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jueves, enero 6, 2022
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El discreto encanto de comer y beber

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Cuando pasé la Navidad en París en 2019 —con el virus del Covid sobrevolando apenas—, fui un par de veces a uno de mis restaurantes favoritos: Rotonde, ubicado en el número 105del bulevar de Montparnasse.

En realidad es una brasserie por la que pasaron, en distintos momentos, Picasso, Diego Rivera y toda la intelectualidad.

Fundado en 1911, el denominado Café de la Rotonde ha visto pasar dos guerras mundiales y una ocupación nazi durante el llamado Régimen de Vichy.

Fui con una mujer a la que amé en una época, por lo que el reencuentro parisino fue lo que se dice brutal. Habían pasado años de ausencia, y la cita se concertó a través de corros electrónicos y mensajes de Messenger. Cuando entré, ya estaba ahí. Eso ocurrió en octubre de 2019. El encuentro fue de tal dimensión que prometí volver en diciembre. Lo hice y me quedé casi un mes. Fuimos al Rotonde varias veces más a comer, entre otros brutales platillos, el Tartare de bœuf de chez Desnoyer “France” y una sopa de cebolla gratinada.

El vino con el que acompañamos esos manjares fue, si no recuerdo mal, un Côtes du Rhône aoc Guigal 2018.

La comida y el vino son los mejores alcahuetes para una buena conversación. No entiendo la vida sin éstos tres factores. La buena charla provoca un buen aperitivo. La siguiente carretera conduce a un buen plato. Y éste, faltaba menos, a un buen vino.

En París el día empezaba con un desayuno discreto que daba paso a un largo recorrido por alguno de los célebres museos: el Louvre, el d’Orsay, el Picasso, el Centro Georges Pompidou, el Louis Vuitton…

Seis o siete horas después —hambrientos, sedientos, eufóricos—, nos íbamos a meter a un restaurante por la zona de Saint Michel o Place Vendôme, o al mismísimo bar Hemingway del hôtel Ritz.

Esos días en París fueron brutales. Lo primero que haré a mi regreso será meterme a uno de los muchos restaurantes o bares que he visitado. La iluminación —en tonos ámbar— aún me persigue en sueños. Éste, por cierto, es otro de los atractivos que para mí debe tener un buen restaurante: que sea una especie de bistró. Los restaurantes demasiado abiertos, me quitan el hambre y la sed. Los tonos ámbar deben imperar para que el desarreglo de los sentidos sea absoluto.

No va una cosa sin la otra.

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