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miércoles, julio 24, 2024

Breve historia de mis vecinos

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En 2005 tuve un vecino que todas las noches, a eso de las 8 ó 9, clavaba clavos en su pared.

(Pudo haber clavado tornillos, pero era evidente que clavaba clavos, como el Pablito del trabalenguas).

La primera vez fui tolerante.

No dije nada.

Todos hemos clavado clavos alguna vez en horas poco decorosas.

La segunda vez tampoco dije nada durante la primera media hora, pero al llegar a los cuarenta minutos de su tarea decidí frenarlo.

Con respeto, pero frenarlo.

Toqué su puerta.

Tardó en abrir.

Y cuando lo hizo, tenía un martillo en la mano y una mirada esquizofrénica.

(Los ojos inyectados se parecían a los de Jack Torrance, personaje central de la película ‘El resplandor’, de Kubrick).

El diálogo —mi diálogo— fue esquivo, cobarde.

Nadie medianamente sensato busca lastimar la susceptibilidad de un Jack Nicholson de mirada vidriosa y martillo en mano.

Titubeante, le pedí de favor —creo que le dije “por favorcito”— que si podía parar un poco —“un poquito”— su noble labor de clavar clavos —“clavitos”— en altas horas de la noche.

Jack Torrance soltó un bufido y escupió algo que sonó a “hijodetuputamadre”.

(O así creí entenderlo como parte del contexto esquizoide).

Regresé a mi casa —que evidentemente colindaba con la suya— avergonzado de mí cobardía.

Y cuando me disponía a seguir haciendo mis diligencias, Jack Torrance atacó una vez más.

Nuevos martillazos, más furiosos, llovieron en su pared, que técnicamente también era la mía.

Mi respuesta fue el silencio, hijo de la humillación y la rabia.

Pero al día siguiente —a eso de las doce de la noche—, me tomé dos tequilas —para agarrar valor—, tomé un martillo —adquirido horas antes— y empecé a golpear la pared como enajenado.

Mi vecino tardó en reaccionar —seguramente estaba dormido—, pero cuando lo hizo fue lo que se dice violento.

Vea el hipócrita lector:

Ahora sí gritó abiertamente ‘¡hijodetuputamadre!’ al tiempo de tocar mi puerta casi a patadas.

Le di un trago al tercer tequila para darme fuerzas.

Una vez que abrí, la esposa del vecino —una mujer parecida a Wendy, la esposa de Jack Torrance en ‘El resplandor’— ya se había puesto entre él y mi puerta.

Al abrir, vi su mirada de odio acompañada de la frustración que sobreviene cuando las ganas de matar a alguien no se han consumado.

Durante la madrugada me pregunté si el tipo era víctima de mi columna periodística, o si tenía un tío o un familiar que se sentía agraviado conmigo.

También cupo en mi reflexión que quizás deseaba a la mujer que dormía a mi lado y que, en consecuencia, por eso me detestaba.

Como las cosas que ocurren dejan de ocurrir en algún momento —así lo dicta la ciencia—, mi vecino dejó de clavar clavitos.

Su odio, entonces, se concentró en ponerse en el quicio de la puerta cuando escuchaba que mi auto ingresaba a la zona de estacionamiento.

Ahí, parado, sin decir nada —sin mirarme directamente—, mascullaba algunas cosas —del tipo de ‘hijodetuputamadre’— a la par que le deba un trago a su cerveza Tecate.

Meses después —por cosas que también tienen que ver con la lógica científica—, mi mujer y yo nos mudamos.

No supe más de él.

Y ahora que escribo estas líneas confieso que me genera eso que las feministas llaman sororidad.

¿Cómo le habrá hecho para dominar sus altos niveles de envidia y de odio?

¿Seguirá casado con la mujer parecida a Wendy Torrance?

¿Continuará deseando a la mujer del prójimo?

Todas esas dudas matan y perseveran.

Lo único que sé es que mis odiadores no dejan de dar martillazos a paredes imaginarias con las que afortunadamente no colindo.

El mundo es un lugar malvado, me digo antes de dormir.

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