante la mirada atónita de mamá. En él, había fechas importantes como el día que D lloró con lágrimas (hasta ese momento no sabía que los bebés tenían un llanto seco los primeros meses de vida) o el día que L balbuceo. La receta de la primera papilla de V y primer diente de leche encapsulado con diurex junto al primer mechón de pelo de sus cuatro hijas.  

Días más tarde, mamá estaba en la cocina preparando el desayuno para mi tía y le contó que había algo tétrico en esas letras azules manuscritas, adornadas con pelo, pedazos de tela y fotos viejas.  

Nada de tétrico tenía aquel Diario, ahora puedo entenderlo. Era algo íntimo, lleno de amor y dedicación que la señora T creyó oportuno compartir con otra señora, mi madre, hasta entonces, llena de hijas también.  

La bebitud debiera vivirse así, como un descubrimiento de nosotros a través de otro ser humano, amén de la fatiga física y mental que conlleva que ese pequeñx se comunique a través del llanto desaforado.  

Lo que sucede es que nos enrollamos en hacerlo tan perfecto y en la aprobación social que no exploramos ese lado espontáneo que nos deja los pelos llenos de baba o vómito. 

Sobre lo anterior, me topé con un libro Literatura infantil (Anagrama 2023) de Alejandro Zambra, una oda al hijo, al apego de dos personas, la que camina, habla y es autosuficiente y la que está a expensas de lo que el otro le pueda ofrecer.  

Es un Diario de la paternidad o una carta al hijo, como lo quieran ver.  

Acostumbrada a libros donde las mujeres hablan sobre ser madre y nuestras renuncias o escritores narrando desde la hijitud, esta especie de ensayo-crónica nos da el punto de vista de un hombre hecho padre que, además, es el cuidador por elección de su hijo Silvestre 24/7. 

Frases maravillosas como “no se nace escritor, se nace bebé” o episodios donde Zambra ve a la cantante Yuri durante un mal viaje de hongos, son de una simpleza aparente —incluso boba— que, lejos de sentirse absurda, ejemplifica a la perfección, la experiencia de un hombre, tratando de criar y no morir en el intento.  

La cotidianidad de los días, el desvelo, el descubrimiento, el miedo a no estar haciendo lo correcto, en los ojos de Zambra, parecería que ser padre, es un deleite.  

No conozco un papá más feliz que él.  

Mis hijos tienen al mejor papá que pude elegir. Él como Zambra, cargó sobre su pecho a los hijos, cambió pañales y jugó con ellos mientras yo sólo era testigo de su amor. Hay veces que los veo sonreír o elucubrar con la mirada alguna broma hacia mi persona y muero de envidia.  

Ojalá hubiera tenido un papá como Zambra.  

Ojalá hubiera tenido un papá como A.  

En este poco explorado mundo de hombres que aceptan quedarse a cargo de la crianza, el escritor menciona con su característica ironía que el mundo no está hecho para niños y mucho menos para niños cuidados por el papá. Como si un niño debiera ser inherente a la madre y, a su vez, el niño a la casa. ¿Qué hace un hombre con un niño en la panadería?, ¿qué hace un niño con un padre en una librería? Las miradas ajenas los invaden, los amigos le aplauden la hazaña (como si lo fuera) y los lugares públicos, les impiden la entrada porque la mamila lleva leche y los líquidos no pueden pasar. 

Literatura infantil es un libro sobre la infancia y lo que se dice de ella. Lo que es, lo que no es y lo que debiera ser.  Es un ensayo del ensayo-error de Zambra, quien, como escritor no pudo hacer mejor cosa que ponerlo en palabras.   

El libro está escrito a modo de diario, día uno, día treinta y dos, día doscientos veinticuatro. Hay días científicos, de investigación, días cursis y días de hueva, tal cual el día a día de los hijos y la casa.  

Sin embargo, Alejandro Zambra, no solo habla del hijo, también abre la puerta de ser esposo de una escritora, Jazmina Barrera, su historia de amor, la historia de ella —de niña— antes de conocerse. Sus acuerdos y sus recuerdos para educar a Silvestre un poco igual que sus padres, pero diferente, porque ser papás es así, hay cosas de tus padres que vas a cambiar y hay otras que vas a perpetuar. Ahí está, por ejemplo, inculcarle al hijo el gusto por el futbol, pero sin televisión, mejor, los libros.  

Y como padre, Zambra tuvo al suyo, su papá ahora convertido en abuelo contador de historias, divertido y consentidor (como todos los abuelos de este mundo). Un padre hurtado por el hijo, un padre reinsertado a la vida del escritor como un hombre dulce y con sentido del humor. El papá-hijo, el papá-abuelo y el hijo-nieto convergiendo en la mediana intimidad de una videollamada una vez por semana. Adorable.  

Si tienen oportunidad de leer Literatura infantil antes que cualquier otro libro del autor, háganlo y si tienen la oportunidad de escuchar el audiolibro, aún mejor, el acento chileno del escritor le da un plus a la historia. Eso sí, por recomendación de Alejandro Zambra, que no mía, si lo escuchan, aumenten la velocidad de su dispositivo a 1.5 porque si algo lo caracteriza, es su lentitud al hablar, tipo Ya sabes quién.  

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