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viernes, agosto 12, 2022
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Un dilema periodístico: Ganar amigos o perderlos

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La historia del periodismo es la historia del poder. 

Pero también es la historia de la lucha contra ese poder. 

Llevo años en este oficio de contar historias. 

En ese lapso, he perdido amigos poderosos que se han distanciado de mí por la publicación de reportajes que los señalaron como responsables de irregularidades o acciones francamente ilegales. 

No se crea el hipócrita lector que la duda no estuvo sentada varias veces en la mesa de publicar o no lo que teníamos. 

Quienes me conocen, saben lo que hago con mis dudas:  

Las siento en mis piernas (como Rimbaud a la belleza), las percibo amargas, y termino por injuriarlas. 

Ése es el momento clave de afrontar un conflicto y de tomar una decisión. 

Y ese ejercicio deriva, normalmente, en la publicación de la exclusiva que tenemos en las manos. 

Con Nacho Juárez llevo años peloteando. 

¿Cuántos? 

De 2015 para acá. 

No éramos amigos cuando lo invité a subirse al barco de 24 Horas. 

Nos hicimos amigos a partir de la disidencia y la confrontación. 

Más de diez veces, en el primer tramo, terminamos las discusiones a gritos y nos colgamos el teléfono. 

(Los criterios editoriales no salen domesticados del horno, como piensan los teóricos del periodismo que nunca han escrito algo que valga la pena). 

Esos desencuentros, sin embargo, nos hacían reflexionar a cada uno por su lado. 

Al final, ya con la adrenalina bien colocada, acordábamos los términos de la publicación. 

Este ejercicio ha madurado de 2020 para acá. 

(En el tránsito de ContraRéplica Puebla a Hipócrita Lector). 

Con una ventaja en el tramo final: 

Ya no tenemos una voz cargada de intereses en la discusión. 

Son sólo las nuestras las que están en la mesa. 

Las decisiones editoriales, en consecuencia, no se toman mecánicamente. 

Llevan su tiempo. 

Y lo que al principio es un no rotundo, termina por ser un sí absolutamente convencido. 

Así son los acuerdos en nuestra cocina de la edición. 

No podría ser de otra manera. 

Sin ese peloteo con Nacho —reportero de tiempo completo—, yo estaría jugando un aburrido y solitario partido de frontón: sin nadie que me devuelva una pelota cargada de vértigo. 

Del otro lado está mi vida social, que mucho tiene que ver con el periodismo. 

Llevo años comiendo y cenando en las mesas del poder. 

Llevo años desayunando en horarios pornográficos —las siete o las ocho de la mañana— con gente cargada de intereses. 

De algunos me he hecho amigo inevitablemente. 

(En las tripas de la conversación se cocinan las buenas amistades). 

Después de una o dos copas de vino surgen las confidencias. 

Y eso implica dos rutas: 

La de la infidencia o la de la complicidad. 

Si un amigo —por muy poderoso que sea— le hace una confidencia a un periodista —por muy amigo que sea—, hay un riesgo latente: la publicación, que implicaría una traición; o el silencio, que es también una traición al periodista que uno lleva dentro. 

En esas aguas me he movido durante años. 

Siempre he creído que un periodista que escribe sobre el poder tiene que sentarse en la mesa del poder. 

Desconfío de los periodistas puros que descifran a los poderosos desde la subjetividad. 

Una vez publicados sus escritos, descubro en ellos una inocencia cargada de cierta estupidez. 

Y desde ese ámbito (estupidez=inocencia), hacen la crítica de quienes como yo nos sentamos en la mesa del poder. 

No ha sido fácil. 

He escuchado durante estos años (de 1996 para acá) confesiones brutales. 

Y de una u otra manera he sido fiel a quienes me han tenido esa confianza. 

Pero ese ejercicio también me ha dado alas para volar sin caer en la infidencia. 

Parece fácil. 

No lo es. 

Con todo esto a cuestas he recorrido poco más de un cuarto de siglo realizando un ejercicio periodístico que a algunos no les gusta. 

Están en su derecho de seguir cavando el hoyo de la ingenuidad. 

Hoy por hoy, sin embargo, Hipócrita Lector es la prueba palpable de que la reinvención periodística es la única ruta posible. 

En la edición de este lunes el lector volverá a hallar en nuestras páginas —como ya es costumbre— información brutal con datos duros que tocará intereses y moverá escenarios. 

Yo seguiré perdiendo amigos en esa encrucijada. 

(A veces es inevitable). 

Pero nuestro periódico continuará ganando audiencias sin necesidad de recurrir a la nota roja o a la reproducción de videos morbosos en lo sexual o en lo sanguinario. 

Nuestros lectores son inteligentes, son educados, y siempre quieren más. 

No llenan sus ojos con información barata cocinada en el lugar común. 

Por eso perseveramos en hacer un periodismo que combine la investigación, el dato duro y la buena prosa. 

Y todo en un contexto que también mezcla las dualidades y las paradojas de las que hablé líneas atrás. 

 

Nota Bene. Hace unas horas volví a ver una película de Steven Spielberg que narra la dualidad de la que he hablado a través de dos personajes claves en el periodismo estadounidense: Katharine Graham y Ben Bradlee. 

La primera fue presidenta de The Washington Post, y amiga y anfitriona de presidentes, senadores, empresarios e intelectuales, entre otros.  

El segundo, fue el valiente editor del Post en los años de Nixon. 

Ambos se enfrentaron ante el dilema de publicar los denominados Papeles del Pentágono: un estudio ultrasecreto sobre la Guerra de Vietnam que había sido encargado por uno de los mejores amigos de la señora Graham: Robert McNamara, a la sazón secretario de Defensa. 

Al principio, la presidenta del Post se negó a publicar el reportaje que evidenciaba que el presidente Nixon y varios expresidentes habían mentido sobre Vietnam. 

Tras horas de intenso cabildeo, Bradlee la convenció de publicarlo pese a la amenaza —de parte de la administración Nixon— de que le fueran retiradas las licencias de televisión del consorcio periodístico. 

Ése fue un gran ejemplo de cómo el periodismo puede anteponerse a las amistades peligrosas. 

Sin la señora Graham, los Papeles del Pentágono y el caso Watergate no hubiesen sido lo que fueron. 

Rescato unas palabras —inauditas, viniendo de Nixon— que rubrican muy bien esta historia:  

“En Washington hay muchos que leen el Post y les gusta, y hay muchos que leen el Post y no les gusta. Pero casi todos leen el Post, lo que constituye un reconocimiento de la habilidad de Graham como editora”. 

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