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jueves, marzo 27, 2025

Gabriela Puente, la poeta que se convirtió la asfixia en canto

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Aldo Báez 

 

aquí están mis palabritas todas muy abandonadas no hay consuelo donde Nadie si las escucha pero no les hace caso.  

de “patadas bajo la mesa” (2008). 

 

recuerdo que la conocí a poco de mi llegada a Puebla, y podríamos decir que fue de forma espectacular; mientras yo estaba en Profética, afuera había un alboroto. La curiosidad me obligó a salir, con un cigarro en la mano (en ese tiempo sí se podía fumar como persona decente en la mesa), y advertí que se trataba de un sepelio: normal, pensé, en Puebla conservan algunas costumbres, pero no. Me extrañó ver a algunas de las mujeres que lloraban a grito abierto, y con todo y ataúd entraron al patio de la cafetería y después del ataúd salió una mujer: Gabriela Puente. 

Voy a morir aquí/ ya era hora, pudo haber dicho y lo dijo sin espasmo 

esa era ella, una mujer que se fundía con su palabra, porque la palabra de Gabriela era estridente. Muchos confunden el sentido de las palabras con la franqueza o la sinceridad, y no, en este caso, aunque parecían una y otra, en realidad en ella era no era ninguna de las dos: en el fondo sus palabras eran su propia poesía, su estridencia era parte de su malestar con los valores, tradiciones, o mejor dicho hipocresía consuetudinaria que todos vivimos, y eso destemplaba sus palabras al emerger cargadas de tristeza, profundidad e indiscutible talento;   

siempre pensé que, si otra persona leía los poemas de ella, en realidad sonarían falsos y hasta hipócritas, pues Gabriela escribía para que sus palabras emergieran prístinas entre sus labios; sólo su voz las prenunciará y su señal se elevará, y ojo, no digo que fuera una declamadora (porque además de ofenderla, no lo era) ella era una lectora de su poesía, ella era la poeta que devolvía su poder histriónico a su discurso; devolvía su naturalidad boca a la poesía. Eso era Gabriela Puente. Este cuerpo / con el que amo y quiero asesinar / es la olla express que hierve / bilis, mal de amor y ácido […] Este cuerpo se estruja muy temprano / sólo se arrodilla / frente al escusado / vómito amargo y amarillo / después destila tinta sobre el papel / y cicatriza por dentro / pero este cuerpo / qué bien, no es eterno. 

malhablada y picaresca, enamorada de sus perras (en el sentido amplio y polivalente), le gustaba repetir: los perros pasean a sus perras/en coches último modelo” o “los perros con un hueso/ tienen las mejores perras/ para salir en la foto”, y otras cosas que provocaban la risa o el espasmo, la mirada furtiva o incluso el cambio de dirección de las personas: no dudo que alguna incluso se persignara; 

la pensaría la poeta que se marcharían “con la cola entre las patas” o quizás las cavilaría como a sus amadas perras. “La perra merodea/desea mi muerte/la escucho/orina mis asuntos/me odia/la olvidé/con los trastes vacíos […] ahora ronca la perra/cada que le rugen las tripas/la comida es un sueño/mal alimentado/la perra duerme/con el hocico entre las patas/oliéndose la cosa”, aunque no es difícil que no necesariamente pensara en sus hermosas perras; 

Gaby Puente (1973-2020), no vivió poco o mucho, hizo lo suficiente, podríamos incluso extrañarla, pero ella muy propia optó por permanecer en Profética (a la sombra del ficus);  

se sabía Poeta. Escribió en realidad un sólo libro, y breve, compuesto de varios títulos, que en cierta forma expresaban  nítidamente su comprensión pesimista sobre el mundo o mejor dicho la descomponían social y con mayor precisión moral; aunque no era una intelectual (ella desconfiaba de los que se asumían de esa manera), podríamos hermanarla a la forma como Cioran comprendía al mundo, es decir, traslucía el desencanto, la ironía y el ejercicio de la escritura;  el destrazadero (cuaderno de los ya ni modo) (Straza ediciones, 2004); o Necrología (Navachiste Ediciones, 2005); papel/era (Udlap, 2006); patadas bajo la mesa (Anónimo Drama Ediciones, 2008); bitácora del mundo de los imposibles (Imacp/Buap, 2010); para casi todos (Secretaría de Cultura, 2010), no es una obra literaria en sí, sino una muestra de una lectura personal de ella; 

su lenguaje, aun desde la informalidad, contenía lecciones sobre formas y estilizaciones poéticas que, si bien no le agradaban, nadie podría decir que las desconocía, y también se percibía su cercanía al poeta Enrique de Jesús Pimentel en su aproximación a los lenguajes y miradas callejeras, con la diferencia que en su maestro la forma vencía a la expresión y en ella se provocaba cierta armonía entre ambos: 

zumzum zum atraviesan los autos se corretean zum todos con prisa zumzumzum zum ocho de la mañana zum zum la hora carrera, los tacones corren zum con los niños que también corren y lloran zum zum, los trajeados zumzum ya sudan, zum los niños a las escuelas, los trajeados a las órdenes de otros trajeados que están a las órdenes de sus esposas y de sus amantes y de sus madres que obedecen al televisor y a dios zum que está a mis órdenes zumzum que le hago caso al demonio zum. 

amiga de sus amigos, emprendió aventuras editoriales donde ella, henchida de un entusiasmo permanente, en busca de generar espacios independientes siempre pensando en la poesía libre de ataduras (pensando en ella), como lo demuestra la agraciada charla con Oscar Alarcón ─porque además Gabriela era una profesional de la charla─; además, hay que señalar que ella, a pesar de sí, formaba parte de la resurrección de los ánimos poéticos en Puebla, y aunque más joven que muchos de ellos, ella se puede pensar como una de las poetas del nuevo milenio, donde su herencia y legado algunos valoramos en demasía; 

Alma Raquel Oidor, en una lectura sobre el libro destrazadero de la poeta, afirma que “No es un libro propicio para conservadores, ya que da la espalda a la doble moral de la sociedad, sobre todo de la sociedad poblana”, y en el siguiente fragmento se evidencia con claridad la postura de la poeta:  

A mitad de la noche nada sirven los padres de nada sirven los santos los rosarios los rezos a las comuniones indulgencias primarias a mitad de la noche cuando al pecho le duelen las lágrimas y castañea los dientes a mitad de la noche cuando al piso las rodillas tocan al infierno 

además, se advierte algo que Gabriela sabía fundamental en sus poemas: el ritmo, el asfixiante ritmo, (porque como antes señalaba, la lectura de sus poemas no era fácil), resulta por eso que en el acto de leer además ella se empeñaba en poner su sentir y sentido, y sobre todo, en alcanzar y transparentar su esencia, ello sin embargo, en ocasiones nos inundaba con síntomas de ajenidad, de una comprensión más plena y eso provocaba cierto desencanto en la construcción poética. Ella era sus poemas y al final ahí se encontraban su triunfo y su fracaso, pues sus expresiones impidan concretar todo lo que ella quería era depositar a través de las palabras. Pero al final nos preguntamos, ¿no acaso ello nos acontece a todos los que aspiramos a crear un poema que capturo un momento poético? 

Habla lengua de bronce y habla lengua de ave,  

ruegos tímidos, imperativos de amar. 

No te vale ponerle gesto audaz, ceño grave: 

¡lo tendrás que hospedar! 

por último, Gabriela Puente no desconocía las complejidades que atraviesan los momentos creativos y rompiendo las formas que, tal vez, como el perro (que) ensaya la muerte/se queda tieso, /tieso, cartón con engrudo/extraña su casa y muere;/él no es nada: cartón con engrudo, /lo sabe y muere. /muerto me mira/con sus dos canicas. /el ladrido es casi mudo;/el perro juega a la muerte, /juego con él/y callo. 

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