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miércoles, abril 15, 2026

Omnipotencia: La dignidad no es un dato

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No es la primera vez que afirmo que vivimos una época en la que el poder ha cambiado de naturaleza. Ya no se define solo por territorios, ejércitos o economías, sino por algo más sutil y más decisivo: la capacidad de procesar datos, anticipar comportamientos y modelar decisiones.

La posibilidad  y capacidad de influir no solo en lo que hacemos, sino en lo que pensamos que queremos hacer, ha sido centro de guerra y paz. Esfuerzos de dominación y Hegemonía duraderas. Lucha por evitarlo. Debate Moral y Etico, que nos recuerda que ya sea en la paz como en la guerra: unos ganan, otros pierden.

Prolongar la hegemonía de la civilización occidental, ahora en máxima tensión, por el conflicto bélico actual,  la amenaza de alternancia tecnológica y económica China y la posibilidad nuclear real de Irán, nos ubica en la verdad del poder tecnológico, o en la ilusión de poder que lo acompaña.

No es una guerra de los cuatro fantásticos, Supermán también conoció la kryptonita.

Los filósofos del poder advierten que se  ha instalado una idea peligrosa: que si tenemos suficientes datos, podremos entenderlo todo; y si podemos entenderlo todo, podremos controlarlo todo. Esta es la nueva forma de la vieja tentación de omnipotencia. Me recuerdan a los Alquimistas de la Edad Media.

Yo creo que confundir correlación con comprensión ha sido siempre un error. Hoy, ese error se ha vuelto estructural. Los datos pueden describir patrones, pero no agotan la realidad humana. Son fragmentos, no totalidad.

Por esa dificultad, también algorítmica,  entender la naturaleza humana sigue siendo el reto principal y nos exige aceptar que la dignidad no es un dato.

La dignidad no  puede ser reducida a una variable, ni anticipada por un algoritmo, ni administrada como un recurso. La dignidad implica libertad, conciencia, capacidad de ruptura. Todo aquello que escapa a la lógica de la predicción.

Sin embargo, el poder contemporáneo —apoyado en sistemas algorítmicos— tiende a olvidar este límite. Cree que gobernar es optimizar, que decidir es calcular, que la complejidad puede ser simplificada sin consecuencias.

Ahí nace la ilusión de omnipotencia, en contraste entre el líder hegemónico y las naciones amenaza.  Civilizaciones diferentes y en conflicto total. Todas con la obsesión de imponer.  Una lucha entre gigantes que no nos corresponde pagar a los enanos.

Pensar desde la Algorética introduce una advertencia fundamental: no todo lo que puede medirse es relevante, no todo lo eficiente es justo, no todo lo predecible es legítimo. Y, sobre todo, no todo lo humano es cuantificable.

Cuando el poder ignora esto, entra en una paradoja: cuanto más intenta controlar, más inestable se vuelve, porque reduce la realidad a modelos incompletos y elimina aquello que no puede medir, que suele ser lo más importante.

El Papa León XIV lo ha expresado, hace unos días,  con claridad al  denunciar la “ilusión de omnipotencia”. Su señalamiento no es político en sentido estrecho, es civilizatorio: recuerda que el poder no es absoluto ni autosuficiente.

El contraste con figuras como Donald Trump no es personal, sino representativo de dos formas de entender el poder: una que confía en el control y otra que reconoce límites.

Esta tensión se vuelve crítica en contextos de guerra. Cuando la vida humana se convierte en dato, en daño colateral o en variable estratégica, la dignidad desaparece. Y con ella, cualquier justificación moral.

Por eso, la guerra no es solo un problema geopolítico. Es, ante todo, un fracaso ético. Algunos piensan que esta lógica de control total puede seguir operando en la nueva sociedad digital a pesar de la dificultad para controlar lo humano. Habemos otros que pensamos que se debe rediseñar el poder desde sus límites.

Eso implica reconocer que la tecnología necesita ética, que los algoritmos requieren responsabilidad y que la política no puede reducirse a cálculo.

Implica, sobre todo, recuperar una idea básica que la persona no es un dato, porque no se pueden administrar abstracciones. Cuando eso pasa,  —la historia lo ha demostrado una y otra vez— comienzan las crisis profundas.

Finalmente el futuro no dependerá de quién tenga más información, sino de quién entienda mejor sus límites.

Insisto: La dignidad no es un dato.

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