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domingo, febrero 5, 2023
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Chapman no mató a Lennon

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Si el juego deja de ser divertido, lo más sensato es abandonarlo.

En momentos como estos, en los que el sentido de la vida (que realmente nadie ha sabido descifrarlo) es algo que sólo pasa en el presente, las esperanzas que ponemos en el futuro resultan ser casi siempre una engorrosa consecuencia que nos empuja desde la presión de un pasado feliz o quizás más glorioso.

Qué pasaría si en cada uno de nosotros no estuviera tan arraigada la idea de la deserción como una de las formas del fracaso o del conformismo.

¿Cuántos dramas nos ahorraríamos si apeláramos a obedecer el grito de nuestros cuerpos y nuestras mentes en situaciones que, en lugar de conducirnos a eso que nos han vendido como plenitud, nos precipitan a la bancarrota mental y emocional?

Pongamos ejemplos de primera mano: el político que ha caducado, y tiene la cola larga, se retira a tiempo a un auto exilio dorado en vez de aferrarse al poder y cometer atropellos cada vez más grandes que lo redireccionen a la cárcel.

O el funcionario al que le quedó grande la encomienda y no pudo confrontar una crisis sanitaria, pero, por ego y una visión distorsionada de sí mismo y el sistema, provoca un desastre de dimensiones apocalípticas.

Los actores que no dejan las tablas a tiempo terminan siendo caricaturas grotescas; sufren del ninguneo del medio infame y pierden, en el mejor de los casos, su reserva de dignidad.

Así pues, existen a quienes la muerte los asiste con su generosa capa y los premia con el misterio de un futuro que, al ya no ser, queda en suspenso.

Yo siempre he dicho que qué terrible que mataron a Lennon, pero también estoy segura de que, para estas fechas, su imagen se nos hubiera derrumbado como un montón de piedras.

Chapman hoy sigue luchando por obtener su libertad. Cosa que, sin duda, conseguiría por buen comportamiento y otras laxitudes de la ley; sin embargo, todo es en vano cuando a cambio de cinco minutos de fama has matado a quien no se debía.

Porque Chapman no mató a Lennon fuera del Dakota.

Mató a aquel que se jactaba ser más conocido que el hijo de Dios.

Pequeño detalle: eso jamás se olvidará. Menos aún se perdonará.

Chapman debió huir a tiempo hacia el Central Park. No lo hizo.

Su nombre figuró días en los telediarios. Pero no más. Fue a él a quien realmente asesinó.

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