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jueves, enero 13, 2022
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“Los demonios de Medardo”

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Acomodada en uno de los añejos sillones de piel negra lustrada de la “Library”, en el Boston Park Plaza, meditaba sobre mi lectura actual.

La “Library” de ese histórico hotel, situado en el centro de una de las ciudades con más “caché” del vecino país del norte, es uno de esos “pequeños-grandes” descubrimientos que uno agradece haber pisado… Su pequeña biblioteca, junto con la decoración un tanto ecléctica, pero muy acogedora, invita a propios y extraños a tomarse uno o varios momentos para leer o reflexionar. Acompañado, claro está, por un Gin o un café del Starbucks. La atmósfera del lugar navega muy bien con la de la ciudad popularmente conocida como “Beantown” o la “Atenas de América” o “La Cuna de la Libertad” …

El sentido del olfato es el que más nos despierta la memoria. Memorias de la niñez, del antaño, del antes y también del reciente. Alegrías, pesadumbres y nostalgias acarician nuestro ser cuando la nariz percibe algún olor reconocido. Debo de confesar que mi olfato es mejor que el del común denominador. Y aunque me digan que sea mamona, muchas veces por el olor me he guiado para decidir si algo me late o me repugna.

El olor en el espacio de la “Librería” era una mezcla de esencias. Llegaba a percibir el aroma de maderas nobles como el nogal y la caoba…pero el que más me envolvía era la mezcla de un aroma de sándalo con bergamota. Al sentir ese olor (con toda intención digo “sentir”. De entrada, es la traducción al francés. Y al ser el olfato un sentido tan multidimensional, se puede volver a vivir, a recordar, a emocionar… a sentir) me trasladaba a mi época de niñez y juventud. Específicamente, cuando iba a comer los domingos a casa de mis abuelos.

Acudíamos mis padres y hermanos, junto con tíos y primos a la visita familiar. Lo disfrutaba enormemente. Tenía la oportunidad de ir a la biblioteca de mi abuelo y sentarme a leer en paz, en un lugar con una ambientación de misterio, sobriedad, elegancia y cultura. Ni mis primos, ni hermanos se interesaban por entrar ahí. Eso me daba pauta para leer todo lo que encontraba. Y en algunas ocasiones, gozaba de la presencia de mi abuelo, cuando se sentaba los domingos de temporada, a las 4 de la tarde, para ver las corridas televisadas de la Plaza de Toros México.

Padre de mi madre, mi abuelo Enrique, fue y sigue siendo una de mis “personas favoritas”.  La relación que tenía con él era muy especial. No lo sé explicar. Simplemente, desde pequeña sentí una gran empatía, un enorme amor y un sólido cariño por su persona. Esos sentimientos eran mutuos. Hoy aún, su simple recuerdo me genera ese escalofrío que produce la añoranza de un ser profundamente amado.

Mi madre me llevaba a visitarlo a su oficina desde que era bebé. Recuerdo detalles de muy pequeña, como el que se haya tomado el tiempo para acompañarme a abrir mi primera cuenta de ahorros en el Banco de Puebla, en la sucursal de la 25 Oriente, esquina con la 2 Sur.

Mi abuelo era una persona amorosa, leal y sumamente simpática. Muy querido por su familia, sus amigos, los amigos de sus hijos, parientes y gente que lo llegó a tratar. Don Enrique, para muchos, era un personaje. Podría relatar innumerables anécdotas sobre él. Hay una en especial, hablando de olores y sabores, que sigo reviviendo hasta el día de hoy.

No muy lejos de su casa, se encontraba “La Flor de Puebla”, una tradicional panadería poblana. Mi abuelo, con una expresión de “niño travieso”, me pedía que lo acompañara. La estela del olor del pan iniciaba al aproximarse y terminaba conduciéndote, como hipnotizado. Al entrar, el olor del pan recién horneado era envolvente. Quien haya tenido la oportunidad de ir a esa panadería, sabrá de lo que hablo.

La tarea principal de mi abuelo era hacerse de unas conchas. Todavía calientes, emprendíamos el regreso. Procurando que no lo descubriera mi abuela, sacaba del refrigerador la nata que se obtenía al hervir la leche del rancho “Ojo de Agua”. Mi abuela y siguiendo su ejemplo, mi madre también, guardaban esa nata de extraordinaria calidad, como un tesoro. Hirviendo siete litros de leche en una gran olla, apenas se obtenía una costra de ese preciado lácteo, la cuál era utilizada, en ocasiones especiales, para hornear un panqué de nata que era delicioso y muy apreciado.

De ahí, la “gran travesura”. No en pocas ocasiones, nos vimos sorprendidos. O se escuchaba el “Enrique, deja esa nata carajoo…” de mi abuela o el “Ay papá…” de alguna de mis tías o mi madre. Pero bien valía la pena. Saborear ese pequeño manjar in extremis calórico a escondidas, siendo cómplice de Enrique, me llevaba a vivir, no solo la gratísima experiencia culinaria de degustar una concha con nata. Sino también las carcajadas al vernos descubiertos y por supuesto, la aventura en contubernio con mi abuelo.

Volviendo con los olores y recuerdos, pero ahora de espacios… el olor de sándalo con bergamota constituía, al menos para mí, una pieza importantísima del recuerdo de la biblioteca de mi abuelo. Cuando llegaba a alojarme en el Boston Park Plaza y pisaba el espacio de su “Librería”, su olor me trasladaba a la remembranza de esa casa en la Avenida Reforma, en Puebla.

Ese aroma y el libro que leía yo, “LOS ELIXIRES DEL DIABLO”, obra de un escritor alemán del S.XIX, Ernst Theodor Amadeus Hoffmann, me recordaron a esa Puebla Levítica que viví muy de cerca…

No faltará quien se pregunte si tengo algún lazo familiar con el escritor alemán. No lo sé. Lo que sé es que mis ancestros vinieron del País Vasco y de la zona de Santander, con raíces celtas. Tengo antepasados judíos askenazi y sefarditas, al parecer. Y en este pequeño planeta azul, no puede descartarse que tengamos algún ancestro en común.

Pero sí encuentro alguna conexión con él. Específicamente en dos temas. El primero, su nombre de pila, Ernst Theodor Amadeus. “Ernest Theodor Amadeus”????en serio ??? Parece que lo bautizó el arquitecto que proyectó la joya barroca y churrigueresca de la época colonial y orgullo de mi ciudad natal. La Capilla del Rosario.

En segundo lugar, la trama de su novela…

El personaje principal es Medardo (por el nombre me recuerda al señor que cuidaba la entrada al patio de mi escuela). Medardo era un monje piadoso, compasivo y ávido de conocimientos. Pero sufre una metamorfosis en su psique, a tal grado, que se transforma en un ser en extremo egoísta, orgulloso y sumamente soberbio (cualquier referencia con la realidad es mera coincidencia).

Esta corrosión en sus entrañas, lo lleva a cometer una serie de barbaridades y crímenes, los cuales intenta cubrir a través de falsos testimonios, mentiras y perjurios. Su obsesión es evitar ser descubierto, ya que debido a su posición, la pena, la vergüenza y el ostracismo, se convertirían en su pan de cada día. Y más que otra cosa en el mundo… perdería la oportunidad de conseguir lo que ha soñado siempre: ser alguien valorado y reconocido,… ser alguien “de Mundo”.

Los elementos fantásticos y “fanáticos” de la obra de E.T.A Hoffmann (mejor abreviamos su letánico nombre) —desde los elíxires del diablo, las pociones demoniácas y las alucinaciones dantescas que sufre el personaje— son sólo un pretexto para mostrarnos la cruda y débil “Humana Natura”, la frágil escencia de un alma corrompida por su mayor adversario… el EGO. Este es el verdadero Satanás. El peor enemigo del SER. Lo que realmente nos condena a la perdición. Es el Ego quien se encuentra detrás de todos los tormentos humanos. Y de todas sus gélidas consecuencias…

Cuando Medardo  se reconoce en el demonio, se da cuenta de que no hay nadie más que él detrás de todo esto. Tomar los elíxires del diablo no fue motivado por el maligno, sino por él mismo,… ha sido su propio Ego el causante de sus errores, maldades y delitos.

Así,  amable “Hipócrita Lector”, creo que no es coincidencia que “LOS ELIXIRES DEL DIABLO”, parezca una pieza teatral, basada en la vida diaria de la Puebla de las Dos Caras

La Puebla de la Luz, de la trascendencia, del servicio. Y la Puebla de la oscuridad, del fariseísmo y la simulación. Siempre la dualidad…, siempre… en esa Puebla de los Ángeles… y de los Demonios

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