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martes, enero 11, 2022
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Eterno don Pedro

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Hay quienes viven siempre.

Que son eternos.

Como don Pedro.

Nuestro querido don Pedro.

 

Sí, es nuestro, de quienes lo conocimos y tratamos.

 

Tan nuestro como de sus hijos: Enrique, Pedro Ángel, Juan Ignacio y Javier. Como lo es de Victoria, su compañera de siempre. De sus nietos.

 

Don Pedro es nuestro y de sus amigos, de sus compañeros, de todos sus alumnos.

 

Después de leer la edición de ayer de Hipócrita Lector, de beberme en sorbitos el suplemento dedicado a don Pedro, le dije a Mario Alberto, nuestro director, que sentía un dolor en el alma por no haber estado en ese homenaje.

 

Que tenía una sola razón para estar ahí: lo quise mucho.

 

 

Lo digo en pasado, pero me doy cuenta que es en presente.

 

Los textos publicados ayer por Javier Palou, Juan Villoro, Mario Alberto Mejía, Juan Gerardo Sampedro, Miguel Maldonado y Pedro Mauro Ramos Vázquez son inmensos.

 

Así que permítame el Hipócrita Lector que les cuente algo de don Pedro no con palabras, sino de la única forma que puedo: con cariño y emoción. Nada más.

 

Si algo puede presumir la generación de 1985 del Instituto Oriente, de la que fui parte, es que don Pedro fue nuestro profesor de Historia los tres años de secundaria.

 

Sí, los tres. No sé si fue el destino, esas casualidades de la vida, o porque nos encariñamos tanto con nuestro profesor que no admitimos a ningún otro más que no fuera él, don Pedro.

 

No nos cansamos nunca de él. Y él, generoso siempre, jamás, en tres años, nos dio la más mínima muestra de agotamiento, de haberse aburrido de nosotros.

 

 

Don Pedro brilló siempre por donde pasó, pero si en alguna parte se sentía libre, completo, feliz, fue en los salones de clases del colegio de los jesuitas.

 

Esa, creo, era la mejor versión, la mejor faceta de su vida.

 

Frente al pizarrón, con su regla de un metro de madera en la mano izquierda, con sus impecables suéteres abiertos, de botones y bolsillos, con su enorme estatura, su fina estampa como le cantaría Caetano Veloso.

 

Apenas don Pedro cruzaba la puerta del salón se hacía un silencio absoluto. No lo sabíamos entonces, pero ese silencio era una celebración para alguien que inspiraba, transmitía respeto.

 

Don Pedro tenía una personalidad imponente. De caballero. De hombre culto, rígido, estricto, disciplinado, de convicciones. Todo eso es cierto, hasta que te veía a los ojos. Entonces descubrías además su nobleza, su dulcísima ternura.

 

O cuando te ponía la mano en el hombro.

 

 

O cuando besaba en la cabeza, casi en la frente, a mis compañeras de clase, de colegio.

 

Cuando se iluminaba su mirada.

 

Gracias a él, a don Pedro, apenas en primero de secundaria descubrimos que la historia universal y, sobre todo, la historia de México era muy distinta a la que nos habían contado hasta entonces.

 

Don Pedro nunca fue partidario del libro de texto oficial.

 

Con él aprendimos que la historia se manipula, se acomoda, se tuerce, se maniobra.

 

Que, a veces, se miente con disimulo o con brutal descaro.

 

Que había historias falsas.

 

Y falsos héroes.

 

Que Antonio López de Santa Anna era un sátrapa.

 

Que los dictadores eran eso: dictadores.

 

Que lo fue Porifio Díaz.

 

Pero que también lo fue Benito Juárez.

 

Que la Patria éramos todos y no sólo ellos.

 

En el repaso uno a uno de los presidentes de México, desde Guadalupe Victoria a López Portillo, tuvo siempre un juicio severo, certero.

 

Don Pedro era un demócrata.

 

Dice bien Mario Alberto Mejía que “don Pedro fue el gran solitario en los círculos políticos de Puebla. Y es que no tenía interlocutores de su estatura. Dictaba cátedra pero no tenía con quién convesar”.

 

Que a sus amigos los encontraba fuera.

 

Con los jesuitas era otra cosa. Con ellos pudo debatir de todos los temas. Escucharlos y ser oído. Confrontarlos, convencerlos. Aceptarlos.

 

Fue amigo de ellos.

 

Su consejero casi 30 años.

 

Fue maestro y amigo de todos sus alumnos.

 

Hay quienes viven siempre.

Que son eternos.

Como don Pedro.

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