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martes, enero 11, 2022
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Una mujer con sombrero

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Lety Animas abre el refrigerador y me enseña lo que hay.

 

Estamos en su casa de Nigromante, en Huauchinango.

 

Venimos de comer en La Curva, de Xicotepec.

 

El refrigerador está lleno de comida, aguacates, calabazas, chile serrano, jitomates.

 

Sobresale un pollo crudo, impecable.

 

—Qué buen color tiene ese pollito —le digo.

 

—Es orgánico —me dice.

 

Y me pregunta:

 

—¿Para quién crees que es?

 

—¿Para quién?

 

—¡Para mi presidente!

 

Y suelta la risa.

 

Esa risa que nunca la dejaba.

 

Cada vez que podía —y podía mucho—, Lety le llevaba al presidente López Obrador algunos guisados que salían de sus espléndidas manos.

 

Esas manos que tanto le aprendieron a mi tía Silvita, su mamá.

 

Lety era mi tía, aunque yo era mayor que ella.

 

En realidad —ahora lo entiendo— siempre fuimos más que amigos, más que hermanos, más que todo.

 

Crecimos un poco a la sombra de sus padres, de los míos, pero sobre todo a la sombra de mi Mamá Guillitos, mi abuelita.

 

Ella fue el centro de nuestras infancias.

 

(Sus manos tibias iluminaron esa etapa).

 

Lety disfrutaba decirme “Topetos”, que es como me bautizó mi hermano Ofir, impedido como estaba en su primera infancia de llamarme Mario Alberto.

 

Con ella hablaba desde siempre de poesía, de música latinoamericana (Violeta Parra, Mercedes Sosa, Los Folkloristas, Amparo Ochoa), de política.

 

Gracias a sus hermanos (Héctor y Luis) se formó en la lectura del Excélsior de Julio Scherer.

 

Cuando nadie leía en la calle Corregidora, de Huauchinango, los Ánimas Vargas ya leían.

 

(Igual que don Ezequiel Cabrera en la calle Cuauhtémoc).

 

Ir a su tienda implicaba hablar horas enteras de la revolución cubana, de Zapata, de Salvador Allende, del Che Guevara…

 

Bajo esa sombra se formó Lety, y bajo la sombra emblemática de la poesía.

 

Es natural que cuando fijó postura se definió de izquierdas.

 

En la ciudad de Puebla, ahora a la sombra de la universidad, estudió Derecho y se volvió troskista.

 

Militó, faltaba más, en el Partido Revolucionario de los Trabajadores, sobre todo durante la elección de 1988, cuando ese partido postuló a doña Rosario Ibarra de Piedra.

 

En ese año, un mes antes de las elecciones, un oscuro funcionario de Gobernación avecinado en Huauchinango mandó matar a don Melitón Hernandez, un activista muy sólido de Pantepec.

 

Su ejecución se dio cuando don Melitón venía en un camión rumbo a Huauchinango.

 

Había ido a Puebla a recoger propaganda de doña Rosario.

 

De pronto, en plena oscuridad, dos tipos lo bajaron a la altura de Nanacamila, junta auxiliar de Zacatlán.

 

La pesadilla terminó en un asesinato político.

 

(Me tocó reportear esa ejecución y la fui reconstruyendo poco a poco hasta llegar al funcionario de Gobernación).

 

Al día siguiente fue el entierro en Huauchinango.

 

Hasta ahí llegaron Lety y sus compañeros perretistas de Puebla.

 

Aún la recuerdo gritando —abrazada a dos de sus compañeras—: “¡Porque la sangre derramada, será vengada!”.

 

Con los años, después de una temporada en la Ciudad de México —donde trabajó en Notimex—, Lety se metió de lleno en el periodismo.

 

Primero en Síntesis, con Enrique Gaucher, y luego con él mismo en Página Regional.

 

Ahí coincidieron con ella otras mujeres igualmente talentosas: Alma Rosa Parra y Beatriz Gutiierrez Müller.

 

(En la época de Síntesis, Lety trabajó y vivió —como roomie— al lado de una joven y brillante reportera: Betsabé Guzmán).

 

En Síntesis también conoció a quien sería su compañero y esposo: Heber Milán.

 

Ambos procrearon a Diego, quien hoy estudia Lengua y Literatura Hispánica en la BUAP.

 

Tras un feliz regreso a Huauchinango, Lety volvió a la Ciudad de México.

 

El presidente López Obrador la invitó a ser titular del Programa Nacional de Becas Benito Juárez.

 

La activista estaba de regreso, pero ahora entregando becas a los estudiantes de familias pobres.

 

Estaba en lo suyo, en el lugar más alto, cuando el murciélago de Wuhan se metió por la ventana del baño.

 

Ya venía de una primera temporada en el infierno del coronavirus.

 

Y la pasó con éxito.

 

Esta vez no pudo más.

 

La mañana del lunes 11 de enero de 2021, el presidente López Obrador anunció su muerte.

 

Y lo hizo brutalmente triste, dolido, emocionado.

 

Al país se le fue una funcionaria honesta y ejemplar.

 

A mí se me fue la mujer con la que hablaba de poesía y

poetas.

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