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jueves, junio 30, 2022
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Agonía

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El Día del Niño circuló en redes sociales un meme que asociaba la infancia de Morena con el PRI. De la risa, se pasa a la especulación, sobre todo cuando los morenistas postulan un ADN original, auténtico, que quisieran aparecer proveniente solo de algunas experiencias de la izquierda.  Pero la tradición no los compromete. Habría que reconocerles una izquierda diferente y que su origen pasa por el PRI, la bisagra política, que para algunos es igualmente vergonzosa como ineludible en este país. 

La realidad es necia y perversa. Analistas serios insisten en señalar que esa identidad, conexión o contubernio, existe y opera en estos días. 

La migración de muchos priistas a Morena así lo hace aparecer. Los priistas se encontraron entre la escasez o nulidad de opciones para intervenir en política y la ambición por subirse al “tren de la revolución, aunque sea agarrados de una mano en el cabús”, como dijera Olivares Santana: solo que ahora ya no es el mismo, hoy es el de la transformación. 

El fracaso y la avaricia no son en política extremos cómodos. Invitan a moverse, a refugiarse en la deslealtad y en el interés. La Institución o el partido tampoco son para toda la vida. 

No es que PRI esté traspasando a Morena militancia, votos y electores, además de los puestos públicos que todos conocemos. Sus miembros huyen de su incapacidad para ofrecerles algo.  El PRI está tan mal que ni alcanza siquiera a valorar el costo político de este fenómeno, para el PRI y también para el país. 

También, visto del lado de Morena, pareciera una estrategia deliberada para vengarse de antiguos y enormes maltratos. Desean cancelar al priismo, aunque para ello tengan que adoptarlo, absorberlo, disfrazarlo y olvidar viejos vicios, corrupciones, impunidades, que desgraciadamente ni se olvidan ni se perdonan con el solo cambio de partido. 

La crisis del PRI viene de muchos años. De hecho, desde el siglo pasado Jesús Reyes Heroles diseñó el tránsito a una nueva pluralidad partidista en la representación popular para alargar la hegemonía priista. Pero esa estrategia de convivencia y corresponsabilidad sucumbió en franca cohabitación, porque cada elección tenía que dar más para mantenerse en un liderazgo cada día, sostenido a elevados costos políticos, hasta que entregó la misma Presidencia de la República, las diferentes mayorías parlamentarias, casi todos los gobiernos estatales y muchos ayuntamientos donde era el rey. 

Ahora, el PRI ya perdió su primer registro y solo le quedan menos ayuntamientos y dos gobiernos estatales que, todas las apuestas y quinielas del debate político nacional afirman, perderá el año próximo. 

Sus procedimientos internos que no han sido ni los más pertinentes ni transparentes. La corrupción y la impunidad que ha prohijado, directa o indirectamente, junto con su actual debilidad estructural para operar una vida orgánica eficiente, ya han cobrado factura en sus posibilidades de permanencia en el poder público nacional. 

La ideología priista y sus programas de acción han ido perdiendo vigencia y significado, a grado tal que ni la palabra revolución es pronunciada en estos días. Han sido sus errores y abusos en el ejercicio del poder, los que han puesto, ahora sí, al borde de su retiro definitivo. 

Muchos de esos desaciertos van integrados en las maletas de los priistas que arriban a Morena. Así que, el PRI disminuye y Morena crece, entre ambos partidos, se confirma un nexo real, un fatalismo imparable. 

Los últimos resultados electorales abren ahora un cisma interno. El PRI agoniza y sus dirigentes tienen “otros datos”. La poca energía, tendrán que gastarla en aclarar o achacar los errores electorales, en algunos grupos y liderazgos. La quinta columna, producto de sus “traiciones a la patria”, como indebidamente le calificaron los morenistas, por aquel fracaso en la Cámara de Diputados federal, está actuando peligrosamente. 

Entre los embates externos, mezcla de arreglos y abandonos y los problemas internos, el PRI transita en la agonía. Es una lástima, porque en un sistema político democrático, siempre hará falta esa bisagra que abre hacia la derecha o hacia la izquierda, que legitima y en el caso de este partido, asegura su permanencia. 

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