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lunes, mayo 27, 2024

El alquimista poeta

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Roald Hoffman 

 

Comienzo con una visión unificada del trabajo creativo en la ciencia, el arte y las humanidades. El terreno que comparten está claro: actos de creación, logrados con habilidad, con atención al detalle. Tanto la ciencia como el arte aprecian la economía del lenguaje. En ambos casos existe el deseo de comunicar, aunque frecuentemente se ve oscurecido por la jerga y el ritual diluido del texto científico, en ciencia, o por un estilo demasiado personal y falto de consideración para con el público, en arte. 

El acto creativo significa un cruce cultural, así lo creo, y altruista por antonomasia. La ciencia y una parte del arte tienen un común denominador estético, en el que caben, por ejemplo, lo simple y lo complejo. Un templo griego clásico es hermoso, al igual que una molécula con forma de dodecaedro. Pero también es bella una iglesia rococó de Baviera por su riqueza arquitectónica, como lo es la perfección enmarañada (en apariencia) funcional de la ribonucleasa. 

Finalmente, el terreno común lo constituye un esfuerzo compartido y complementario para entender el mundo dentro y alrededor de nosotros. 

¿Tengo que enumerar la división de fuerzas que neutraliza esa unidad? Charles P. Snow señaló muchas. Yo agregaría la tolerancia filosófica de mi científico de paja, que considera el reduccionismo como única manera de entender un mundo que, a todas luces, admite soluciones alternativas para todo, excepto para lo que sucede en sus horas de trabajo. También añadiría la falsa atribución de simplicidad en las humanidades de quien dice: “Si cualquier novato puede discutir sobre el libre albedrío, no puede haber mucha sustancia en la filosofía: ¡es solo cháchara!”. Asimismo, debo mencionar el fracaso en aplicar fuera de dicha unidad normas estéticas que uno establece dentro de la propia ciencia. 

Si somos justos, podemos afirmar que el artista es igualmente culpable por su escasa disposición para esforzarse en el aprendizaje del idioma necesario que permite progresar en ciencia; han fracasado en reconocer que esa ciencia es a menudo simple sentido común hecho matemáticas. 

Tal vez la unidad y la división, el a veces tenso, a veces complementario, a veces confluyente diálogo entre arte y ciencia, es por sí mismo un elemento estético. En cuanto a mí, no tengo ningún problema en hacer ciencia y poesía, o mejor dicho, en intentar hacer ambas cosas. Las dos surgen de un esfuerzo por entender el universo alrededor de nosotros, de mi propio amor personal por enseñar (=comunicar) lo que yo he aprendido, y de un entusiasmo por el idioma (el inglés, más otros idiomas que los accidentes geopolíticos hicieron entrar en mi cabeza).  

Amo las palabras, sus definiciones y orígenes, las relaciones entre ellas, el poder que ellas tienen sobre nosotros, su habilidad obvia de comunicar significado a pesar de una circularidad inherente en sus definiciones. Me parece obvio usar las palabras de la mejor manera para enseñarme a mí mismo y a mis compañeros acerca del mundo.  

Hay quien llama a esto investigar. O para enseñar a otros, a un público cada vez más amplio; hay quien lo llama enseñar. Las palabras son importantes en la ciencia, por mucho que nos empeñemos en negar su importancia, ya que son justo una representación de alguna realidad material. Yo escribo poesía para entender el mundo a mi alrededor, para comprender mis reacciones frente a él. Algunos de mis poemas pueden referirse a la ciencia, otros no. 

Aun así hay varias razones por las cuales podría fomentarse la poesía que tiene que ver con la ciencia: 

  1. En la época de la Revolución Industrial, quizás como reacción a ella, tal vez por otras razones, la ciencia y su lenguaje abandonaron la poesía. La Naturaleza y lo personal se convirtieron en el principal terreno de juego del poeta. Una lástima tanto para los científicos como para los poetas, y mucho campo abierto.
  2. ¿Si uno puede escribir poesía sobre el hecho de ser un leñador, ¿por qué no sobre el hecho de ser un científico? Es una experiencia, un estilo de vida, es emocionante.
  3. El idioma de la ciencia es un idioma bajo tensión. Se crean las palabras para describir cosas que parecen indescriptibles en palabras (ecuaciones, estructuras químicas, etc.). Las palabras no logran, no pueden representar todo lo que ellas significan. Aun así, las palabras son todo lo que tenemos. Incluso bajo tensión, siendo un idioma natural, el idioma de la ciencia es inherentemente poético. Existen infinidad de metáforas en ese mundo de la ciencia. Emociones en forma de estados de la materia, y, más interesante aún, materia que representa lo que sucede en el alma.
  4. Hay algo que claramente no es cierto, eso de que los científicos tienen una visión más profunda que la de los poetas en lo que se refiere al funcionamiento de las partes importantes del universo. Curiosamente, creo que muchos humanistas sienten en su fuero interno que les impedimos ingresar a ese tipo de conocimiento. Tal vez estén en lo cierto, ¡pero lo hacemos en porciones tan cuidadosamente circunscritas del universo! Lo poético se planea alrededor de lo tangible, en la oscuridad profunda, a través de un mundo que desvelamos y creamos.

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