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jueves, junio 30, 2022
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Sigilo 04

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Capítulo 4

 

Ángeles de la champaña

 

Pero fuera de esos episodios, las cosas, las compañeras, la vida misma cambiaba muy poco. Y mi convivencia con Julieta se hacía cada vez más estrecha. Una noche, sentada en
el sillón rojo de piel de su estudio –un futón que había pertenecido a su bisabuela- me concentraba en las luces ambarinas de la ciudad resbalando en destellos alegres sobre los muebles y los objetos decorativos que Julieta había comprado a plazos en Liverpool de Angelópolis. Desde la cocina, escuché a mi anfitriona trasegando trastos, abriendo y cerrando el refri, la alacena. Cuando me alcanzó en el estudio, llevaba una charola repleta de platos con aceitunas, jamón serrano, quesos y una botella de champaña que había puesto a enfriar para festejar las compras por impulso cuando el marido anda de viaje con la amante en turno.

–A ver, hazle campito al festejo, mi Vale.

De inmediato retiré los adornos de la mesa de centro: una pantera y un elefante de cristal con incrustaciones de color púrpura y azul.

–Cuidadito, amiguita. Valen una fortuna esos animales.

Con cuidado quise levantar los dos con ambas manos pero resultaban demasiado pesados.

–¿De qué cristal son, Julius? Pesan como demonios…–dije entre pujidos. Por fin había logrado poner ambas esculturas en una repisa cercana al gran ventanal de la terraza.

–Es cristal de tanzanita, querida. Lo creó una erupción volcánica hace más de 600 millones de años a una profundidad tan grande que solo pudo sacarlos a la superficie otra erupción del padre Kilimanjaro. El gramo vale más de 2 mil dólares…

–¡Aso! ¿Me lo juras? –grité. Acababa de transportar unos adornos que ni vendiendo drogas podría pagar en toda mi vida.

–Sí, niña. Pero no te fijes en esas fruslerías. Comamos y bebamos a la salud de nuestro grupo de angelólogas novatas…

A media botella mi amiga me fue revelando una a una las historias de nuestras “condiscípulas”. La triste infancia de una de aquellas señoras, los múltiples divorcios de otra, la huida de “la extranjera”, una argentina que salió de su país con lo puesto por culpa del marido ladrón; la esposa de un comerciante de pescado que se echaba los litros de perfume para ahuyentar el olor con el que convivía y la atormentaba. La mejor historia era la de Cata, la dueña de la casa donde eran nuestras sesiones de estudio.

–La Cata esconde un gran dolor, Vale.

Recordé a esa señora cincuentona y vigoréxica, de buen cuerpo pero rostro vil, quizá por sus ojos de rata perseguida por la escoba.

–Deberías dejar de juzgar, hermanita –me recetó el consejo Julieta de repente. Su marido intentaba leerme el pensamiento, pero su vieja siempre lo lograba sin esforzarse siquiera.

–Bueno, Julius. Ya sabes que no me cae nada bien. Esos gritos que le pega a todo el mundo me recontrachocan. Sobre todo cuando me grita a mí nomás porque me senté en su alfombra persa o porque ya me acabé las botanas o no hago bien las invocaciones…

–Okey, es estricta y medio acalambrada con sus cosas, pero hay razones.

Mi amiga siempre encontraba la manera de disculpar los defectos de los demás menos los míos. “Es que a ti te quiero”, decía y sonreía, malévola.

Según el relato de Julius, la abuela materna de la Cata, en plena guerra civil en España, se vio obligada a emprender la huida hacia Francia por los Pirineos. Toda reticente, jaló con los cubiertos de plata y algunas joyas que se fueron quedando en el camino. Por recogerlos acabó perdida en la nieve. Cuentan que después apareció en un pueblito medieval, Mirepoix, ubicado en la ruta de los Cátaros. La encontraron dentro de la catedral. Antes de mandarla a un campo de concentración, la vieja contó a los guardias que la habían salvado dos ángeles que la llevaron volando entre nubes luminosas a ese lugar. Lo que no contó fue que los ángeles salvadores le habían entregado un objeto con la condición de cuidarlo, y así nada le pasaría. También le anunciaron muchas tribulaciones en ese éxodo que terminó con la familia refugiada en México. Su nieta conocía de memoria la ruta que siguió el vuelo celestial de la abuela, pero no sabía dónde había quedado el objeto encantado. Por eso había dedicado su vida entera a estudiar angelología. No fue sino hasta que conoció a Julieta que supo la historia de dos magos que habían entrado en contacto con los ángeles a través de artefactos armados ex profeso.

En aquel momento todas esas historias me parecieron buen motivo para reír entre sorbos de Dom Perignon Luminous. La forma en que Julieta contaba los sinsabores de aquellas vidas era muy cómica. Luego le pregunté si en realidad era necesario estar deprimida, maltratada sicológicamente, traumada o violentada de algún modo para entrar en la dinámica de estudios como el nuestro: sólo entonces mi amiga se puso seria. Me dijo que el sufrimiento resultaba una condición sine qua non del entendimiento y la sabiduría. Y que cuando no aportabas tu sufrimiento a la gnosis, tenías que aportar tus perversiones, tu deseo de poder. O de venganza. Sólo a través de un tamiz como el dolor, el deseo, la ira o la tristeza era posible arrancar un mensaje a las potencias que convocábamos. De repente sus ideas me dieron miedo.

Cerca de las 3 de la madrugada una llamada interrumpió nuestras confidencias. Julieta, un tanto achispada, al oír a su interlocutor, se levantó de un brinco y espetó algo incomprensible, una especie de jerigonza en un idioma sin ecos reconocibles. ¿Ruso?, me pregunté. O tal vez eslavo. El sonido de aquellas palabras removió una especie de recuerdo en mi memoria, algo que iba muy atrás, aunque no lograba entender una sola palabra.

Cuando le pregunté a Julieta sólo me respondió que estaba yo muy borracha para escuchar una plática en susurros.

–Pero si gritabas –corregí.

–¿Yo? –contestó, haciéndose la sorprendida–. ¿Cuándo me has visto gritar?

Una sonora carcajada puso punto final a la discusión. Pero yo estaba segura de que había escuchado a Julieta hablar en una lengua extraña, demasiado sonora. Por supuesto que no era alemán. Tampoco vasco. Parecía una mezcla de latín y hebreo.

 

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