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lunes, enero 10, 2022
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Crónica de un taxista retirado que vende ropa usada en San Felipe Hueyotlipan

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PARTE I

Nunca se perdía en el Distrito Federal, era el mejor jardinero izquierdo en cada cancha de béisbol que pisó y fue el carismático líder del grupo de taxis autorizados de la CAPU en los años noventa. Se ha librado de morir más de una vez. Hoy tiene 75 años y pasa los días sentado afuera de su casa, esquivando el sol gracias a una sombrilla de Helados Holanda que sostiene con un mecate, mientras atiende su humilde puesto de ropa usada, a solo tres cuadras de la plaza central de San Felipe Hueyotlipan.

“Buenas, don Pepe”, le saludan los que pasan afuera del número 404 de la vía Francisco Javier Mina, una calle corta de casas bajas en la que casi no se ven autos. Sus amables respuestas salen con la fluidez de quien las dice a diario, “¡güerita!, buenas tardes”, “¡amigo!, ¿cómo estás?”. La sonrisa de don Pepe cautiva, hasta con el cubrebocas puesto. Es respetado y querido, lo asumo al momento de conocerlo. Me presento, no le importa mi nombre ni a qué me dedico.

Soy poblano y apenas conozco San Felipe, sé que es la junta auxiliar que está detrás de la CAPU. Es la primera vez que me asomo con atención por sus calles, polvosas y tranquilas; estoy aquí porque una amiga me habló de él cuando le expresé mi interés en el patrimonio oral y cultural de Puebla.

Pido a don Pepe que me hable de su vida, “mi joven, se va a cansar porque hablo mucho y tengo buena memoria, voy por una silla para usted”. Cojeando, se abre espacio para entrar en su casa, una humilde construcción de piso de cemento y techo de fibra de vidrio; su baja estatura le permite esquivar con habilidad trapos y objetos que cuelgan del interior, después saca una silla roja de Coca-Cola que pone al lado de la suya en la banqueta, me siento.

Nos escoltan viejas prendas de vestir que lucen en la fachada gris: minifaldas, vestidos, camisas deslavadas, zapatos de colegial con el logo del gobierno, zapatillas de mujer. “La mercancía me la traen amigos. A unos les doy algo, otros prefieren regalármela. Así saco para mis gastos”. Un rato después, aparecen unas niñas, preguntan por dos minifaldas y las llevan a veinte pesos, “esto nos hace vivir, mi joven, tengo mis clientes”.

Se llama José Miguel Soriano Pérez, “en San Felipe todos nos apellidamos Soriano”, bromea. Muchos de ellos se instalaron allí por la cercanía con las fábricas textiles El Refugio, La Angélica, La Constancia y Patriotismo, estandartes del corredor industrial textil de la Puebla de las primeras décadas del siglo XX.

“Cuando acabé la primaria, mi hermano quiso que trabajara en los textiles, pero no me gustó. Luego me metí a clases de peluquería, tampoco me gustó. Me fui a México y estuve como cargador antes de hacerme chofer y de tener mi taxi”, cuenta orgulloso don Pepe. Allí se volvió un hábil conductor de autos que libraba el caos de la capital. Cuando no estaba en el coche jugaba beisbol, deporte al que podría haberse dedicado de forma profesional si no fuera por culpa de un promotor cubano.

“Jugué desde niño, pero ya en el DF entré en uno de los equipos amateurs más importantes: el México–Nipón. Varios compañeros de ahí dieron el salto a la Liga Mexicana de Beisbol, pero a mí no me quisieron llevar, me vieron feo. No me acuerdo cómo se llamaba ese cubano… Sam, creo, promovía a todos. Me dijo ‘no te llevo por pueblerino’. No sé qué traía contra los poblanos, algo le habría pasado aquí”, ríe.

De sus días beisboleros recuerda broncas, borracheras en la cancha y problemas con algún ampáyer; pero nada tan agitado como las mentadas, los choques y el ajetreo de ser un taxista capitalino, hacer horas en el tráfico y trasladar cientos de pasajeros diarios. Me cuenta que llevó a famosos como el Loco Valdés o Sonia López, la de la Sonora Santanera, “al Chabelo lo escuché hablar con su voz real, yo me partía de la risa, el Loco hacía bromas conmigo, bien chispa”, reímos los dos.

Estuvo veinte años en el entonces DF, hasta que en septiembre de 1985 decidió volver a San Felipe. Su regreso le libró del terremoto que devastó la capital y partió en dos el edificio donde vivía con su esposa e hijos. Don Pepe tiene varias vidas, esa fue la primera.

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