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martes, abril 14, 2026

Vasko Popa: el poeta que sobrevivió a sus propias ruinas

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Existe una gigantesca ironía entre Yugoslavia y sus personajes más icónicos de su corta historia. Mientras aquel mítico país nacía estrepitosamente y con la misma violencia desaparecía, sus hitos permanecerían por siempre, en páginas, recuerdos y titulares. Uno de esos nombres que ocuparon, precisamente, páginas, recuerdos y titulares, es el de Vasko Popa, quizás, el poeta más reconocido de aquella inigualable Yugoslavia.

Vasko Popa, nació en 1922 en Grebenac, una pequeña aldea de Vojvodina, región donde el mestizaje cultural y ancestral se dio entre los pueblos serbios y húngaros. No obstante, Popa, serbio de lengua y de espíritu, creció en un territorio donde la identidad no era un dato banal, sino una carta de negociación permanente. Tal vez, por ello, su poesía nunca resultó cómoda para la crítica yugoslava, pues nunca cedió a la tentación de un himno, ni al consuelo de una lírica épica nacionalista que habría gustado tanto a la función pública de Belgrado. Popa, entre los suyos, fue distinto.

Su primer libro, Corteza (Kora, 1953) llegó al mundo literario yugoslavo como puñetazo silencioso que golpeaba a los lectores en los primeros años después de la Segunda Guerra Mundial. ¿Y por qué fue un certero golpe? Porque los versos de Vasko Popa aparecen en medio de una población obligada a una doctrina de realismo socialista y donde el optimismo y la sonrisa falsa, eran obligación patriótica. En esa unidad yugoslava de los cincuenta, Popa apostó por la fragmentación, el juego oscuro y la imagen incómoda a través de sus letras. Sus versos no eran una declaración política, pero sí eran la declaración de un poeta que se niega a mentir en nombre del Estado. Y en aquellos años, en aquellos países, dicha postura era severamente castigada.

Sus ciclos de poemas —esa forma que él mismo convirtió en su marca personal—, aparecen como pequeñas mitologías de carácter privado. El lobo de sal, La tierra de enfrente, La manzana de oro, son títulos que suenan a cuentos de hadas. Sin embargo, dichos textos meditan sobre cuestionamientos que detienen el pensar de un hombre, como el dolor, la herencia y por supuesto, la condición humana. Quizás estas no fueron sino reflexiones constantes en hombres que vivieron la miseria de una guerra, incluso, un sello particular de los más grandes escritores de Yugoslavia.

Uno de los más persistentes errores sobre Vasko Popa, es leerlo como un poeta “lúdico” únicamente, como si su juego fuese una forma de escapismo. No obstante, sus juegos son en realidad, rituales crueles: Pongámonos a jugar al sueño / el que se duerma primero / se convierte en sueño del otro. Esta trampa verbal, por ejemplo, encierra algo perturbador: la identidad como vulnerabilidad, el sueño como conquista del otro. En la Yugoslavia del Mariscal Tito, donde la identidad nacional era política de Estado, y la diversidad ética era una bomba de tiempo administrada por la burocracia nacional, este juego de quién se convierte en sueño de quién, no era en absoluto una metáfora inocente. Popa, a través de la poesía, comprendió antes de los politólogos y los generales de la época, que Yugoslavia era, en cierto modo, un sueño colectivo que alguien terminaría soñando en nombre de todos. O ¿acaso desde su origen fue un sueño de alguien que terminaron “soñando” todos?

Lamentablemente, como sucede con aquellos poeta o escritores que resultan incómodos para los cánones nacionales, el reconocimiento real por su trabajo vino desde fuera y no desde la propia Yugoslavia. Cuando el gran Octavio Paz, Premio Nobel de Literatura 1990, descubrió la poesía de Vasko Popa, reconoció en sus versos algo que no abundaba en la poesía occidental de mediados del siglo XX: una imaginación mítica que no fungía como nostalgia decorativa, sino como herramienta estructural y necesaria.

Paz incluyó a Popa en su célebre antología Poesía en movimiento y escribió sobre él con generosidad crítica, hecho que no era habitual en el poeta mexicano. Sin embargo, la poesía del atrevido yugoslavo lo había cautivado. Lo que más disfrutaba de la lírica de Popa era, según sus propias palabras, esa capacidad de construir universos poéticos autónomos, gobernados por leyes propias que, a pesar de lo imaginativo, siempre terminaban hablando de las más grandes urgencias del mundo real.

Aunque ambos poetas provinieran de geografías distantes y sus estilos pareciesen no guardar similitud alguna, lo cierto es que, tanto Paz como Popa se hallaron en un mismo territorio: la poesía, donde el mito deja de ser un adorno y se convierte también en una forma de conocimiento.

El hueso desenterrado sueña / con la carne que lo cubría / la carne enterrada sueña / con el hueso que la sostenía. Este verso de Popa cautivó de tal manera a Paz que aseguró que un poeta de la magnitud del serbio Vasko Popa, no necesitaba traducción de sus congojas más profundas. Este verso, corto pero contundente, contiene en sus pocas letras, una filosofía plena sobre la pérdida, la memoria y la imposibilidad de reconstruir lo que se fue.

¿Por qué el cielo está tan bajo esta noche? / ¿Por qué la tierra huela a sangre?, se pregunta Popa a través de sus versos. Y es que, su poesía difícilmente afirma; regularmente cuestiona. Y esta interrogación se halla de manera constante en aquellos poemas que hablan sobre los tiempos de guerra o los hitos bélicos de la historia de Serbia y de Yugoslavia. En sus poemas sobre la batalla de Kosovo, no glorifica el mito nacional, en realidad, interroga y convulsiona lo que se ha creído como verdad. La guerra en los versos de Popa no son odas, sino heridas abiertas que deben reflexionarse.

No obstante, a pesar de la grandeza de Popa, quien es considerado por los grandes académicos y poetas del siglo XX como el poeta de mayor impacto en la historia de Yugoslavia como nación, su nombre no resuena en el ámbito literario de Occidente, ni en las bibliotecas, salones de clase y mucho menos en las librerías. Octavio Paz, Premio Nobel de Literatura lo reivindicó, Ted Hughes se enamoró de él y lo tradujo al inglés, poetas franceses y alemanes lo estudiaron en sus círculos y, sin embargo, su prestigio no cruzó fronteras. Quizás, el canon literario contempla grandeza únicamente en ciertas lenguas, y aquellas periféricas como el serbio —aunque me duela decirlo—, necesitan siempre de un intermediario de prestigio para atravesar ciertas barreras. Pero, Popa tuvo a Hughes y tuvo a Paz; y no bastó.

Por suerte, si algo caracteriza a aquellas poblaciones balcánicas es su resiliencia y su capacidad, ave fénix, de resurgir de entre las cenizas. Yugoslavia comenzó su desintegración en 1991, curiosamente, mismo año en el que murió Vasko Popa. Sin embargo, en universidades de prestigio y pulcritud, aquellas que estudian el pasado como una lección infalible para el presente, el concepto de Yugoslavia sigue vigente, y los versos de Vasko Popa para los que aprenden de la nostalgia, permanecerán, incluso después de la más cruenta guerra.

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