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viernes, enero 7, 2022
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El Peor Viaje, el Mejor

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Hay de viajes a viajes.

Hay quien cruza medio mundo para hospedarse en un Fairmont y hacer todo lo posible por “sentirse en casa”, dormir con la misma almohada y usar el mismo jabón de Le Labo con olor a rosas, y comer en cadenas de restaurantes en donde ya sabes exactamente qué pedir.

Hay otros que te sacan por completo de ese lugar en el que te sientes cómodo y te hacen, sin querer, ver el mundo de otra manera.

Hace unos años organicé, sin querer, uno de los peores viajes en la vida de mi hermano Mario y Daniela (una de mis mejores amigas), si a eso se le puede llamar organizar. Había pasado el último año en Sudáfrica y los dos llegaron para que viajáramos durante unas semanas antes de regresar. Yo era la encargada del itinerario.  Botsuana me pareció una gran idea. Había escuchado historias fantásticas sobre el desierto del Kalahari y el Delta del Okavango.

Renté una Land Rover que tenía por lo menos una década en circulación, con dos casas de campaña en el techo.   Me ofrecieron un GPS, pero me pareció un gasto innecesario. La idea del viaje era salir de Johannesburgo y cruzar Botsuana hasta llegar a las cataratas Victoria en Zambia.  En el camino visitaríamos a algunos amigos en Gaborone y los lugares más emblemáticos, según las historias que me habían contado.

Salimos más tarde de lo esperado y llegamos muy noche a Gaborone. Los tres estábamos muy cansados.

—Oye, ¿pero a dónde nos vamos a quedar? —preguntó mi hermano.
—No sé… Vamos viendo —respondí.

Dormir en una casa de campaña pierde todo su encanto cuando estás acampando en medio de la ciudad.
—¡Marianna! ¿No planeaste nada? —vino el primer reclamo.

—Les acabo de decir el plan. Vamos a cruzar Botsuana hasta llegar a las cataratas Victoria. No sé qué pase de aquí a que lleguemos —volví a responder.

Desde el primer día, los dos estaban devastados por la falta de planeación. La incertidumbre los carcomía. Definitivamente no éramos el grupo indicado para ese tipo de aventuras. Y no estaban completamente equivocados.

El viaje no pudo tener más contratiempos. Terminamos viajando a Zimbabue, en lugar de a Zambia, que estaba pasando por una crisis brutal.

Algunas cosas fuera del plan original nos sucedieron de ahí en adelante:

No vendían gasolina, y todo estaba colapsando. Caímos en un pantano con la camioneta y perdimos nuestros zapatos y otras pertenencias. Chocamos, y destruimos nuestra casa de campaña cuando huíamos de un elefante. (Mi hermano, inexplicablemente, pensó que era de plástico). Todo esto ocurrió justo antes de que cayera un diluvio.

Nos perdimos durante muchas horas en caminos arenosos del desierto del Kalahari sin agua ni gasolina, y con una brújula de plástico. Tuve que aceptar que ahorrarnos el GPS fue mala idea.

Llegamos con las últimas gotas de combustible a una pequeña aldea. Nos quedamos ahí un rato tomando T-wine (un fermentado de maíz) para descansar de las horas de camino. Llegando al lugar donde acampamos, nos asaltó una manada de changos que entró a la camioneta mientras nos acomodábamos. Estábamos lavando los trastes, cuando una hiena se acercó a menos de dos metros de Daniela. Aventamos todo y nos metimos al coche a esperar a que se fuera. No sabemos si fue el T-wine, la cena o el susto, pero una terrible diarrea nos mantuvo despiertos toda la noche.  Por supuesto, sin un baño y en medio de una oscuridad absoluta.

Acampamos por más de diez días: muy mal preparados y comiendo sólo lo que llevábamos. Nos llegamos a odiar. ¡Sobre todo, ellos a mí! No me perdonaban haberlos arrastrado a esa aventura anárquica.

Por supuesto que también llegamos a lugares paradisiacos. Vimos leones, elefantes, leopardos, y cientos de hipopótamos. Escuchamos grandes historias y conocimos muchas personas en el camino. Estuvimos en el delta del Okavango, que es una joya, recorriendo kilómetros de canales rodeados de naturaleza y una paz impresionante.

Cuando el viaje terminó, para alivio de todos, fue inevitable sentir un poco de nostalgia. Todo el caos y las dificultades que tanto nos hicieron sufrir durante el recorrido, nos siguen haciendo reír. Para ellos, fue el peor y el mejor viaje de sus vidas.

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