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martes, abril 14, 2026

Una democracia de calidad exige candidatos y gobernantes con conocimiento técnico y compromiso social

Una democracia de calidad exige candidatos y gobernantes con conocimiento técnico y compromiso social

La democracia no es un punto de llegada, sino un proceso en constante evolución. Desde sus primeras expresiones en la antigua Grecia hasta los sistemas contemporáneos, ha transitado de ser un privilegio de unos cuantos a un derecho universal —al menos en el plano formal—. Sin embargo, este avance histórico no ha estado exento de tensiones: ampliar la participación no siempre ha significado mejorar la calidad de las decisiones públicas, un mejor gobierno y como resultado un desarrollo económico e integral.

En sus orígenes, la democracia se entendía como el gobierno directo de los ciudadanos. Con el paso del tiempo, y ante la complejidad de las sociedades modernas, se transformó en un sistema representativo donde elegimos a quienes toman decisiones en nuestro nombre. Este cambio implicó una nueva exigencia: si los ciudadanos ya no gobiernan directamente, entonces quienes los representan deben contar con capacidades reales para hacerlo.

Aquí es donde la discusión cobra relevancia. Hoy más que nunca, la democracia enfrenta un dilema profundo: ¿es suficiente con que los representantes sean electos por mayoría, o también deben cumplir con estándares mínimos de preparación académica y formación social? La respuesta, aunque incómoda para algunos, es clara: la legitimidad democrática no solo proviene del voto, sino también de la preparación, la aptitud, la idoneidad del candidato.

Gobernar en el siglo XXI requiere mucho más que carisma o popularidad. Implica comprender fenómenos económicos globales, diseñar políticas públicas basadas en evidencia, interpretar marcos jurídicos complejos y, sobre todo, entender las realidades sociales de una población diversa y desigual. Un representante sin formación difícilmente podrá enfrentar estos retos con eficacia.

Los ejemplos sobran. En distintas partes del mundo hemos visto a figuras del entretenimiento o del deporte incursionar en la política impulsadas más por su fama que por una trayectoria pública sólida. El caso de Cuauhtémoc Blanco en México ilustra bien este fenómeno: un ídolo del fútbol que dio el salto a la política con gran respaldo popular, pero cuya gestión ha sido constantemente cuestionada por su falta de preparación técnica y resultados, otro ejemplo es el artista Sergio Meyer y en Puebla hay algunos personajes con estos perfiles, pero omitiremos mencionarlos, pero los invito a la reflexión.

Sin embargo, centrar el problema únicamente en los candidatos sería incompleto. La responsabilidad también recae en los partidos políticos, que son —o deberían ser— los primeros filtros de calidad democrática. Son ellos quienes definen candidaturas, construyen perfiles y presentan opciones a la ciudadanía. Cuando los partidos priorizan la rentabilidad electoral sobre la capacidad o preparación, debilitan el sistema desde su raíz. Postular figuras populares sin preparación no es una estrategia inocente: es una renuncia deliberada a la profesionalización de la política.

Pero hay un elemento adicional que no puede ignorarse: la influencia de los propios gobernantes en la definición de candidaturas. En muchos sistemas políticos, quienes ya detentan el poder inciden —formal o informalmente— en la selección de perfiles que competirán en futuras elecciones. Si esa influencia existe, debe ejercerse con responsabilidad. No puede utilizarse para premiar lealtades personales o cuotas de grupo, sino para impulsar perfiles con preparación académica, capacidad técnica y, sobre todo, compromiso social. De lo contrario, se perpetúa un círculo de mediocridad que debilita a las instituciones y no abona al verdadero desarrollo económico y cultural de un País, Estado o Ciudad y debilita el verdadero debate en los Congresos y Cabildos.

La cadena de responsabilidad tampoco termina ahí. La ciudadanía juega un papel determinante. En una democracia madura, el voto no es un acto impulsivo ni emocional, sino una decisión informada. Elegir candidatos únicamente por su fama, simpatía o cercanía mediática es abdicar de la responsabilidad cívica. La democracia no solo otorga derechos; también exige criterio.

Aquí es donde se cierra el círculo: partidos que deben postular perfiles competentes, gobernantes que —si influyen— deben hacerlo con visión de Estado, y ciudadanos que deben exigir y respaldar a los mejores perfiles en las urnas. Sin esta triple exigencia, el sistema corre el riesgo de convertirse en una simulación donde la forma democrática existe, pero su contenido es débil.

Pero no se trata únicamente de títulos universitarios. La formación social —la sensibilidad hacia los problemas reales de la gente— es igual de crucial. Un candidato puede tener una sólida preparación académica y, aun así, carecer de empatía o desconocer las dinámicas comunitarias. La democracia de calidad exige un equilibrio: conocimiento técnico y compromiso social.

En contextos como el mexicano, este debate adquiere una dimensión urgente. Durante décadas, el sistema político mexicano ha forjado la llegada al poder de perfiles improvisados, muchas veces más cercanos a intereses partidistas que al bienestar colectivo. El resultado ha sido, en muchos casos, políticas públicas deficientes, decisiones erráticas y una creciente desconfianza y desencanto ciudadano.

La evolución de la democracia como en países desarrollados, por tanto, no debe limitarse a garantizar elecciones libres. Debe avanzar hacia la construcción de una cultura política donde el voto sea también un ejercicio de exigencia. Elegir mejor implica informarse, cuestionar y valorar la trayectoria y la preparación de quienes aspiran a gobernar.

Porque al final, la democracia no solo se mide por cómo elegimos, sino por a quién elegimos. Y en esa ecuación, partidos, gobernantes y ciudadanos tienen una responsabilidad ineludible: apostar por perfiles preparados, con formación académica, sensibilidad social y verdadera capacidad para gobernar. Solo así la democracia dejará de ser un ideal y se convertirá en una herramienta efectiva de bienestar colectivo.

Gracias por leernos, espero que hayan tenido un excelente descanso de Semana Santa, Su amigo Daniel H. Conde

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