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jueves, junio 30, 2022
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Dos lecciones del maestro Dorian

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Conocí a Dorian, nacido bajo la luna de Chipilo, en un patio de la Facultad de Economía donde dictaba un curso sobre la escritura académica. Habíamos acordado vernos ahí para entregarle mi libro La caverna de Medusa que había lanzado semanas antes.  

Hablamos un poco, entró a mi clase, después conocí a sus tres hijos, esposa y una casa llena de árboles y huertos, gallinas y jardines colgantes con los que se auto sustentaban. Nadie tan listo para el apocalipsis pandémico como él.  

A mí, que me gustan las palabras, de a poco fui silenciándome ante su conversación. Maldijo a Fernando Savater porque de alguna manera denostaba a Diógenes, después de un acalorado soliloquio culminó: “ni siquiera podría amararle sus sandalias, pero bueno, Diógenes ni sandalias tenía”.  

Creo que Dorian es una de las voces que más me han hecho avanzar, y como usted, hipócrita lector, merece lo mejor de mí, compartiré estas perlas para que las utilice para los fines convenientes.  

 

  1. El contador emotivo de historias

Una tarde oré por una respuesta del cielo, ¿a dónde ir?, ¿qué hacer?, ¿cómo transitar la vida sin traicionarme? Llegó un mensaje de Dorian, eran unas capturas de pantalla, según miré parecía un fragmento de algún libro. Desestimé el mensaje y seguí orando. Ese mismo día insistió si había leído aquello que mandó y mentí, dije que era maravilloso. Quizá presintió que no lo había hecho y al día siguiente nos vimos en mi estudio y me llevó un librito. Era una versión del génesis que narraba más o menos lo siguiente: 

En el inicio de la creación, había historias, tantas y tan únicas que ninguna sobresalía. Los cuentos, por tanto, no tenían forma, y el rostro de Dios se desplazaba sobre el abismo, buscando un cuento que lo acompañara, un canto que resonara y le contara a Dios sobre su creación.  

Y la soledad de Dios era muy grande.  

En sus viajes siderales en la gran explosión de historias, tuvo una idea, y dijo “Hágase la luz”. Y se hizo una luz tan grande que Dios pudo entonces adentrarse en el vacío y separar los cuentos oscuros de los cuentos de luz. Había cuentos de las alboradas, de la noche y del amanecer. También creó árboles pequeños y grandes, de semillas y plantas con colores brillantes, para que así pudiera haber cuentos acerca de las plantas y sus raíces. Animado en su creación, separó los cuentos celestiales de los terrenales y sonrío porque era bueno.  

El Creador puso en el cielo la luz, la plateada y la ámbar, la luz color durazno de las once del día, los azules que caen de morados a las siete de la noche; creó todo esto para que hubiera cuentos de la luna y del sol, cuentos de los misterios de la noche adentro y de la primera luz.  

Después creó los peces, los pájaros que coloreaban el cielo, los gatos salvajes, los perros rascándose en una loma de sol, los monstruos marinos, las medusas fosforescentes y eléctricas, las mantarrayas y su vuelo en la espuma del mar. Inventó las ballenas y su chorro en marea alta, las criaturas que se arrastran y después vuelan. Y de todo ello surgieron cuentos de fantasmas y monstruos, de mensajeros alados, de serpientes y manzanas, y cuentos sobre la vida antes de que la vida supiera de sí misma.  

Y, sin embargo, Dios seguía sintiéndose solo.  

Entonces Dios caminó y se le ocurrió una idea ¡hagamos al hombre y a la mujer a nuestra imagen y semejanza! Ellos cuidarán de todas las criaturas de los mares y del aire y de la tierra. Así pues, Dios creó a los seres humanos a partir del polvo y les insufló el aliento de vida, y los seres humanos se convirtieron en almas vivientes. Con el hombre creado, cobraron vida millones de historias humanas, Dios los bendijo a todos y los puso en un jardín llamado Edén.  

Ahora Dios ya no estaba solo, se complacía con los hijos que narraban, que se emocionaban y relataban la perla que cada historia contenía.  

Dios era feliz porque no eran cuentos lo que faltaba en la creación, sino seres humanos que pudieran contarlos.  

De entre todas las criaturas, la más amada por el Creador fueron aquellos contadores emotivos de historias, aquellos que cantaban a la creación, al amor, a los misterios insondables, al momento luminoso donde el mundo ocurre y se crea.  

De tal modo, que el aedo, el juglar, el poeta, el narrador, el contador de historias, Sherezada que cuenta y canta, porque si se detiene su guillotina es la muerte, así, el cantador contemporáneo con su tiempo en contra, su lucha diaria, la indiferencia del que mira y no ve, de los que tienen oídos y no escuchan, de los humanos desencantados que ya no cantan… ahí, en esa fisura el poeta, el juglar, el aedo, Sherezada debe sentirse -y saberse- amparada por el Creador, porque entre todas las criaturas es la que está haciendo la voluntad de Dios.  

Dorian había respondido mi oración. 

 

  1. El arquero y la flecha

Estaba aprendiendo a manejar, lo cual era uno de mis máximos temores, se ofreció una mañana veraniega por las calles de Cholula a practicar conmigo. Mientras manejábamos me contó una historia: En un reino lejano había un arquero que había servido al rey en los últimos quince años dándole contundentes victorias, pidió que lo condecoraran con la presea al mejor arquero que el reino había tenido en su historia. El rey no encontró problema, pero su consejero objetó que no podrían darle tal presea pues había un mejor arquero que se había auto exiliado y vivía en la espesura de la selva. El rey invitó a nuestro personaje a buscar a ese gurú del arco y pedirle que le enseñara sus artes y en un duelo mostraran quién era el ganador.  

Dorian me llevaba por la avenida 5 de Mayo de San Andrés, y así, poner a prueba mis habilidades con el tráfico, la presión del claxon y las mentadas de madre por mi falta de pericia al volante.  

El hombre empezó el viaje para carearse con aquel maestro del que hablaban, llegó y tras una entrevista vio que, en efecto, era mucho mejor que él y que sus habilidades lo sobrepasaban. Pasó la noche en la choza en la que el ermitaño arquero vivía, y en la madrugada, cuando el alba despuntaba decidió matarlo por la espalda mientras el hombre hacía su práctica con el arco. Lanzó la flecha, y el ermitaño con un tabique de madera en la punta de su pie, tras una fina patada logró detener la flecha que iba justo a su cabeza. “Aun me hubieras matado, no serías el mejor arquero del reino porque a veinte leguas está mi maestro, a quien bien podrías aprenderle el arte del honor y la guerra”. El hombre humillado y envidioso, pero también curioso, emprendió el camino en búsqueda del anciano y sin mucho trabajo lo encontró meditando en la bruma fresca que venía del mar.  

Seguí practicando las velocidades, clutch y segunda, clutch tercera, Dorian me decía que lo que ahora me costaba después pasaría al terreno de lo innato. Le comenté que una amiga me había condenado a que aprender después de los treinta a manejar ya era un riesgo, que a esa edad el cerebro ya es viejo. Sonrió con sus ojos dulces y prosiguió la historia mientras nos dirigíamos hacia Atzala.  

El anciano no necesitó que el hombre le dijera a lo que iba, lo leyó en su mirada, en su presencia. Lo guio, en silencio, hacia un risco, lo invitó a que dejara en la falda del peñasco el arco y las flechas, el anciano, con tan sólo una túnica y descalzo empezó a escalar, el hombre se contuvo a seguirlo, las piedras estaban resbaladizas, pero el anciano continuó sin mirar atrás. Cuando llegó a la cúspide le gritó: cuando estés en la punta del miedo, de la muerte inminente y no te tiemble ningún resquicio de la piel no sólo serás el mejor arquero del reino, sino que además serás invencible, el arco y las flechas sólo son un juego.  

Dorian me había guiado entre su historia y la manejada a la salida de la udlap a Periférico sin la posibilidad de retroceder o arrepentirme. Bajó del auto, cerró la puerta y gritó: el auto y la carretera sólo son un juego. Después desapareció.  

Dorian y su familia comen y beben de su huerto, algunas veces regreso a él, a sus historias y su sabiduría, a las tardes chipileñas donde el tiempo se vuelve esperanza.  

 

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