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viernes, agosto 12, 2022
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Sigilo 32

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Capítulo 32

 

Una cica japonesa

 

Llegué a la casa de Cata justo cuando se asentaban las primeras tinieblas. La sirvienta abrió la puerta y al verme puso cara de fastidio.

La calle, de por sí oscura, pronto adquirió atmósfera de película de Orson Welles. Yo no sentía miedo, solo enojo. Ya estaba fastidiada de tanta mentiría. Quería renunciar al proyecto del Sigillium Deus y que me dejaran vivir mi vida. La sirvienta me dejó esperando un buen rato parada en la puerta y luego me dejó pasar a la antesala, donde siempre nos sentábamos a chismear antes de las sesiones.

La casa estaba casi en silencio, a no ser por el tic–tac del reloj de péndulo que señoreaba el lugar. Según el relato de Cata, esa parte de la vivienda había sido
añadido apenas en los años 60 del siglo XX. Se habían conservado las paredes con restos de pinturas murales de cuando era una mansión colonial. La fachada se había restaurado de acuerdo con los lineamientos del INHA y, supongo, muchos sobornos. La enorme extensión del jardín abarcaba casi 5 calles. El marido de Cata había ido comprando las casas aledañas y las había tirado –con permisos en regla y sin ellos– para complacer el capricho de su esposa cuando se le ocurrió crear un sitio que contuviera a sus animales y plantas raros. Todo eso ocurrió cuando sus hijos se fueron yendo. Yo me preguntaba si la soledad actual de la señora dueña de ese extrañísimo lugar se debía a cierto sentido de culpa al haber alejado a sus dos hijos y a su única hija con su mal carácter y exigencias desmesuradas. “Nadie que no tenga un doctorado entrará aquí de nuevo”, contaba entre risas. A mí me parecía atroz que quisiera lucirse a través de sus hijos, que acabaron siendo empresarios de medio pelo y la niña una atareada socialité, ama de casa por supuesto, que nunca llevaba a sus hijos a visitar a la abuela porque le daba pánico ese jardín lleno de peligros por todos lados.

Según Julieta, ella misma había seleccionado el espacio porque los ángeles se lo habían aconsejado. Buscó contactarse con Cata y la conoció en una cena organizada por su representante de entonces –¡yo no sabía que las angelólogas, médiums y demás caterva de profesionales del más allá pudieran tener representante!– y ahí canalizó a esa mujer de gesto adusto y mirada fiera. Lo más distintivo de su cara era la línea recta de una boca de labios extra delgados, así como la barbilla prominente, dura. Las muchas cirugías habían ido convirtiendo su piel en una especie de cartón corrugado. Los ojos verdes, pequeños y penetrantes, enfatizaban la fiereza de su rostro. Una se preguntaba cómo un hombre había perdido la cabeza por esa mujer a la que amó hasta el día de su trágica muerte. Pero, como decía mi abuela, de todo hay en la viña del Señor.

A las quinientas volvió a salir la sirvienta. Traía una bandejita con té y galletitas. Que la señora me atendería en un momento y que si venía yo con la niña. Las antenas aburridas de mi cabeza se pararon ante la señal de alarma.

–¿Y vino usted a checar que hubiera yo hecho la magia de aparecer a mi hija de la nada? ¿No vio que entré sin ella?

–No sé, señora Valentina. Eso fue lo que me dijo.

–Bueno, pues no la traigo.

–Deme usted un momento. Tómese su té para que se tranquilice.

La doña salió disparada fuera de mi alcance. De menos alcanzó a escuchar el ¡y a usted qué le importa si me tranquilizo o no!

Miré el té y algo como un susurro venido del fondo de mi conciencia me susurró: pong–pong.

¡No podía ser! ¡Pinche Catalina! ¿Pensaría envenenarme y quedarse con mi hija? No la creía tan obvia. Recordé la destrucción de todos los arbustos de la planta por órdenes de los ángeles. Julieta se había empecinado en que desaparecieran. Y los ángeles confirmaron su deseo. Nadie sabía que yo había logrado rescatar un ejemplar que crecía y se multiplicaba alegremente en mi hermoso jardín de mi casa de El Cristo. ¿Y si Julieta hubiera conservado semillas de la planta y quería quedarse con mi hija a la brava? Acerqué el té a mi nariz y olí el aroma herbal. En realidad parecía más una de las tizanas con narcótico de la tía de mi marido. Por lo que fuera, arrojé el té a una de las macetas que adornaban el vestíbulo.

No podía creer que Cata quisiera quedarse con mi hija para algo que no fuera criarla. Aunque a su edad –debía tener unos 58 años, más o menos– sonaba a misión imposible una proeza de ese tamaño. ¿Y si pensaba sacrificarla? No me sonaba lógico. ¿Cómo para qué? Entonces, ¿por qué las voces me habían recordado al pong–pong?

Las ideas daban vueltas en mi cabeza como un rehilete de esos en vías de extinción.

La mucama de Cata volvió a la estancia y me dijo que la señora tenía migraña y no podría recibirme. Que pasara en dos días, pero con la niña, si no, ni me presentara.

¡Vaya! Todo ese tiempo para servirme un té y mandarme de regreso a mi casa. Y encima me exigía llevar a la niña. Pues no, nunca la llevaría. La sirvienta se esperó a que me repusiera, cogiera mis cosas y me enfilara a la salida. En ese momento recordó:

–¡No, seño! Acaban de soltar a las tortugas. Mejor vamos por la puerta de atrás.

–¿No se acordaron que había visita y mejor se esperaban a que me fuera? La doña me miró de soslayo.

–¿Se tomó usted su tecito? La escucho enojada.

–¿El que me sirvió con droga para que me arrojaran luego a las tortugas? No, fíjese. Se lo serví a la palma de la entrada.

La señora se detuvo y me miró con ira.

–¿Qué dice?

Pensé que me iba a recriminar por esa acusación tremendista.

–Esa palma es una cica japonesa. Muy delicada. Se me va a morir. Le diré a la señora que usted le aventó el té caliente –me recriminó la doña, una persona por lo general muy educada y servicial.

–Dígale lo que quiera. Al fin que ya nunca me volverá a ver.

La mujer batallaba con el llavero con manos temblonas. Su coraje se traslucía en el ceño fruncido y el color amarillento que de pronto adquirió su cara.

Por fin abrió la puerta y salí a la oscuridad de la calle.

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