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jueves, enero 6, 2022
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Carlo Pini. El barco camaronero

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Carlo Pini. El barco camaronero

Confieso que llegar a las páginas de Hipócrita Lector me produce entre emoción y miedo.

La misma sensación que tuve la primera vez que Maruca, mi mamá, me llevó al colegio.

Cuando nos despedimos frente a las puertas del entonces Instituto Militarizado Oriente.

–¿Y si mejor, mejor venimos mañana?, –le pregunté, casi le supliqué a mamá.

–No, ¿por qué mañana?, –me devolvió intrigada.

–Es que soy un burro, no sé nada, –le solté a bocajarro.

–Si regresamos a casa, mañana tampoco vas a saber nada. Aquí encontrarás a tus amigos, harás otros nuevos y aprenderás con ellos un montón de cosas, –me convenció, me consoló amorosa, como fue siempre, antes de soltarme la mano y darme un beso en la frente.

Ese es el consuelo que busco en estas páginas. Hacer y reencontrar amigos.

Y aprender un montón de cosas con el Hipócrita Lector de aliado.

Agradecido. Y feliz.

Así estoy desde que Mario Alberto Mejía me invitó a subirme a su barco camaronero.

Generoso, como ha sido siempre conmigo, el poeta me llamó a vivir y a disfrutar de cerca su nueva aventura.

A acompañarlo.

Para acompañarnos.

Con él y con ustedes.

Razones para estar agradecido tengo muchas, pero seguramente ni le interesan ni le importan al Hipócrita Lector.

O, bueno, permítanme una: embarcarse en un proyecto así, con un amigo de siempre, a quien le guardas cariño y le reconoces su gigantesco talento, claro que da para estar feliz, para emocionarse, y para estar agradecido.

No cualquiera comparte a sus amigos de aventura y, sobre todo, a sus lectores, los incondicionales, los que han sido fieles y lo han seguido por donde va.

Hoy se escribe en estas páginas el primer capítulo (espero que sean muchísimos) de Los tiempos de la novela poblana.

Atrás quedaron otros barcos, maltrechos, corroídos por la sal, oxidados por el tiempo, sin combustible.

Mario Alberto Mejía, misterioso como es, no me contó a dónde va su barco nuevecito, flamante y orgulloso.

No sé, y creo que los demás colaboradores tampoco lo saben, cuáles serán los mares, las rutas, los puertos que tocará este barco fuerte.

Digno -no un presuntuoso yate o un trasatlántico-, tampoco si deberá sortear aguas mansas o embravecidas.

Si viajaremos con tiempo apacible o con tempestades fortísimas.

Nos llevará adonde marque la rosa de los vientos.

Ése es el rumbo.

Y ya zarpó.

Con sus redes.

Con ustedes. Con nosotros.

Almas Muertas

Almas Muertas es el nombre que dio Nikolái Vasílievich Gógol a la que muchos consideran la primera novela rusa moderna.

Y conste que el Gógol ruso era ucraíno o ucraniano, como quieran decirle.

Dramaturgo, novelista y escritor de cuentos cortos, el también autor de Historias de San Petersburgo.

Narra en Almas Muertas las aventuras de Pável Chíchikov.

Un caballero de clase media que llega a una pequeña ciudad de provincias para triunfar y ganarse a sus pobladores.

Su extraño y misterioso plan fue comprar almas muertas. Así ganaría influencia y poder. Se haría millonario.

Las almas no eran, en un principio, la parte espiritual del ser humano, sino la de los siervos.

Esos imponentes animales que servían entonces para la labranza y eran base para el cobro de impuestos.

En esta columna Las almas muertas poco o nada tendrán que ver con los siervos.

Aunque algunas tengan cuernos.

Que un pedacito que tomo prestado de Gógol, al menos en la ilusión, encuentre su casa en la de los sueños de Baudelaire, el poeta maldito.

Usted me entenderá, Hipócrita Lector.

Apuntes de la desmemoria

Hace bien el presidente Andrés Manuel López Obrador en recordarnos, machacón, desde su púlpito de Las mañaneras, que México ha sufrido durante años el saqueo de muchísimos políticos ineptos, codiciosos.

Voraces.

Que no sólo se enriquecieron a costillas del pueblo (¿el que incluye a todos?).

Sino que tuvieron poderosísimos cómplices de dentro y fuera.

Y muchos más que lo son, o lo fueron, por ignorar, por callar, silenciar o consentir lo que pasaba.

Que tuvieron cómplices en los medios de comunicación.

Por parte de sus dueños, directivos o periodistas. Los más importantes y los insignificantes.

Por eso resulta extraño que ahora Claudia Sheinbaum, la gobernadora de la Ciudad de México, su favorita para sucederlo toque las mismas teclas del piano presidencial.

¿De verdad creen López Obrador y Sheinbaum que sólo se ocultaron los pecados del neoliberalismo salvaje, que enriqueció lo mismo a políticos ladrones que a empresarios sin escrúpulos?

Hace unos días, en su Tercera Rendición de Cuentas, la jefa de Gobierno arremetió contra las administraciones anteriores en la capital del país.

¿En serio no se dio cuenta que Marcelo Ebrard, su principal competidor, y el mismísimo presidente de la República fueron parte principal de esas administraciones anteriores a las que ella tanto detesta?

¿Sólo Miguel Ángel Mancera y sus funcionarios son responsables de los males que padece la Ciudad de México?

¿Entenderá que la izquierda lleva gobernándola de manera ininterrumpida desde diciembre de 1997, desde hace 24 años, y que ella fue parte de varias administraciones en diferentes momentos y tareas?

¿Ninguno de ellos se enriqueció; ninguno ocultó información; ninguno pagó sobreprecios o cobró por favores?

¿Nadie metió las manos a la caja pública? ¿o facturas truchas?

¿Sus contratistas fueron impecables, su obras magníficas, útiles y duraderas, como lo son en Dinamarca?

¿En 24 años acabaron con las desigualdades, los privilegios que tienen los de siempre? ¿Es una ciudad segura?

¿En serio primero los pobres? ¿Hay pobres?

Mal que se hayan olvidado de las trapacerías de los demás, pero bien que se olviden de las propias.

¿Así va la cosa?

Las almas muertas son de ellos.

Nunca nuestras.

*Carlo Pini es periodista poblano. Fue director de Información de Grupo Imagen.

Escribió la columna Frentes Políticos, de Excélsior, durante diez años.

Fue colaborador de la BBC de Londres durante la guerra de Chiapas en los años noventa

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