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domingo, abril 21, 2024

La fábula y la conciencia animal

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Carlos Chimal 

Según los estudiosos, existen dos aproximaciones antropomorfistas al enigma de la conciencia en los animales: una imaginativa y otra interpretativa. La primera es totalmente fantasiosa, sin ningún asidero en la naturaleza de los animales involucrados, pues se les trata como si fueran humanos.  

La segunda pretende adentrarse en el interior de otras especies, distintas a nosotros, proponiendo diversas lecturas de su comportamiento. Ninguna ha conseguido penetrar en lo profundo del acontecer y sentir animal, si bien en fecha reciente dos investigadoras israelíes, Ava Jablonka y Simona Ginsburg, encontraron que los animales también son capaces de llevar a cabo un proceso de “aprendizaje asociativo sin límites”.  

Se trata de la capacidad de recordar el vínculo entre una señal y un evento, sin importar el tiempo que haya pasado entre ambos, lo cual permite actualizar lo que se puede esperar de sucesos futuros, ya sea una recompensa o un castigo, dependiendo del entorno siempre cambiante.  

De acuerdo a sus hallazgos, se puede inferir, si bien débilmente hasta que no existan mayores confirmaciones, que organismos propietarios de un sistema nervioso más o menos complejo poseen también conciencia plena de dónde están parados, aunque no sepamos entender su lenguaje… aún. 

La ficción creada por los humanos ha intentado servirse de dichos enfoques interpretativo e imaginativo para contamplarse a sí mismos y explorar ciertas facetas del comportamiento animal.  

Esopo, Fedro y Jean de la Fontaine son ejemplos de este ejercicio intelectual, donde se transgrede el espacio que pertenece a los animales y se establecen vínculos fantásticos con los seres humanos, en particular con su conducta consciente.  

La vida misma de Esopo parece fabulosa, incluso se duda de su existencia real. Quienes han rastreado su huella aseguran que nació en Amerium, una localidad cercana a Frigia (Asia Menor), alrededor del año 620 ane. Otros, como el historiador Herodoto, afirmaban que vio la luz en Tracia, península de los Balcanes, o en Lidia, península de Anatolia, actualmente las regiones de Esmirna y Manisa.  

Hay quien asevera que fue nativo de Egipto. Coinciden en que vivió en la isla griega de Samos como esclavo del filósofo Janto, a quien, se dice, entretenía con sus ocurrentes improvisaciones. Dotado de ingenio mordaz, era tartamudo y jorobado; luego fue vendido al potentado Jadmon de Samos, hasta que consiguió su libertad. Se convirtió en fabulista cuando sirvió a Creso, monarca de Lidia, con quien trabajó en diferentes misiones diplomáticas.  

Tampoco están claras las circunstancias de su muerte, en 560 o 564 ane. Se dice que por órdenes del rey fue enviado a consultar el oráculo de Delfos y ofrecer sacrificios a las divinidades; también se cree que transportaba oro a fin de distribuirlo entre los ciudadanos.  

Sin embargo, horrorizado por la corrupción imperante, decidió no hacerlo, refiriéndose a los sacerdotes del oráculo de manera sarcástica, quienes lo acusaron de robar en el templo de Apolo. Sentenciado a muerte por su blasfemia, fue arrojado al vacío desde un acantilado, según Plutarco. De acuerdo a la leyenda, Zeus castigó a la ciudad con una prolongada hambruna. 

Algunos historiadores aseveran que sus fábulas se utilizaban como libro de texto en las escuelas, incluso Platón afirmaba que Sócrates se sabía de memoria sus apólogos. Sus relatos han trascendido en el tejido espacio-temporal a partir de testimonios orales, pues no se sabe que haya dejado nada escrito.  

En ellos solía utilizar animales que exhibían cualidades psicológicas humanas, transgrediendo el espacio de las especies vivas. Utilizó la sátira con objeto de criticar las normas morales, políticas y éticas tanto de los individuos como de las sociedades de su tiempo, en especial se ensañó con el tirano de Atenas, Pisístrato.  

Sabemos que fue el monje Planudes Maximuses quien recoplió sus alegatos morales. Gracias a él ejerció influencia en Babrio, Fedro, Jean de la Fontaine, Félix María Samaniego, Tomás de Iriarte y Gotthold Ephraim Lessing. 

De Cayo Julio Fedro se sabe poco, excepto que fue autor de cinco libros de fábulas en verso. Los pocos datos biográficos que conocemos nos han llegado mediante su propia obra. Vivió durante el principado de Augusto (ca. 20-15 ane y 50 dne), en la provincia romana de Macedonia, quizás en Pieria, según se lee en el prólogo al libro III, vv. 17-20.  

Ahí se muestra orgulloso de haber nacido en la tierra de las Musas, precisamente, el monte Pierio. Fue esclavo, pero recibió una esmerada educación desde joven, sobre todo en latín, aunque su lengua natal era el griego. Esto hace suponer que lo llevaron a Roma siendo todavía niño y que allí formó parte del grupo propiedad de Augusto, si bien luego consiguió su libertad, como se consigna en un documento del siglo IX, Codex Pithoeanus 

Durante el gobierno de Tiberio se ganó el repudio de un ministro influyente, de nombre Sejano, quien lo acusó de haber publicado insidiosas alusiones personales disfrazadas de personajes animalescos, contenidas en sus dos primeros libros de fábulas.  

Por ello fue condenado y cayó en desgracia. Su precariedad económica lo obligó a pedir apoyo de libertos ricos e influyentes, como Eutico y Particulón, según lo demuestran las dedicatorias de dos de sus libros. Sus tres últimas obras indican que vivió hasta la época del emperador Claudio (41–54 dne) o, tal vez, de Nerón, quien gobernó el imperio romano entre los años 54 a 68 dne, si bien se desconoce la fecha exacta de su deceso. 

Se considera que fue el primero de los poetas antiguos en escribir fábulas en verso a fin de que se leyeran en forma autónoma. En el prólogo de su primer libro explica que prefirió dicho género porque deseaba reflejar la situación social de los desprotegidos.  

Ponderó la astucia del débil, único recurso frente al poderoso, a quien le convenía adaptarse a las circunstancias con el propósito de sortear los riesgos de vivir al garete. En el prólogo de su tercer libro declara que su finalidad no era “censurar individuos, sino describir la vida misma y las costumbres de los hombres”.  

El contenido de sus fábulas obedece a una doble intención: educar y, al mismo tiempo, deleitar a su público. El carácter moralizante se manifiesta sin ambigüedades en una sentencia ético-filosófica, o moraleja, colocada, a veces al principio de la historia (promithyon), o bien al final (epimithyon). A esta intención de divertir y enseñar se agrega la crítica sociopolítica.  

Fedro imprime a sus obras un carácter satírico que pone en evidencia los vicios y defectos de la sociedad de su tiempo, aunque siempre de manera general y sin referirse a casos específicos ni a personas reales. Por ello se convirtió en blanco de los reproches de sus detractores. 

Su estilo, sencillo, claro, se caracteriza por la brevedad, la variedad y el cuidado del discurso narrativo. Sin embargo, cohabitan las expresiones cultas con el lenguaje hablado, lo cual enfatiza su empatía con las clases populares y el ámbito marginal en el que creció.  

Ello explica la popularidad de su obra, la cual ha trascendido hasta nuestros días. Inspirándose en la obra de Esopo, a quien reconoce como el inventor de la fábula, escribió El lobo y el cordero, La zorra y las uvas, La zorra y el cuervo 

De hecho, se erigió heredero de los temas que las colecciones helenísticas habían transmitido en prosa desde el siglo IV ane. Así, admite su apego a las historias de Esopo tanto en la forma literaria (en especial, el uso del senario yámbico) y reivindica su originalidad. 

La obra de Fedro fue ignorada en su época, pero en la Edad Media empezaron a circular diversas prosificaciones a partir de sus fábulas bajo el nombre de Romulus. En la segunda mitad del siglo XV, en los albores del humanismo, Nicolò Perotti reunió sus cinco libros de fábulas, así como una treintena de relatos desconocidos (Appendix Perottina), provenientes de un manuscrito hoy perdido.  

En 1596 fue editado por Pierre Pithou. A partir de entonces encontró un lugar junto a Esopo en las grandes antologías, entre ellas la de Isaac Nevelet, Mythologia Aesopica, publicada en 1610. 

Desde el siglo XVII las fábulas de Fedro despertaron mayor interés. El movimiento neoclásico apreció el carácter edificante del género, de manera que empezaron a ser imitadas en prosa y en verso, y llegaron a ser textos escolares, como solía hacerse en la Antigüedad y en la Edad Media.  

En este siglo XVII vivió el más fiel imitador de Fedro y Esopo, el francés Jean de la Fontaine, quien nació el 8 de julio de 1621 en el seno de una familia burguesa residente en Château-Thierry, región de Champagne.  

Su padre era responsable de la conservación de bosques. De hecho, Jean estudió Teología y Derecho en París, pero no terminó ninguna carrera, dedicando todos sus esfuerzos a su obra literaria, la cual inició con la traducción de El eunuco, del comediógrafo latino Publio Terencio (ca. 185-159 ane).  

La Fontaine se involucró en la vida bohemia de la capital francesa antes de regresar a su lugar de nacimiento y ayudar a su padre en su empresa medioambiental. En 1658 volvió a París, luego de separarse de su esposa.  

Entonces se unió a un pequeño grupo de escritores: Jean-Baptiste Poquelin, conocido por su apodo de dramaturgo, Molière, Jean de Racine y Nicolas Boileau-Despréaux, para formar la Sociedad de los Cuatro Amigos. En 1683 ingresó en la Academia Francesa, en donde pronunció su famoso discurso, Oración en verso. Murió en París el 13 de abril de 1695 a los 73 años de edad. 

Trastocar el espacio para trascender en el tiempo, manipular el paso de la luz son las características principales de su fabulística. Motivado por sus días como guardabosques, casi todos sus relatos acontecen en un medio rural, en el que enfatiza el imperecedero encanto de la campiña.  

Si bien dedica algunos de sus versos a la sátira política y la veleidad de los intelectuales, no se permite invadir el terreno de la crítica mordaz, evadiéndose en elegías, idilios, epístolas y meditaciones poéticas. Construyó sus primeras fábulas alrededor de una sabiduría prudente, pero luego desarrolló un gusto hedonista, de corte epicúreo. No está por demás recordar que el filósofo griego Epicuro era partidario del atomismo, al igual que Demócrito.  

Una fábula de La Fontaine relata un incidente de este último, quien al contemplar la vida diaria de la gente a su alrededor en la ciudad de Abdera (Macedonia oriental), no podía más que reír. Todo, ya fuese serio o banal, era motivo de hilarante risa.  

Creyendo que Demócrito había extraviado la razón, autoridades locales mandaron llamar a Hipócrates con objeto de examinarlo. Se cuenta que lo encontró al pie de un árbol escribiendo un tratado sobre la locura. Hipócrates quiso saber sus motivos. Demócrito le explicó que la insensatez de los humanos, sus obras plagadas de infantilismo y vacuidad, una y otra vez animadas por deseos inmoderados, no merecían más que risas.  

El galeno se dio cuenta de que Demócrito estaba cuerdo y la risa sabia era saludable. En los claustros de los monasterios de san Vicente de Fora, Portugal, existe una representación sobre azulejos de esta escena, insinuando cierto agrado por el eclecticismo filosófico. 

La versificación de La Fontaine es un ejemplo vivo de la manipulación afortunada del tiempo, el espacio y la luz. Utiliza con seductora gracia lo arcaico, lo precioso y lo burlesco mediante cambios de ritmo poético, siempre encaminado a ponderar la alegría de vivir. Ejemplo es el cuento breve Luz de cirio, citado a continuación. 

“Las abejas provienen de la mansión de los Dioses. Las primeras se instalaron, según se dice, en el monte Himeto, y se saciaron allí de los dulcísimos tesoros que engendra el soplo de los céfiros. Cuando les robaron la ambrosía que guardaban esas hijas del cielo en las celdas de su palacio, o para hablar claro, cuando a los panales, desprovistos de miel, solo les quedó la cera, comenzó la fabricación de los cirios.  

“Uno de estos, viendo que la tierra, convertida en ladrillo por la acción del fuego, resistía las injurias del tiempo, quiso lograr aquel privilegio, y como nuevo Empédocles condenado al fuego por su insensatez, se lanzó al horno. Mala idea tuvo, aquel Cirio no entendía ni pizca de filosofía. 

“Todo es distinto en el mundo. Sácate de la cabeza, amigo lector, que los demás seres sean de la misma pasta que tú: el Empédocles de cera se fundió en las brazas; tan loco fue como el otro.” 

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