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jueves, enero 6, 2022
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Mi vida en los restaurantes

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El joven MAM

El primer restaurante que recuerdo con nostalgia es el Café Tacuba, en la antigua y desaparecida Ciudad de México de los años sesenta. Ahí me llevaron alguna vez mis papás, aunque yo quería ir mejor a los célebres Caldos Zenón. Me gustó la sobriedad del lugar, el servicio de los meseros, la sopa caliente. Una sopa a veces salva del frío o de la tirisia. A mí esa sopa me marcó la infancia.

Con el tiempo llegué a ir a un lugar de culto en la zona de la Alameda: el restaurante gallego El Hórreo, ubicado en la calle Doctor Mora. Fui a comer con dos personajes ya desaparecidos, pero vigentes. Mucho más el primero que el segundo: Roberto Bolaño y Mario Santiago: Arturo Belano y Ulises Lima. Recuerdo que las porciones eran generosas y el vino escaso. Lo que sí sobraba era la conversación. Escuchar a Bolaño fue superior a la calidad de la comida.

De la Ciudad de México extraño El Cardenal, del Hilton; The Palm, del Presidente Intercontinental; El Hunan, de Las Lomas de Chapultepec, y los huaraches aztecas de la calle Torno, cerca del mercado de Jamaica. También, faltaba más, algunos pequeños restaurantes de Coyoacán y San Ángel.

Desde que me vine a vivir a Puebla he pasado prácticamente por todos los comederos. Desde el Silvio Fogel hasta el Allegue. Desde el Mercado del Alto hasta el Grand Central. Desde el Cabo San Lucas hasta el Pecadito. Debo confesarlo: no entendería mi vida sin los restaurantes. Ahí he pasado una buena parte de los 65 años que tengo.

De hecho, el noventa por ciento de los meseros me conoce. No hay mejor manera de empezar a comer que el saludo cordial y generoso de los hombres de blanco. Su saludo me hace el día. No falta aquél que antes que cualquier otra cosa me sirva un vermú 2pm para iniciar ese ritual brutal que me gusta tanto: comer. Comer y conversar son dos artes divinas. Comer, conversar y brindar con una copa de vino es el triángulo perfecto.

Algunas de mis mejores charlas las he tenido en El Desafuero o el Domm o el Azur o el Pecadito o el Grand Central o el Campomar o El Mural o Casareyna o La Estancia Argentina o El Parrillaje o el Segundo Aire o el Centro Libanés o La Única o el Donato Cammarano o La Fonda de Santa Clara…

Ya cerraron el Allegue del bulevar 5 de mayo. Qué lástima. Ahí se comía una paella de primera. Ya cerraron el Alfredo di Roma. Qué pena. La pasta ahí era brutal, sobre todo acompañada de un súper toscano como el Solaia.

En alguna época no salía de La Conjura. Ahí tuve una conversación delirante con el gran poeta Rodolfo Hinostroza. Ahí descubrí que mi vida no sería la misma sin comer, charlar y brindar con un tinto generoso.

Ya hablaré en otras entregas de los restauranteros, los cocineros, los capitanes y los generosos dueños. Por hoy me voy a comer un chicharrón en salsa verde que hacen en el Mercado de Cholula.

Buen apetito, hipócrita lector.

En el siguiente poema (Ictus, Mario Alberto Mejía, Destra- zas Ediciones, 2019), la escena transcurre en el restauran- te El Desafuero, cuya especialidad es la comida española y está ubicado en Puebla.

Una parejita snob

La luna, nuestra sentimental amiga,

pero también: nuestra amiga más cursi, la más redonda.

Ella entra a El Desafuero

con su belleza animal de pantera herida.

Sus piernas son rotundas

y generan una

envidia necesaria.

Él saluda

con una inclinación de cabeza

a la manera de cierto poeta inglés

que amaba el nudo Windsor

en sus corbatas italianas.

Ella: “Prefiero el mezcal sobre el tequila,

el lechón sobre el solomillo

y el crujiente de higo sobre las fresas con crema”.

Él: “Bebamos y comamos para mejor amar”.

Llegan las carnes generosas a la mesa,

los mezcales, los vinos,

los jaiboles.

Y los amantes beben, tragan, degluten, vociferan.

Ella: “Tu ironía es un pasaporte al infierno”.

Él: “Tienes el aire de una reina africana”.

Tras el tic tac inevitable, las horas pasan.

Y con ellas:

las palabras de amor

las puñaladas,

Los pequeños reproches simulados.

Pero también:

las lágrimas

de la doncella

y la patanería del caballero.

La señorita está un poco tomada,

pero procura mantener el paso.

—Bebiste demasiado —dijo él.

—Oh, no es nada —dijo ella.

Como siluetas vagas

en los escombros del romanticismo

caminan sobre sus propias sombras

los amantes.

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