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lunes, febrero 6, 2023
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Irrealidad aumentada

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Carlos Franz*

Carlos Franz es un notable escritor chileno, autor de diversas obras literarias, entre ellas Almuerzo de vampiros, Alejandra Magna, El desierto, Amores de verano, El lugar donde estuvo el paraíso, Si te vieras con mis ojos, esta última ganadora de la II Bienal de Novela Mario Vargas Llosa de 2016. Se trata de un texto sublime de aventuras y amor, entre la ficción y la historia, acerca de la relación a mediados del siglo XIX entre el pintor naturalista alemán, Johann Moritz Rugendas; una mujer singular, especie de Madame Bovary, Carmen Lisperguer; y el célebre Charles Darwin. Tanto el artista como el científico quedan prendados de ella. Años después de esa rivalidad apasionada, cuyo escenario es la naturaleza salvaje que se eleva por los Andes chilenos, ella escribe sus memorias acerca de la lucha de ambos varones por sus favores sentimentales y la amistad que surge de ello. Franz fue agregado cultural de la Embajada de Chile en Madrid, España, entre 2007 y 2010. Actualmente radica en dicha ciudad.

Un viento de acero delgado y cortante barre Madrid. En el callejón oscuro, a un costado del viejo Cine Doré, las pequeñas ventanas redondas de la boletería brillan como ojos de gato. La vendedora me informa que está por empezar la siguiente película: Los niños del paraíso. Pero me advierte: “Es una peli en blanco y negro que dura tres horas”.

“¡Magnífico!”, le respondo yo, frotándome las manos frías. Nada mejor que refugiarse en la tibieza de un cine para escapar de esta noche que hiela las orejas. Además, siempre quise ver esta película sobre teatro y actores, en la que incluso el público es protagonista.

La gran sala del Doré, que data de 1912, está llena de gente. Se apagan las luces. Dos cortinas que escoltan la pantalla se corren un poco para enmarcar el cuadrado de la proyección. Los títulos de la película pasan sobre el telón de un teatro que pronto se alza.

En la pantalla se desarrolla un drama que, de repente, se interrumpe. El protagonista rechaza su papel y salta desde el escenario hasta un palco. Como este cine también tiene escenario y palcos, ese salto marea. Los límites entre aquella escena en blanco y negro y esta sala oscurecida se diluyen. Es como si el actor hubiera salido de la película y nos hablara desde un balcón aquí adentro.

Nos dice que está aburrido de tener éxito en piezas melodramáticas como esa que representaba. Demuestra su hartazgo sobreactuando; ironiza, subrayando la falsedad del texto que debía recitar. En el filme el público se parte de la risa. En el cine madrileño nosotros, este segundo público, también reímos.

Encantamiento doble: la obra teatral desborda su escenario y asimismo la película rebasa sus límites e invade esta sala. El actor ha atravesado dos veces esa “cuarta pared” que separa el escenario de la audiencia. Duplicada, la ficción aumenta su poder. Esa irrealidad aumentada es preciosa en esta época enamorada de los filmes “basados en hechos reales” y devota de las “novelas sin ficción”.

Los niños del paraíso es una obra construida “en abismo”: asomándonos a ella vemos otras obras hundidas y algunas que emergen y nos envuelven. También podemos sentir que el tiempo se desfonda. Este filme se rodó entre 1943 y 1945 en la Francia medio ocupada por los nazis. Su trama revive el mundo del teatro parisino en 1840. Mi madre, que era actriz, me habló mucho de esa película que vio de joven, hacia 1950. Ahora, en 2022, yo veo ese mismo filme en este viejo cine. Y casi oigo a mi madre sentada a mi lado comentándome los recursos teatrales. La “soledad en público” de los actores. Sus apariencias plegadas y desdobladas: astucias que ahuecan la realidad y la infiltran de ilusiones.

Afuera, el tiempo es un abismo en el que sopla un viento de acero. Pero aquí dentro del Cine Doré hay calor y lo irreal sucede. Y lo imposible fue, y no cesa.

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