El Super Bowl LX reunirá a los Seattle Seahawks y a los New England Patriots, reviviendo la final que disputaron hace más de una década, en la que los segundos se impusieron en un dramático cierre que dejó a Seattle marcada por la derrota.
El 1 de febrero de 2015, en Phoenix, los Patriots remontaron para ganar 28-24, con Tom Brady liderando el último cuarto. Los Seahawks, a una yarda del touchdown final, confiaron en un pase ensayado a Ricardo Lockette, pero Malcolm Butler, novato de Nueva Inglaterra, interceptó el balón, sellando la victoria de los Patriots y creando una cicatriz imborrable en la franquicia de Seattle.
Décadas después, aquella decisión estratégica de no correr desde la yarda uno sigue siendo recordada por jugadores, entrenadores y aficionados. La derrota pasó a ser un clásico del fútbol americano, mientras los Patriots consolidaban su dinastía con dos títulos más en LI y LIII.
Ahora, Seattle regresa al gran escenario con Sam Darnold al mando y tras una temporada casi perfecta, mientras los Patriots confían en Drake Maye, joven quarterback que busca seguir los pasos de Brady.
Con un balance de 14-3, los Seahawks se coronaron primeros en la Conferencia Nacional. Su ofensiva y defensiva han sido destacadas, con Darnold superando las 4.000 yardas aéreas y 25 touchdowns. La defensa, apodada “Dark Side”, mantiene al rival en un promedio de 17 puntos por partido, heredera del legendario “Legion of Boom” que dio a Seattle su único Super Bowl en 2013.
Para los Seahawks, la final en Santa Clara representa más que un título: es la oportunidad de redimirse y cerrar una herida que ha permanecido abierta desde aquel 2015.

