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miércoles, abril 15, 2026

El perro, el carnicero y las cucarachas políticas

El perro, el carnicero y las cucarachas políticas

Detrás de los aspirantes a las diversas posiciones electorales rumbo a 2027 hay un montón de gente deseable e indeseable.

Los primeros son aquéllos que tienen buena fama pública y que aportarán la misma al proyecto del posible candidato.

Los segundos son como las cucarachas merodeando un pastel: llenos de pésima reputación y ambiciones desmedidas.

Nunca como hoy es importante ver quiénes rodean a los aspirantes.

Son más los indeseables que los deseables.

Los primeros vienen precedidos de una pésima reputación.

Cuando han sido funcionarios públicos, robaron como locos, volvieron amantes a sus secretarias, adjudicaron obras a sus prestanombres, subieron las patas a los escritorios, bebieron en horas de oficina (en sus oficinas), les dijeron “nalgonas” a todas sus empleadas, saquearon el erario (todo erario es público) y llenaron la nómina de amigos, proxenetas y compadres.

Un rasgo los define: le dicen “jefe” o “patrón” a su superior.

Cuando uno acuda a las urnas —ya en 2027— y cruce la boleta, estará votando también por esas cucarachas.

Suena feo, pero es la realidad.

El uno es el uno, ya lo sabemos.

Los peligrosos son los que se agazapan detrás del uno.

 

 

Una trama de perros. Un perrito cualquiera —de esos callejeros que tienen un hambre histórica—, flaco, escuálido, escurrido, se acerca a donde otro perro más grande —pulgoso, mentecato— olisquea fuera de una carnicería de pueblo.

Nuestro perro, el primero, llega al llamado de la carne en espera de un hueso que se pueda llevar para lamerlo durante algunas horas.

Entonces, decidido, entra a la carnicería, pero sale de inmediato: asustado y tembloroso.

Y es que a su paso se cruza un tipo gordo, armado, de evidente mal humor, quien —después nos enteraremos— viene de amenazar al carnicero por alguna razón que hasta el momento no nos es dado conocer.

El gordo sale, pues, y pasa por su mente enferma una idea aún más enferma, misma que lleva a cabo con la frialdad de un asesino serial que busca enviar, lo que se dice, un mensaje siciliano.

Agarra entonces a nuestro perro —el perrito flaco, dueño de un hambre histórica— y sin inmutarse, sin sentimiento alguno, lo lanza a un caldero hirviente.

(Uno de ésos donde se hacen carnitas y cueritos).

No se escucha el llanto del perro, pero es clarísimo que su chillido llega hasta donde dos señoras caminan y se sobresaltan a unos quince metros.

Y mientras esto ocurre, el animal que lanzó al caldero a nuestro héroe abre la puerta de su auto y se mete muy ufano: muy feliz de haber enviado un mensaje de muerte al carnicero.

Éste sale y mira en el caldero hirviente al perrito de hambre histórica, y entiende que el matón es una mierda de persona, de esas que abundan en Twitter y en las calles polvorientas de este país llamado México.

No sabe qué hacer el carnicero, y sólo ve y escucha el dolor del perrito callejero que únicamente quería un hueso —sin importar el tamaño— para lamerlo, humanamente, algunas pocas horas.

Este video, viralizado en mayo de 2023, sigue diciendo mucho del país que somos y de lo siniestros que pueden llegar a ser algunos seres humanos.

Pero también me recuerda lo qué pasó hace unos domingos en las elecciones municipales y autonómicas de España, donde un perrito con un hambre histórica —la izquierda marginal— fue lanzada a un caldero hirviente por una fuerza —VOX— que se ha adueñado de la narrativa —política y cultural— de un país quebrado por dentro por tantos años de Franquismo.

Estas dos tramas me persiguen en sueños: “esa borrosa patria de los muertos”, diría el poeta (eterno) Octavio Paz.

 

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