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domingo, enero 29, 2023
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Emilie de Breteuil: Amar y conocer van de la mano

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Carlos Chimal*

Un afiche anuncia las jornadas de Rousseau en la casa de Voltaire (¡quién lo hubiera pensado!), localizada dentro de Ferney, pueblo francés que hace frontera con Ginebra y sitio donde se afincó el filósofo francés huyendo de la policía del Rey, luego de su disputa con el mismo Jean Jacques Rousseau acerca de la educación, el papel de la divinidad, los aires de igualdad y libertad, sin duda, sobre hacer teatro.

Mientras camino por la casona–museo del locuaz dramaturgo vienen a mi memoria las reflexiones de Miguel de Unamuno acerca de ambos rivales, Rousseau y Voltaire. El filósofo dueño de esta casona no sale bien parado, aunque Unamuno reconoce que el conservador emboscado, activista de la razón, mundano y diletante Voltaire, es también ingenioso, ameno, transparente, incluso divertido.

Un clima humano se respira aquí, no lejos de la Ciudad Escéptica, el CERN, sede del acelerador de partículas LHC. Me hace recordar la manera como Unamuno se presentaba a sí mismo, convencido del valor de la intrahistoria: más como un “sentidor” que como un pensador. De esa manera he buscado abordar la crónica de la escalera del universo, que va desde las ínfimas partículas subatómicas que se persiguen en CERN hasta la vastedad del cosmos que se vigila en los observatorios astronómicos.

He tratado de honrar la manera como Rubén Darío se refería a Unamuno: un “removedor de ideas”, un poeta, “si poeta es aso – marse a las puertas del misterio y volver de él, con una vislumbre de lo desconocido en los ojos”. Aquí se venera la ciencia y se combate el cientificismo, actitud advertida por Unamuno en su momento: “No como yo quiero, Realidad, si no como tú quieres”.

Emilie vivía frente a los jardines de las Tullerías, en París, en un palacio con treinta habitaciones y diecisiete criados. Siendo la mayor, su padre decía, nervioso, mi hija
mayor alardea de su inteligencia, con lo que espanta a sus pretendientes… no sabemos qué hacer con ella. Finalmente la niña encontró una manera creativa de realizarse y
realizar los sueños de otros, entre ellos, los de Voltaire.

François-Marie Arouet, conocido como Voltaire, se convirtió en benefactor de esta localidad, Ferney, desde 1758 y hasta nuestros días. Estudió en el colegio Louis-le-Grand de París entre 1704 y 1711. El abate de Châteauneuf, quien era su padrino, lo introdujo en la sociedad libertina del Temple. Hacia 1713 fungió en La Haya como secretario de la embajada francesa, pero un idilio con la hija de un refugiado hugonote lo obligó a regresar a París. Inició la tragedia Edipo en 1718 y, fiel a su temperamento, escribió unos versos políticamente incorrectos dirigidos contra el regente, por los cuales fue encarcelado en la Bastilla, en 1717. Una vez libre, lo desterraron en Châtenay. Allí adoptó el seudónimo de Voltaire, anagrama de Árouet le Jeune y del lugar de origen de su padre, Airvault.

Durante 1726 tuvo un altercado con el caballero Guy Auguste De Rohan Chabot, de quien se había mofado en público por sus aspavientos esnobs durante una representación de la Comedia Francesa. Un día De Rohan fue a buscarlo; sus lacayos le dieron una buena paliza, se defendió y terminó de nuevo en la cárcel de la Bastilla. Al cabo de cinco meses lo desterraron en las islas británicas (1726-1729).

La corte de Londres, así como los medios literarios y comerciales de aquella nación, le dieron la más cordial bienvenida. Voltaire asistió a las exequias de Isaac Newton. Impresionado por el suceso y por la hazaña intelectual del filósofo natural de Cambridge, cuando regresó a Francia ya se había vuelto ardiente partidario de la mecánica newtoniana.

Publicó Henriade (1728) y obtuvo un gran éxito teatral con Bruto (1730); en la Historia de Carlos XII (1731) tejió una dura crítica de la guerra y la sátira El templo del gusto (1733) le atrajo la animadversión de los ambientes literarios parisienses. Pero su obra más escandalosa fueron las Cartas filosóficas o Cartas inglesas (1734), en las que convierte un brillante reportaje sobre Gran Bretaña en una severa alusión al régimen francés. Se le dictó orden de arresto, pero logró escapar, refugiándose en Cirey, al noreste de Francia, donde Emilie de Breteuil, marquesa de Châtelet, le proveyó de una vida acorde con sus gustos de trabajo y trato social.

En esta Orangerie, que Voltaire convirtió en un pequeño teatro, hoy se llevan a cabo exposiciones de fotografías y conciertos. De esa manera se mantiene vivo el espíritu que animó al filósofo gracias a la influencia de Emilie.

Voltaire se enamoró de ella, “mujer atrapada en un siglo equivocado”, como dice David Bodanis en su libro E = mc2 , a quien había conocido fugazmente muy joven en la Opera de París un año antes de su huida a la Lorena. No era difícil que Voltaire sintiera una fuerte atracción por Emilie, pues además de su belleza física, destreza ecuestre y con la espada, sabía de matemáticas y física. Se dice que lograba vencer a los mejores espadachines y deslumbrar a los más brillantes intelectuales. Bodanis cuenta cómo derrotó a Jacques de Brun, jefe de la guardia personal del rey, sobre el terso tablado de la grandiosa sala de armas de Luis XV. En 1733 Voltaire escribió: “Me encontré con una joven que resultó pensar de forma muy parecida a la mía”.

En el castillo de Emilie, que ella había rescatado de las ruinas, se llevaron a cabo tertulias literario-científicas, y entre los dos, en medio de un romance intenso, se empeñaron en hacer avanzar la ciencia tanto como pudieran. Así, tradujeron del latín al francés la obra monumental de Newton, los Principia. Ella también tradujo a Aristóteles y Virgilio.

Había en Cirey una biblioteca comparable a la de la Academia de Ciencia de París; un laboratorio de frontera, importado de Londres; habitaciones para los invitados, quienes solían permanecer hasta varios meses, como Bernoulli y Koenig, y áreas para seminarios. Emilie tenía su propio laboratorio profesional y había decorado sus salones de lectura con pinturas originales de Watteau. Su talento la llevó a realizar una variante del experimento de oxidación de Lavoisier; y si las balanzas que utilizó hubieran sido más precisas, podría haber descubierto la ley de la conservación de la masa antes de que el mismo Lavoisier naciera.

En 1738 Voltaire publicó su obra de divulgación, Elementos de la filosofía de Newton, donde se encarga de difundir el mito de la manzana. Emilie era tan avezada en matemáticas que se embarcó de manera muy seria en entender la naturaleza de la energía, dejando pasmado al mismo Voltaire y a su antiguo amante, Maupertius, quien llevó a cabo un importante experimento en Laponia a fin de demostrar la hipótesis newtoniana de que la Tierra no era una esfera perfecta. Ella intuyó cuestiones clave sobre la naturaleza de la energía, desafiando lo que Newton afirmaba al respecto.

Así, la colisión de dos objetos no es simplemente el producto de la masa de cada uno por su velocidad, mv1 , sino, como proponía el matemático Gottfried Leibniz, mv2 . Por tanto, si una bola de 5 kg se mueve a 10 m/seg, su energía no será equivalente a 50 unidades o julios, sino a 5 x 102 , es decir, 500 julios. Dicho de otra manera, si dos objetos chocan, no se cancelan sus energías cinéticas, sino que se suman. Emilie creía, como Leibniz, que nada se pierde, el mundo se mueve por sí mismo. No hay compuertas por las que se escape la energía, como suponía Newton. La causalidad que solo Dios sería capaz de reponer era una quimera. Estamos solos. Dios pudo ser necesario al principio de los tiempos, pero no después.

Fachada principal de la casona que Voltaire convirtió en un vergel en memoria de Emilie.

El problema era que el argumento de Leibniz resultaba vago, no ofrecía prueba alguna. Emilie indagó junto con sus colegas, hasta que encontró lo que buscaba en los experimentos de Willem´s Gravesande. Si la fórmula E = mv1 fuera cierta, un peso que cayera dos veces más rápido que otro se hundiría dos veces más profundo; si descendiera con una velocidad triple, se hundiría tres veces más, y así sucesivamente. Pero eso no fue lo que comprobó´s Gravesande.

Al lanzar una esfera de latón con una velocidad doble, resultó que ésta se hundía a una profundidad cuádruple. Y si la velocidad era tres veces mayor, la profundidad que alcanzaba era nueve veces mayor. Emilie reunió la idea teórica de Leibniz y la evidencia experimental de´s Gravesande. Por fin existía una sólida afirmación para considerar mv2 como una definición creíble de la energía.

Como en Cirey, donde Emilie levantó un palacio dedicado a la ciencia, las artes y la naturaleza, Voltaire recibió en Ferney una propiedad hecha pedazos y dejó un edificio sólido, un vergel que hoy en día sigue dando trabajo a mucha gente. A lo largo de los años he sentido la presencia del filósofo y su homenaje a Emilie de maneras muy variadas, por ejemplo, en una obra de teatro en esta localidad, en una feria de cerámica de la región de Gex y en el mercado sobre ruedas de los sábados, o bien durante un concierto en el invernadero dentro de la casona. De alguna manera percibimos el espíritu emprendedor, el amor al trabajo y la pasión por el conocimiento de Emilie y Voltaire.

Observo uno de los cuadros de ella en una de las paredes de esta casona-museo. Puedo imaginar la fuerza del pensamiento de Emilie, su audacia para entender las fuerzas básicas de la naturaleza. Si bien ella nunca estuvo en Ferney, no es difícil pensar en el viejo Voltaire, entristecido por su muerte, acaecida en 1749. A pesar de haber tenido hijos veinte años antes, al embarazarse una vez más en edad tardía, a los 40 años de edad, Emilie murió debido a una infección una semana después del parto. Voltaire, quien estuvo junto a ella hasta el final, sufrió una gran depresión. “He perdido la mitad de mí mismo”, escribió, “el alma para la que estaba hecha la mía”. El éxito de su tragedia Zaïre (1734) movió a Voltaire a intentar rejuvenecer el género, por lo que escribió Adélaïde du Guesclin (1734), La muerte de César (1735), Alzire o los americanos (1736), Mahoma o el fanatismo (1741). Menos afortunadas son sus comedias El hijo pródigo (1736) y Nanine o el prejuicio vencido (1749). Divulgó los Elementos de la filosofía de Newton (1738) aquellos inolvidables días en que a Emilie le entusiasmó viajar con él.

Luis XV lo nombró historiógrafo real e ingresó en la Academia Francesa en 1746. Pero no logró atraerse a Mme. de Pompadour, quien protegía a Crébillon; su rivalidad con este dramaturgo lo llevó a intentar desacreditarlo, tratando los mismos temas que él: Semíramis (1748), Orestes (1750), entre otras. Ciertas composiciones, como el Poema de Fontenoy (1745), acabaron por introducirlo en la corte, para la que realizó misiones diplomáticas ante Federico II.

Emilie de Breteuil, Madame de Châtelet, una mujer atrapada en un siglo equivocado.

Su pérdida de prestigio en la corte y la muerte de Emilie lo llevaron a aceptar la invitación de este monarca ex – tranjero, quien era fanático de sus reflexiones. Durante su estancia en Potsdam (1750-1753) escribió El siglo de Luis XIV (1751) y Micromégas (1752), relato fantástico que continuó la serie de cuentos iniciada con Zadig (1748).

El gigante Micromégas, un joven habitante de la es – trella Sirio que mide ocho leguas de altura, emprende un viaje por las inmensidades del espacio, se detiene en Saturno y con un local continúa su recorrido cósmico, haciendo una escala en algo parecido a un hormiguero, poblado de átomos, que no es otra cosa que nuestra Tie – rra y sus moradores.

Lo que ve a través de improvisadas lentes de aumento es la locura de una sociedad enana donde imperan las “verdades” dogmáticas, la injusticia -con la distribución irracional de la riqueza- las guerras y la ignorancia en oposición a sus ideales éticos, que son el sentido común y el buen uso de la ciencia. A través de las aventuras de Micromégas por otros planetas Voltaire trata de demostrarnos que la razón del ser humano puede enfrentar cualquier realidad, siempre y cuando acierte en el dominio de la observación y el cálculo.

Después de una violenta ruptura con Federico II, Vol – taire se instaló cerca de Ginebra, en la propiedad de “Les Délices”. Era 1755. No tardó en chocar con la rígida mentalidad calvinista. Dado que tampoco era del agrado de Luis XVIII, Voltaire prefería dormir en una zona fronteriza, como era su costumbre desde los días de Cirey.

En poco tiempo la propiedad era productiva, daba empleo y la gente protegía al gran filósofo. En esa época no había hostal en Ferney, así que en la casona de Voltaire podía uno tener una cena y pasar la noche en medio de una animada conversación sobre poesía, política y ciencias, como Emilie lo había acostumbrado en Cirey.

Las aficiones teatrales de Voltaire y el capítulo dedicado a Servet en su Ensayo sobre las costumbres (1756) escandalizaron a los ginebrinos, de manera que se diluyó la amistad con Jean Jacques Rousseau. Su irrespetuoso poema sobre Juana de Arco, La doncella (1755), y su colaboración en la Enciclopedia chocaron con el partido “devoto” de los católicos.

Frutos de su crisis de pesimismo fueron el Poema sobre el desastre de Lisboa (1756) y la novela corta Candide (1759), una de sus obras maestras. En esta propiedad de Ferney vivió durante dieciocho años, convertido en el patriarca europeo de las letras y del nuevo espíritu crítico; aquí recibió a la élite de los principales países de Europa, representó alguna de sus tragedias (Tancrède, 1760), mantuvo una copiosa correspondencia y multiplicó los escritos polémicos y subversivos, con objeto de “aplastar el infame” fanatismo clerical.

Sus grandes obras de este periodo son el Tratado de la tolerancia (1763) y el Diccionario filosófico (1764). En homenaje a la memoria de Emilie denunció con vehemencia los fallos y las injusticias de las sentencias judiciales (como fueron los casos de Calas, Sirven y La Barre, entre otros). Liberó de la gabela a sus vasallos, que pudieron dedicarse a la agricultura y la relojería. Poco antes de morir (1778) se le hizo un recibimiento triunfal en París. En 1791 sus restos fueron trasladados al Panteón.

La casona de Ferney permite consultar documentos históricos, escritos por un hombre afortunado que pudo mantenerse en el quehacer, en la reflexión productiva. Nos enseñan el carácter cientificista de alguien enamoradizo, apasionado, diligente.

Los restos de Voltaire descansan en el Panteón de París.

Paseo por el jardín, desde donde es posible admirar el Mont Blanc. Eso me orienta para saber dónde se encuentra el CERN. Emilie y Voltaire habrían encontrado fascinación al enterarse de lo que se cocina en el mundo de las partículas subatómicas.

Queda claro que Emilie fue una visionaria y realista, al hacer lo que pudo en su momento. En cuanto a Voltaire, dos obras suyas se hallan inmersas en el espíritu de los cazadores de partículas de la Ciudad Escéptica: Cándido y Micromégas. Simplemente el nombre de este último personaje extraterrestre, lo micro y lo enorme, lo infinitesimal y lo galáctico, hace eco a un rumor que se pasea por los pasillos del CERN donde se cocinan ATLAS, ALICE, CMS, LHC-b, CLOUD, TOTEM, ISOLDE.

En cuanto a Cándido, parecen claros los paralelismos con la Ciudad Escéptica, ya que tanto en el relato de Voltaire como en los proyectos de CERN no se dan las cosas por sentadas, pero en el fondo los personajes y los investigadores son optimistas. Cuando hacia el final del relato Pangloss le dice a Cándido que si no hubiera sido por todo ese periplo, no estarían ahí, éste asiente y le contesta: “Muy bien dicho, pero no dejemos de cultivar nuestro jardín”. Yo le hago caso a Cándido, quien nunca habrá de olvidar a Emilie.

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