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domingo, julio 3, 2022
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Promover un libro

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Decía Ricardo Piglia que el problema con pedirle a los escritores que promovieran sus libros es que estos ya no se acordaban de lo que habían escrito al momento de responder a las preguntas de los periodistas en los infinitos carruseles de prensa. La verdad es que llevo haciendo esto muchos años y muchos libros y cada vez creo más necesaria la participación del escritor en dar a conocer su obra al mundo. Hace tiempo, quizás con un esnobismo parecido al de Piglia y otros compañeros míos que incluso insultan a los periodistas que no han leído sus libros y se “atreven” a hablar de ellos en la radio, o de preguntarles generalidades, pude haber pensado igual. Aunque siempre consideré a la prensa cultural y a los locutores en general como mis mejores aliados. Un escritor mete un mensaje en una botella, decía José Emilio Pacheco, con la esperanza de que llegue a las manos de alguien. Ese náufrago hipotético que es el escritor busca tener lectores, anhela que esos desconocidos se acerquen a sus páginas y compartan su literatura. Quien diga lo contrario, miente. 

He tenido la suerte, en estos años, de ser entrevistado por locutores cultísimos, como Jacobo Zabludovsky y Guillermo Ochoa. Sus preguntas acuciosas e inteligentes me hicieron reflexionar sobre aspectos del libro que yo no había pensado. Lo mismo Sergio Sarmiento en un par de ocasiones o Ricardo Rocha, quien se atrevió hace años a hacer programas culturales de primer nivel en Televisa, como Para gente grande. He tenido la suerte de ser entrevistado por una de las mejores lectoras que he conocido, Fernanda Familiar. He visto sus anotaciones en mis libros y he disfrutado sus conversaciones. He platicado con Mariana H en radio y con Yanet Aguilar en prensa escrita con un gran disfrute. Y con Jesús Alejo y con Juan Carlos Talavera. Hace siglos con José Luis Trueba Lara, quien reseñó mi primer libro en UnomásUno. 

Hoy en día el crítico literario existe, pero los medios donde publicaba con regularidad han desaparecido. No es central su papel como mediador entre la obra y el lector, y muchos lectores que podemos llamar de a pie no confían en sus recomendaciones por considerarlas sesgadas. He sido entrevistado, entonces, en medios digitales y por jóvenes BookTubers que son apasionados lectores y hoy son esos carteros que nuestras obras siguen necesitando. Muchos de ellos tienen más seguidores que las revistas más conocidas del medio cultural y sus escuchas los valoran y respetan y por tanto asumen que sus recomendaciones tienen valor, lo que es un garbanzo de a libra para nosotros, los que nos pasamos años en solitario escribiendo una novela con la confianza de que llegará a muchas manos y muchos ojos y muchas conciencias. 

He repetido muchas veces que es una mentira que en México no se lea. Se lee, y mucho. Lo que pasa es que los libros son caros y el poder adquisitivo pequeño. Un libro pasa por muchas lectoras, se presta infinita mente en nuestro país, sin contar el pirataje formal y los PDF’s que han causado polémicas en el pasado. Es cierto que la copia ilegal de libros priva al autor de sus magras regalías y le pega a un sector prioritario, pero nada rico del país, el editorial. Es cierto también que en mi universidad, hace años, vivíamos de las fotocopias, de lo que –otra vez– José Emilio llamaba el “grado Xerox” de la escritura. En un país con tantos problemas económicos y sociales lo que es esencial es que los libros lleguen a las manos de sus lectores y lectoras. Yo por eso participo feliz en los esfuerzos de mi editorial –mi otra casa–, Planeta, para que mis libros viajen, para que mis palabras sean leídas. He tenido la enorme suerte de contar con lectores, muchos y fieles, con lectoras y clubes de lectura que me han acogido y promovido por toda la república y en sus casas y talleres, en sus reuniones informales y en sus citas formales he aprendido que la voracidad por la palabra en nuestro país es un bien nacional que habría que cuidar con especial denuedo. Además, claro está que México es el país de América Latina que más ha invertido por la promoción de la lectura y nos debemos también a esos miles de promotores que nos acercan a todos los rincones, que convierten a un niño o una niña en futuros lectores. 

Ahora, después de cuatro años, vuelvo a la calle, con mi carga de leña. Esta vez es una novela gorda, un trabajo arduo, un libro de libros. Se llama México, la novela. Y he ido y participado en muchos medios, con particular cariño porque además he sido recibido con el mismo cariño y respeto. Me emociona. La verdad me encanta poder hacerlo. No estoy sino agradecido con ellas y ellos, mis primeros lectores. Hemos desayunado con los libreros y quienes se encargan de comprar libros en las grandes superficies y hemos realizado un tour por la ciudad y los puntos cruciales de mi novela. Ahora ese mensaje ha salido de la botella y el náufrago ha sido recogido de la isla de su minería y come de nuevo en casa, entre todos ustedes. 

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