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jueves, enero 13, 2022
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Una Final y los Colegios Tridentinos

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Corría el año de 1983. Mayo para ser exactos. El equipo de “la Franja” ya estaba en la final del Fútbol Mexicano. La final contra la Chivas, después de derrotar en el trayecto a los otros dos equipos tapatíos de ese entonces, los Leones Negros de la U. de G. y los Tecos de la U.A.G., fue épica. A la postre, lograría el primer campeonato de su historia. Recuerdo vívidamente la tremenda corrida que pegó Luis Enrique Fernández al anotar el penalti definitivo en tiempo extra.

Era casi imposible conseguir boletos, pero una inesperada visita de mi tío Alberto PENICHE BLANCO, en ese entonces Gerente General del Heraldo de México, cayó como del cielo. Le llamó a mi padre, su hermano menor y le dijo: “Tengo que ir a Puebla a ver a Pedro Ángel PALOU. Me ofreció ir al partido del Puebla. Quieres ir con tus hijos?”. La respuesta no se hizo esperar. Mi papá y todos mis tíos eran más beisboleros que futboleros, pero una invitación de este calibre, era inimaginable pensar en despreciarla.

Acababa de cumplir 17 años. Mis intereses puberales no dejaban espacio para otras cosas que no fueran las mujeres, los deportes, los cuates y la lectura. En ese entonces, yo no tenía idea de quién era “Pedro Ángel Palou”. Pero para mis adentros supuse: “Ese señor Palou debe de ser un ángel. Gracias, señor PALOU por invitarnos a la final”. Ese día, fecha de la coronación del Puebla, lo conocí. No crucé grandes palabras con él. Recuerdo que fue muy amable conmigo y mis hermanos. Y que también, a pesar de la intensidad del partido, él y mi tío Alberto, no pararon de platicar.

Diez años después, en 1993, me encontraba yo al frente de lo que sería la Subsecretaría de Turismo del Gobierno del Estado, mi primer puesto en la Administración Pública. Había participado en la campaña política del Lic. Manuel Bartlett Díaz, Gobernador del Estado y me había dado la oportunidad de trabajar en esa dependencia.

Lo que nunca me imaginé es que el espacio que se le dio a Turismo en ese entonces, en la calle 5 oriente, frente a la Catedral, en uno de los inmuebles construidos por Juan de PALAFOX y MENDOZA y sede de los “Colegios Tridentinos” sería vecino de la Casa de la Cultura y de la recién creada, Secretaría de Cultura.

AL frente de ella estaba el Maestro Héctor AZAR BARBAR y como Subsecretario, el Profesor Pedro Ángel PALOU. Al Maestro AZAR, lo había tratado un par de veces durante la campaña. Una vez como invitado especial. Otra, ya terminada, cuando lo requirió el Gobernador Electo para ofrecerle el puesto al frente de la Secretaría de Cultura. Me pareció una persona muy seria. Pero tenía algo que me caía muy bien de él.

Del Profe PALOU, para ese entonces, ya había escuchado de él. Siempre cosas buenas. Como las anécdotas de amigos míos, egresados del Instituto Oriente. Todos coincidían en algo. Sus clases eran extraordinarias. Algunos contaban que, al ser las clases de prepa del Oriente en las tardes, evitaban “pelarse de clases” para irse al cine o jugar billar, cuando al Profe PALOU le tocaba dictar su cátedra.

Mi “cercanía inmobiliaria” con la Secretaría de Cultura, pronto se volvió, en una cercanía afectiva. Las probables barreras que pudieran existir entre dos personas experimentadas, reconocidas en el ámbito cultural y queridas por mucha gente, con un joven inexperto, se fueron derrumbando.

Seguramente el hecho de ser sobrino de Alberto PENICHE BLANCO y de Gastón GARCÍA CANTÚ, a quien ambos conocían, había influido. El Mtro. AZAR, cuando supo me dijo: “Cómo??? ¡¡Si Gastón es como mi hermano mayor!!”. El Profe PALOU quiso mucho a mi tío Alberto y conocía muy bien a Gastón.

Pero estos dos personajes no se iban a dejar influenciar simplemente porque yo tuviera una relación familiar con amigos de ellos. Como me lo dijo el Gobernador BARTLETT en una ocasión: “Alguien siempre nos abre una primera puerta. Las demás te las abres tú. Tu mayor recomendación y tu mejor padrino son tu propio trabajo”.

Estoy casi seguro que algo que me ayudó a establecer una relación cercana con ellos, fue mi apertura y avidez para escuchar y aprender. Siempre estaba resuelto a pedir consejos y orientación. Ellos no escatimaban. Tenían una gran riqueza de conocimientos y la compartían con gran benevolencia.

Con el tiempo, comprensión y nobleza de por medio, la confianza terminó siendo abonada. Lo que descubrí fue una relación gratificante, llena de enseñanzas, vivencias y sabiduría. Me llegué a sentir como en familia, como si estuviera ante unos tíos.

Los dos habían sido catedráticos. El Profe PALOU de historia. El Maestro AZAR, de teatro. Uno y otro eran grandes conversadores. Les encantaba transmitir sus conocimientos y tener oídos que les prestaran atención.

Las anécdotas del Maestro AZAR eran propias de un dramaturgo. Te podían hacer llorar o reír. ¡Cómo nos carcajeábamos con él! Cuando estaba de humor, era simpatiquísimo. Cuando no, regañaba al que estuviera enfrente, aunque no te tocara. Su floritura para expresarse era fantástica. Su genialidad era poética.

Las del Profe PALOU, eran historias contadas como si él hubiera sido testigo. Te envolvían, te trasladaban a vivir el momento y querías que te contara más y más. Las conexiones históricas que podía hacer, por su gran conocimiento, eran sublimes. Su parsimonia y gravidez al hablar era brillante y placentera. Su genio era de prosa.

Casi nadie lo sabe, pero mi columna en “Hipócrita Lector”, cuyo título es “Prosa o Poesía” tiene su origen en la profunda influencia que ejercieron estos dos bondadosos y notables hombres. Unidos por la cultura. Divergentes en su manera de abordarla. Congruentes en su misión. Enlazados por la trascendencia.

Al Profe PALOU lo visitaba frecuentemente. Dado que la historia es una de mis pasiones, cada vez que tenía la oportunidad, disparaba mis preguntas a sabiendas que iban a ser contestadas. Platicábamos largo y tendido. Me regaló libros de su autoría. Me recomendaba cuáles leer e inclusive me llegó a regalar alguno de su propia biblioteca. Cuando le pregunté acerca de la historia de don Guillermo JENKINS, me obsequió “El Secuestro de William Jenkins” de Rafael RUIZ HARREL. Su propio libro, con subrayados y anotaciones, acabó en mis manos.

Siempre generoso. Siempre afable. Siempre cariñoso. Cuando estaba de buen humor y que era casi siempre, me decía: “¿QUÉ PASA ANTONIO?”, con su voz ronca y profunda. Afectuosa también. Era su manera de saludarme.

Siempre recordaré cuando poco tiempo antes de partir a Francia a estudiar, ante la máscara mortuoria de Víctor Hugo en el patio de la Casa de la Cultura y el Profe acompañándome, hicimos un alto. Su comentario fue hacia ese grandísimo escritor francés y mi experiencia que se avecinaba. Me dijo:

“Cuando estés en París, conocerás la Catedral de Notre Dame. Algo por lo que HUGO luchó y triunfó a partir de las letras. Su novela marca un hito en la historia del patrimonio francés. Valora y aprecia. Bebe toda la cultura que puedas en ese país. Sumérgete en su historia, ligada a la nuestra. Será sin duda una gran experiencia para ti, Antonio”

Con esta pequeña cita proveniente de las páginas de “El Jorobado de Notre Dame” y habiendo visitado la basílica, no pude más que recordar las palabras del Profe:

Hay seguramente en la arquitectura muy pocas páginas tan bellas como las que se describen en esta fachada…

 

Hoy en retrospectiva, puedo afirmar que mi tiempo alrededor de esos dos Grandes de la Cultura Poblana fue maravilloso. Con el tiempo he apreciado y valorado los momentos gratísimos de convivencia, de tertulia, de ágapes, alrededor de esos dos “Monstruos” del Mundo Cultural poblano y nacional. Me estaban formando, transmitiendo conocimiento y un gran amor por la cultura y la historia. Y específicamente, por la poblana.

El profundo agradecimiento está impreso en el alma. La añoranza y el recuerdo subsisten cuando esa marca trasciende el tiempo y el espacio. Solo tengo palabras y sentimientos de gratitud. Donde quiera que se encuentre mi muy querido Profesor Pedro Ángel PALOU, le envío la emoción de saberme tocado por su magnífico y trascendente legado. ¡Con un gran abrazo, GRACIAS Profe…gracias!

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