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miércoles, abril 2, 2025

El tren bala de Gaby Bonilla (una carta abierta)

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Querida Gaby:  

Hace exactamente seis meses me uní al gran equipo que conformaste en el DIF estatal.  

Mi llegada fue bastante fortuita: durante el tratamiento contra el cáncer recibí varios mensajes de apoyo de tu parte. Debo confesar que, en esos días oscuros (haciendo un corte de caja) me di cuenta de muchas cosas, y una de esas cosas fue confirmar que tu lema institucional no era una frase hecha, sino una realidad: Gaby Bonilla es una mujer de una pieza que se mueve con el corazón.  

Conectada a un suero de platino o recostada en la plancha en la que entraba y salía de la terapia de radiación, llegaban a mí varias imágenes, sobre todo aquellas que me hacían reconciliarme con la vida para aferrarme a ella… y tus palabras de ánimo aparecían entre el rayo y la punción.  

Una vez fuera de peligro, a mi regreso a Puebla, volví a encontrarte en mis chats de Whatsapp.  

Teniendo en cuenta que la maratónica labor de rescatar las casas de asistencia del DIF era una tarea que te quitaba casi todo el tiempo, el detenerte a preguntar por la salud de una persona a quien no habías frecuentado mucho, fue un gesto que jamás olvidaré.  

Los días pasan rápido en Villa Tumor, ¿sabes? Pronto estuve lista para retomar la vida en donde la dejé: había que seguir sin miedo tomando fotos y escribiendo textos, sin embargo, quien ha pasado por una situación así sabe perfectamente que el retorno a la salud y a restituir la confianza en un cuerpo maltratado por los químicos y por el propio cáncer, es una tarea compleja, ya que para quienes creemos en la ciencia, la medicina es un asidero, una tabla de salvación en la que vamos trepados (temblorosos) cabalgando la ola, y a la hora que el médico te dice: “el show ha terminado”, aparece una especie de resistencia a caminar solos.  

La vuelta era mi mayor temor, hasta que recibí una señal por parte del hombre que estaba dirigiendo los destinos de nuestro Estado: el gobernador, tu esposo, tendió ese otro puente –que no es de una estructura visible, sino abstracta–, y sin saberlo, me regaló el vehículo ideal para restablecer mis fuerzas: me invitó a subir al tren bala de Gaby Bonilla.  

Fueron seis meses de intenso trabajo en los que te vi hacer un verdadero cambio por las personas más vulnerables. La labor que hiciste con todos los niños de las Casas de Asistencia quedará como referente no sólo de un compromiso de gobierno cumplido, sino como una lección de ética, amor y resiliencia.  

La primera vez que estuve en tu oficina fue justo unas semanas después de que el gobernador llegará a su cargo; recuerdo que durante las fotos que hicimos para la portada de la revista, me comentabas que estabas nerviosa porque no estabas acostumbrada al asedio de las cámaras y a enfrentar la presencia invasiva de un micrófono.  

Eso fue a principios de 2023, y creo que todos fuimos testigos de ese desarrollo acelerado que tuviste en la tribuna pública; un crecimiento orgánico y sin poses: Gaby Bonilla se convirtió en una figura principal en la gestión de Sergio Salomón, no por ser su esposa, más bien por ser una mujer eficiente, ejecutiva, empática y disciplinada que ejerció el poder de su puesto honorario para dejar un legado propio.  

Un año después de esas fotos que hicimos en tu oficina del centro, yo llegué desde un ataque nuclear para acompañarte en tus labores con mi cámara y mi pluma (esos dos artefactos invasivos), y más que un trabajo, esa temporada se convirtió en vi verdadera rehabilitación, no solamente física, sino del pensamiento y del alma.  

No hubo un día que te acompañara que no regresara a casa conmovida al ver las sonrisas transparentes de esos niños que tanto has protegido; los pequeños que al verte extienden los brazos como alas… como solamente un niño entrega su confianza a alguien que no lo defrauda.  

Gracias, Gaby, porque –sin proponértelo– más bien por una especie de contagio, también removiste en mí, fibras que creí tener atrofiadas.  

Te llevo siempre en mi cámara, en mi cuaderno, y en el corazón. 

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