19.8 C
Puebla
jueves, junio 30, 2022
spot_img

La Infame Turba (Ecos de un Linchamiento en Papatlazolco, Huauchinango)

Más leídas

En Motozintla, Chiapas, centenares de personas quemaron vivos a quienes acusaron de ladrones.

Eso fue a mediados de los años noventa.

Durante varias semanas el pueblo entero olió a carne quemada.

La población, aparentemente arrepentida, se guardó en sus habitaciones.

Años después volvieron a hacer lo mismo dos o tres veces más.

Cuando estuve ahí, haciendo crónicas para El Universal nacional, en 1998, la gente me decía que el pueblo estaba avergonzado de la acción.

La vergüenza se expresaba a través de un silencio atroz: nadie hablaba del tema.

Los relatos sobre esos hechos eran espantosos.

Pero lo peor para ellos fue ese olor a carne quemada que se quedó a vivir entre ellos.

¿Por qué recayeron en lo mismo años después?

La sociología da respuestas vagas e inexactas.

Papatlazolco es una junta auxiliar de Huauchinango —de dos mil 600 habitantes— que está muy cerca de Las Colonias de Hidalgo.

Esta población también forma parte del municipio.

Los vecinos se conocen entre sí.

Hacen su vida, muchos, cerca de la Presa de Tenango.

Daniel Picazo, de 31 años de edad, nació en la Ciudad de México, pero sus padres son originarios de Las Colonias.

Una y otra vez regresó al lugar de origen de sus progenitores.

La gente lo ubicaba.

Incluso, su apellido paterno —Picazo— es común en esta zona de la sierra norte.
No era un desconocido.

No era alguien que estuviese haciendo turismo nocturno.

Cuando vía WhatsApp algunos pobladores empezaron a hablar de él como un robachicos, la cosa empezó a descomponerse.

¿Quiénes lideraron el linchamiento que terminó por cubrir de vergüenza al municipio entero?

Las escenas atroces que se sucedieron mantienen una constante que rebasa acciones similares en varias regiones del país.

Golpes, patadas, laceraciones…

Y todo acompañado de un coro infernal de “¡mátenlo, mátenlo, quémenlo!”.

Las antorchas encendidas fueron el prólogo de lo que ocurrió.

Quemarlo aún vivo fue lo que vino después.

El brutal espectáculo de ver arder un cuerpo reúne a las masas entre el cuchicheo.

Algunos gritan, otros murmuran, pero nadie quita los ojos de esa cosa que arde e ilumina la noche.

¿Qué placer enfermizo hay en esos actos que devuelven al hombre a una condición depredadora?

¿Con qué caras se podrán ver después de esto?

Cada vez que sucede un hecho así todos recurren a Fuenteovejuna, de Lope de Vega, para explicarlo.

Nada que ver.

En la obra del poeta español, el pueblo se levanta —hasta matarlo— en contra del Comendador debido al abuso de poder del que hacía gala.

Daniel Picazo fue linchado por razones que no guardan relación con esa obra de teatro.

En Papatlazolco, como en la mayoría de los linchamientos que siguen ocurriendo en México, el pueblo se levantó contra sí mismo, aunque, paradójicamente, estos actos sólo reflejan un afán enfermizo de poder.

¿Cuánta ansia de ese poder hay en quienes sostienen una antorcha encendida a mitad de la noche?

¿Cuánto delirio enfermizo hay en la acción de golpear, primero, y luego hacer arder al supuesto robachicos?

¿Cuánta ausencia de piedad hay en esos actos sincronizados?

Regreso a una parte de esta columna:

¿Con qué ojos se mirarán después de esto los asesinos?

Y cuando digo asesinos pienso en el tendero de la esquina, la piadosa que va a misa, el humilde estudiante, el borracho del pueblo, el tornero, el carpintero, el pescador…

En Motozintla, Chiapas, la gente olvidó el olor a carne quemada y recayó en el acto de linchar a alguien —inocente o culpable— en aras de sacar sus traumas, sus complejos, sus odios guardados tanto tiempo.

El asesino vuelve siempre al lugar del crimen.

En Papatlazolco este lunes la gente siguió haciendo su vida normal sin sentimientos de culpa.

Saben que en las redes otros linchadores hacen lo mismo con ellos.

De asesinos sin alma no los bajan.

Nadie está dispuesto a delatar al otro: terminarían señalando a buena parte del pueblo.

La infame turba dormirá tranquila los días que están por venir.

Y después de varios años, cuando el olor a carne quemada se haya ido, los asesinos encenderán una vez más sus antorchas.

En Motozintla, Chiapas, se ha vuelto una escena recurrente.

¿Cuándo empezó esta espiral de tanto odio?

Artículo anteriorPromover un libro
Artículo siguienteEl explosivo Mario
spot_img

Más artículos

Últimas noticias

spot_img