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domingo, julio 3, 2022
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El Tigre, la revista de la Biblioteca y algunas fieras familiares

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Luego del deceso de Jaime García Terrés, en abril de 1996, Eduardo Lizalde (quien vivió en Puebla en su primera juventud) asumió la dirección de la revista de la Biblioteca de México. Dos buenos amigos, Jaime Moreno Villarreal y Rafael Vargas, formaban parte del consejo editorial, y este último se convirtió en el editor de El Tigre. Ya publicaba yo con don Jaime, pero Lizalde quiso que continuara, así que seguí colaborando en algunos de los cuatro bellos números que se lanzaban al año, al menos durante un bienio más. Como alumno de Tito Monterroso, Lizalde me recibió con los brazos abiertos. Además, había tenido yo la suerte de tomar clases en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM con sus amigos, Joaquín Sánchez McGregor y Ernesto Mejía Sánchez. 

Ocasionalmente conversamos sobre el cuadrivio de la imaginación, donde los vasos comunicantes entre la poesía y la ciencia se forman, desaparecen y vuelven a surgir. Él estuvo de acuerdo, asintiendo de manera enfática con su seductora voz de barítono (pudo haber sido cantante profesional): el ejercicio poético es un horizonte que se aspira alcanzar mediante la palabra en acción. Tampoco es necesario hablar de números pi, ni de matraces o saltos cuánticos, escarceos poéticos banales. Tampoco de proclamas ni de gestas revolucionarias.  

Podía tratarse, digamos, de ópera (Lizalde era un apasionado), evento que nos remitía sin prisas al gran teatro de la mente, donde diversos personajes dentro de nuestras cabezas se disputan la voz cantante a lo largo de semejante caminata cerebral. Entonces se abría la posibilidad de enriquecer con alguna reflexión, cierto hallazgo valioso, algo crucial de, en este caso, las neurociencias, y el cuadrivio quedaba completo. Lizalde me animó a escribir ensayos sobre la imaginación científica y sus cruces con la ficción y el arte, ya fuera poesía o narrativa, arte figurativo o abstracto, situacionista o burgués.  

En este tenor, el de la relación profunda, franca, original entre literatura y ciencia, Libros del Asteroide (Barcelona, 2022) tiene la gentileza de hacerme llegar una novedad excepcional. Finalista del primer concurso de no ficción, convocado por dicha casa catalana, Fieras familiares, del mexicano Andrés Cota Hiriart, es ejemplar porque mezcla de manera sutil experiencias personales como biólogo de campo, lecturas atinadas y suposiciones de altos vuelos literario-filosóficos, en un discurrir brillante, es decir, aquel que arroja luces sin distraernos con fuegos de artificio, provoca nuestra inteligencia, juega con la ironía, antídoto del tedio.  

Cota también sabe manejar su propio cuadrivio, al conjugar con voz propia ideas tecnológicas, expresiones artísticas, discursos literarios, conceptos científicos. Un tetraedro acerca de un viaje disfrutable, inquietante, por la evolución, la conservación, la extinción de las especies y nuestro (quizá) acto final. Como jurado del Sistema Nacional de Creadores de Arte, de la Secretaría de Cultura del gobierno federal, no tuve la menor duda en apoyar el talento de este joven escritor y su proyecto monumental, parte del cual cristaliza hoy en una espléndida edición. Albricias. 

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