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viernes, agosto 12, 2022
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Volver a dónde es la pregunta que da título a la reciente novela de Antonio Muñoz Molina, publicada por Seix Barral (2022), en la que se indaga desde el confinamiento y la memoria, el horizonte que se atisba tras la emergencia sanitaria provocada por el SARS-cov-2 y las crisis que la acompañan. El libro llega en buen momento, no por el hecho de coincidir con la quinta ola de contagios, sino porque a dos años de la declaración de la pandemia de Covid-19 tenemos la oportunidad de reflexionar lejos de la ansiedad inicial y desde una cierta distancia para hablar de lo que está pasando. De lo perdurable y de lo efímero. De lo que necesitamos cambiar.

Este documento literario de un momento histórico inserta en el relato las páginas de un diario escrito con la curiosidad del que observa y la sorpresa de quien descubre la novedad en el mundo, y de este modo nos acerca a la mirada de un narrador ameno, acucioso y profundo. La suspensión de las actividades no esenciales influyó sin duda en la percepción del tiempo y la sensibilidad de una época, mientras la ‘nueva normalidad’ comenzó a ganar espacio en el discurso: “El mundo de después, sobre el que tanto se especulaba, ha resultado muy parecido al de antes, salvo por el incordio añadido de las mascarillas”, escribe.

Quizá uno de los cambios más notables durante el comienzo de la pandemia, al menos en México, haya sido la acelerada incorporación de las tecnologías de la información y la comunicación a distintas actividades productivas y educativas que requirieron del trabajo remoto. Se incrementó la venta de computadoras, tabletas y teléfonos celulares, así como dispositivos de audio y vídeo. Bien que mal, se virtualizaron muchos procesos. Se legisló, incluso, sobre teletrabajo. Y sin embargo, me contaba hace unos días un amigo que se dedica a la educación que preguntó cuándo tendría acceso al aula virtual para preparar los cursos de otoño y le respondieron que no, que ya no era necesario, que en agosto ya todo será presencial. Da la impresión de que —como sugiere Muñoz Molina— salvo los barbijos, ahora de uso voluntario, todo lo ganado se perdió. “Lo aprendido a costa de tanto sacrificio y dolor se borra sin huella”.

Pero volvamos al libro en el que, por cierto, el tema de la tecnología no requiere tratamiento especial. Están presentes como parte del mundo las aplicaciones del celular que permiten, por ejemplo, reconocer las fotografías de flores para proporcionar toda su información botánica, lo mismo que las macetas en el balcón, donde la maravilla irrumpe plena y fugaz. Es decir, son parte del entorno.

El mundo se está transformando ante nuestros ojos, como siempre. Aunque sólo lo advertimos en retrospectiva. Algo ha pasado, sin duda, algo ha cambiado, sí. Algo. A pesar de que siguen los contagios, las hospitalizaciones y las muertes causadas por el cariñosamente llamado Covicho, en el ambiente la percepción social es diferente. Fuimos de la incredulidad al olvido pasando por el caos en muy poco tiempo. “Todo esto son recuerdos de hace solo unos meses —apunta Muñoz Molina—. Paso las páginas de los cuadernos en los que apuntaba a diario todo lo que veíamos y en los que pegaba fotos, titulares, artículos, y me parece que estoy consultando un testimonio de otra época”.

La experiencia es lo que queda a cada quien de lo que ha vivido. Y por eso es valioso generar memoria: la propia y la ajena. Así, por ejemplo, el narrador recupera el optimismo y el compromiso de un médico retirado que vuelve al hospital y que también “me mostró su rabia por toda la incompetencia, toda la irresponsabilidad de la gente que nos gobierna, los que durante tantos años han abandonado y desmantelado y privatizado la sanidad pública, los que vieron acercarse la pandemia y recibieron avisos urgentes desde China y luego Italia y no hicieron nada”. No hace falta decir que el escritor vive en Madrid y esta impresión de incapacidad y de impotencia gubernamental se refiere —obvia y exclusivamente— a los dirigentes peninsulares, quienes han permanecido “mudos, hechizados, indiferentes a la aproximación del desastre que ellos mismos agravan una vez más con su pasividad e incompetencia”.

El tiempo de retiro se convierte para el narrador en tiempo de lectura, en tiempo de apreciación de los pequeños detalles, en tiempo de introspección, de recuerdo y reflexión, tiempo de nuevos ritos y rutinas, dentro y fuera de la casa: “Para refrescar algo el aire riego las plantas y las baldosas del balcón. He aprendido o estoy aprendiendo a dejarme llevar. No opongo resistencia a lo que se ha vuelto necesario”, cuenta. Surge, también, de manera espontánea la hora del aplauso, por la noche, cuando los trabajadores de la salud cambian de turno, los vecinos se asoman al balcón y reconocen el esfuerzo con las palmas y a veces con cantos. En cierta ocasión, la lluvia vespertina amenazaba cancelar el reciente ritual, pero “justo a las ocho, como un golpe de simbolismo delicado y un poco efectista, un arcoíris se formó de un lado a otro por encima de los tejados de la calle O’Donell, al mismo tiempo que empezaba el aplauso y el cielo se llenaba de vencejos”.

Conforme la pandemia se desarrolla, el narrador documenta el presente en su diario y viaja al mundo de la infancia, donde “contaban el dinero en reales o en duros”, usaban “cuerdas, fanegas, arrobas” y recordaban el 36 en que empezó la guerra y el 45 que fue el año del hambre. Un mundo desaparecido ya, pero accesible a través del recuerdo, del diálogo y la escritura, de los objetos y las sensaciones. Cultivar tomates en el balcón lo traslada a la huerta de sus padres. Los sueños diluyen la incertidumbre actual con los temores añejos. Los aromas devuelven a los momentos especiales, a los sitios amados. Pero también se anticipa el futuro, a sabiendas de que “la vejez es una retirada lenta; un irse distraídamente de los lugares a los que no se va a volver” y que las nuevas generaciones siguen representando la esperanza.

Asimismo, conforme avanza el relato, advertimos cómo se relaja el confinamiento, asistimos al regreso gradual a los parques, recordamos un periodo vacacional anómalo, vamos de vuelta a la librería, vemos volver a la gente a las exposiciones en las galerías, atestiguamos la reapertura de las tiendas, el retorno a los bares, el barullo de las fiestas en el vecindario, el incremento del tráfico, el aumento de la movilidad y la violencia. Vamos de la precaución a la confianza por las calles de una ciudad que es otra, pero es la misma.

Como bien dice el escritor, nacido en Úbeda, en este libro que no defrauda a sus lectores, “lo que el coronavirus está haciendo en las mentes humanas todavía no podemos saberlo”. Ya antes de la pandemia se decía que en esta década deberíamos incluir entre las prioridades sociales la salud mental por su potencial riesgo incapacitante. Lo que sí podemos reconocer desde ahora es que “lo que esperábamos que terminara no termina. Lo que debería haber comenzado no comienza”.

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