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jueves, junio 30, 2022
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El canto de Cecilia Monzón

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No era exclusivo de un fin de semana de copas o con amigos. Cecilia cantaba todo el tiempo, y al cantar, subía al Facebook la frase más demoledora de la canción o aquella que fuera un termómetro para medir sus emociones.  

Porque la Monzón era así: provocadora y confortativa.  

Alguien que podías amar o repeler a causa de su desparpajo.  

Cantaba y tuiteaba mientras iba a Ciudad Judicial a litigar algún asunto.  

Ella daba santo y seña de las arbitrariedades cometidas por sus contrapartes. Quizás, para algunos, la forma en la que Cecilia transitaba por el derecho era poco ortodoxa. Digamos que le fue fiel a su generación, al espíritu de la época en donde se sabe que para existir, para que las cosas sean visibles, hay que colgarlas de un mensaje con dinamita en el muro del Facebook.  

Cecilia, y eso nadie lo puede poner en duda, fue una apasionada de la vida.  

Gritaba para hacerse notar de entre los demás, escribía notas virulentas en aras de defender lo que creía que era justo, se mostraba sin dobleces cayendo quizás en excesos que la convertían en un blanco propicio para la crítica.  

Ella lo sabía; sabía y disfrutaba lo que estaba haciendo. Métodos hay muchos, y todos, mientras sean legales, son válidos.  

Yo la conocí desde que teníamos escasos 16 años. En Cholula.  

En la Cholula que un día fue territorio de don Filemón Pérez Cázares (su polémico abuelo), a quien muchos –según como les fue en la feria– llamaban líder, y otros más, cacique.  

Eran otros tiempos los de Filemón… amigo, compadre y luego enemigo hasta su lecho de muerte de otro personaje bravío y cojonudo: don Antonio J. Hernández.  

Yo sabía por terceras personas que Cecilia, desde muy joven, había adoptado el carácter del abuelo, pero con una pequeña gran diferencia: era feminista.  

Los años nos pusieron de nuevo en la misma vereda. Hace doce la reencontré cuando colaboraba en Operación Periodista, con Mario Alberto Mejía.  

Ahí la traduje en todas sus aristas.  

No se intimidaba enfrente de nadie, hablaba con la certeza ya a veces hasta con la arrogancia de los abogados a los que no les ganas una. Porque un abogado blandengue es un pobre abogado.  

El litigio es así: jalar para tu lado la cuerda y pergeñar salidas, ver los detalles mínimos y hasta morder, si es preciso, para ganar.  

La tarde del sábado una mano artera acabó con la historia (viva) de Cecilia. Y con su canto y con las promesas inmateriales y materiales de todos aquellos que ponían los problemas jurídicos en sus manos.  

Pero antes de pensar en la profesionista que se había sido masacrada, pensé en la madre que era.  

Furiosa leona capaz de meterse en las fauces del leviatán con tal de proteger a su cachorro. 

Porque si en algo era congruente, fue en saber separar el personaje público que se confeccionó a la medida (visible, escandaloso) de la mujer que tuvo sacar sola adelante a su hijo.  

Nunca lo exhibió en redes. No dio pie al escrutinio de los morbosos. Lo amó y lo aseguró en su círculo de más confianza. 

No es necesario decir que este crimen ha conmovido a los que la conocíamos y a todos los demás, por el simple hecho de que nos recuerda el infierno cotidiano de este país en el que reina la impunidad.  

Cecilia no faltó nunca a las manifestaciones de las desaparecidas. Y con su estilo peculiar arremetía contra las injusticias. Tuviera la razón o no.  

La imagen de una camioneta azul acordonada por la zona de la Carcaña en pleno mediodía nos hiere.  

Hoy que las manifestaciones no se hicieron esperar, el silencio de Cecilia es demoledor para quien la quiso; también para quien, por algún motivo, la respetó, y debe calar más hondo en quien la acalló.  

La manada quedó coja sin ella.  

Es temporada de lobos.  

A esos que le arrebataron el canto, a esos habrá que ir a cazar.  

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