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viernes, febrero 28, 2025

La Abuela y el Ladrillo de Cristal

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Hoy desperté con la mirada cansada. Nada que una ducha de agua fría y un poco de Elvis no puedan arreglar. La semana se sintió como un cigarro que se consume lentamente, donde cada bocanada es un instante de placer. Existen semanas así, aquellas que desearías que fueran eternas. Pero hoy, tras una de esas semanas memorables, surgió una pregunta que me revolvió el pensamiento: ¿Cómo se mantiene uno con los pies en la tierra? 

Si algo he aprendido, es que la respuesta está en las palabras de mi abuela Tita. Una mujer de carácter férreo, criada entre hombres, con pocos abrazos, pero con un amor incondicional por su familia. Siempre me decía con su tono tajante y sin rodeos: “Yo te bajo del pinche ladrillo en el que te subiste”. A veces, lo admito, esas palabras me enojaban. Me parecía injusto que ella creyera que me estaba mareando por algún logro o victoria. Pero, con el tiempo, he aprendido a agradecerle en silencio. Porque, sin darme cuenta, me ha salvado una y otra vez de perderme en la soberbia. 

La prepotencia y la soberbia son la ceguera y la locura del hombre aventurado. La primera te hace sentir intocable; la segunda te llena de una falsa grandeza. Ejemplos hay muchos: desde figuras mediáticas como “Fofo” Márquez, hasta aquellos que gritan: “¿No sabes quién soy?” en un intento desesperado por imponer su importancia. En el mundo político, donde los egos crecen como la espuma, he identificado tres tipos de personajes. 

Permítanme presentarlos como si fueran cartas de lotería: 

 

  1. El Arrogante  

Este personaje se disfraza de líder, pero en realidad es un solitario. Incapaz de construir relaciones reales, su herramienta de seducción es la arrogancia. Como si fuera un turrón dulce, intenta atraer a las abejas, pero su dulzura es efímera. De cada diez palabras que salen de su boca, tres son glorias pasadas, tres son mentiras disfrazadas y cuatro son pura autoadulación. Brillan por un momento, pero su propio ego los entierra en la soledad y la irrelevancia. 

 

2. El Pinocho  

Su moral es de cristal: impecable en apariencia, pero frágil  y falsa en su esencia. Hablan de ética, de principios inquebrantables, pero sus acciones cuentan otra historia. Son los que juran nunca pedir prestado sin pagar y, sin embargo, son los primeros en hacerlo. Viven tejiendo mentiras tan elaboradas que terminan atrapados en su propia red. En política, estos son los simuladores, los eternos bloferos. Aquellos que traicionan, pero intentan redimirse con presencia, creyendo que el tiempo compensa la falta de palabra. 

 

3. El Tigre 

Este es distinto. Este es el que deja huella. Para describirlo, compartiré dos anécdotas de un hombre que he observado de cerca. No mencionaré su nombre, pero sus acciones hablan por sí solas. 

La primera ocurrió durante las precampañas a la presidencia municipal de Puebla. Él encabezaba las encuestas, tenía el equipo adecuado y el camino parecía claro. Sin embargo, en un giro inesperado, lo bajaron de la contienda. Fue un golpe duro para todos. Yo imaginé que lucharía con uñas y dientes por su lugar, pero su reacción me sorprendió: “No era nuestro momento, querido Carlitos. Nos bajaron no por falta de capacidad, sino porque aún no era el tiempo. Es un proceso. Ahora me fortaleceré en la Cámara de Diputados y, cuando llegue el momento, regresaré con respaldo nacional”. 

Aquello me sacudió. Entendí que la madurez no está en la victoria inmediata, sino en la paciencia para esperar el momento adecuado. Si él, con toda la experiencia y las condiciones a su favor, pudo tragarse el orgullo y ver más allá, ¿quién era yo, a mis 23 años, para negarme a mi propio proceso? 

La segunda anécdota ocurrió el 2 de junio de 2024, en plena jornada electoral. Eran las 4 p.m., las casillas estaban cerrando y, según los datos preliminares, ganábamos por una ventaja aplastante. Él estaba en el búnker, revisando cada número con una concentración absoluta. En un momento, se levantó, dejó sus celulares y salió al jardín. 

Primero, se acostó en el pasto. Pensé que solo quería estirarse. Pero luego, inesperadamente, se arrodilló. No sé si ante Dios, el destino o la vida misma. No supe qué estaba pidiendo, pero entendí que, en ese instante, con el 80% de probabilidades de victoria, estaba en el único lugar donde podía estar: en la humildad. Más tarde, con el 60% de las actas contabilizadas y una ventaja de 3 a 1, todos querían anunciar la victoria. 

Pero él no sus palabras literales fueron, “Hasta que no esté el 100%, no se sube nada”, no fue al festejo con sus aliados, no celebró antes de tiempo. Se quedó sentado, observando cada cifra con paciencia y concentración. En ese momento entendí lo que significa ser un verdadero líder. Un “tigre” no da nada por hecho. No se confía. No celebra antes de tiempo y sobre todo, no pierde el piso. 

Estos tres tipos de personas se repiten en todos los ámbitos de la vida, pero especialmente en el mundo donde las victorias pueden marear más que el mejor de los vinos. Como jóvenes, es crucial observar y aprender. De lo bueno y de lo malo. De los arrogantes y los farsantes, pero también de los verdaderos líderes. Hoy, después de una semana de éxitos, recuerdo las palabras de mi abuela. “El pinche ladrillo marea”. Y tiene razón. Sin ella, quizá ya me habría mareado, perdido en mi propio ego. Pero gracias a sus palabras, sigo con los pies en la tierra porque algún día, quiero ser el Tigre. 

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