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domingo, febrero 8, 2026

Ni Venganza Ni Perdón

Ni Venganza Ni Perdón

Publicado originalmente por Julio Scherer Ibarra y Jorge Fernández Menéndez en Reforma. Compartimos este reportaje por su relevancia e interés periodístico:

Con autorización de Grupo Planeta, publicamos un fragmento del libro Ni Venganza Ni Perdón. Una amistad al filo del poder, en la que Julio Scherer Ibarra conversa con el periodista Jorge Fernández Menéndez. La obra llega a librerías el 11 de febrero.

Los golpes, las respuestas

Dice Jorge Luis Borges que él no habla «de venganzas ni perdones, el olvido es la única venganza y el único perdón». Pero Milan Kundera, que ve las cosas desde la óptica de un perseguido por una dictadura, dice que «la historia es la lucha de la memoria contra el olvido». A su salida del Gobierno, Scherer fue objeto de una campaña de venganzas personales y políticas basadas simplemente en la necesidad de ajustar cuentas con un hombre que había tenido mucho poder. «Te van a querer lastimar», le dijo López Obrador a Scherer en su despedida. Lo hicieron. Pero la idea es recuperar la memoria, refutar los frutos de la venganza, recordar que el verdadero modo de vengarse de un enemigo es no parecérsele.

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¿Qué pasa después de tu renuncia? Renuncias, el primero de septiembre de 2021. Y a partir de que renuncias, como te había advertido el presidente López Obrador, te comienzan a golpear.
Saliendo del Gobierno, pasadas algunas semanas decidimos mi mujer y yo irnos de viaje a Roma. Estuvimos en Italia para darnos un espacio recreativo, para empezar a hacer otras cosas. Estando por allá, me llamó el fiscal Gertz para decirme que tenía que hablar conmigo. Yo, pensando en que tenía que darle su lugar a mi mujer, decidí llamarle hasta una vez llegado a México. Le llamé y me ofreció un espacio en su agenda para que platicáramos. En la reunión me dijo que yo había inventado una serie de notas en contra suya que parecían más bien una campaña. Le respondí que eso era imposible. ¿Qué interés tendría yo en molestarlo si de alguna forma yo le ayudé a que llegara a la Fiscalía? Eran notas en relación con su familia. Me dijo que yo había manipulado esa información, que me había puesto de acuerdo con una serie de medios para que lo golpearan, empezando por Proceso.

Le propuse al fiscal que hiciéramos una reunión con el director de Proceso, Jorge Carrasco, para que comprobara que yo no intervenía en los contenidos de la revista. Muy a regañadientes estuvo de acuerdo en que nos juntáramos con Jorge Carrasco. Estando los tres, le dije a Jorge que le explicara al doctor Gertz de qué forma intervenía yo en la operación de la revista. Le confirmó a Gertz que yo no intervenía en Proceso. Le explicó que había dejado el Consejo de Administración a la entrada del presidente López Obrador: «Julio no ha regresado al Consejo, nos vemos una vez cada dos, tres meses, simplemente para tomar un café y punto. Y no tiene nada que ver con la operación».

El doctor Gertz le dijo estar muy sentido porque Proceso había publicado alguna nota sobre el asunto de su cuñada y la hija de su cuñada, y que le llamaba la atención a Carrasco porque en alguna ocasión había escrito sobre el asunto del hermano de Gertz en términos muy favorables. Que por eso le sorprendía el cambio que había tenido Proceso.

Jorge Carrasco le dijo, enfrente mío, que no era que hubiera tenido un cambio de opinión acerca de los sucesos, sino que en aquel entonces Proceso no había podido contactar a la contraparte y que lo único que había hecho es relatar la historia que el doctor Gertz había platicado y que lo habían hecho bien. Que, habiendo contado con más información, Proceso había empezado a publicar esta información que al doctor Gertz le molestaba, aunque Proceso siempre le pidió a su jefe de prensa que le concediera una entrevista para hablar sobre el tema y la oficina de prensa del fiscal les contestó que no era posible.

Entonces Gertz le espetó a Carrasco que estaba muy molesto porque yo había organizado una campaña, que yo había tenido intervención.

Carrasco respondió que no sabía de eso, que no lo creía. Y entonces Gertz me dijo a mí: «Mire, Julio, usted tenía una opción: podía optar por tener fiscal amigo o tener fiscal enemigo, y usted optó». Y yo le dije: «Doctor, si es así, no tengo nada que hacer en su oficina, ya me voy». Jorge Carrasco salió conmigo. Nos fuimos. Así empezó aquello que López Obrador me advirtiera: «Vas a tener muchas personas que te quieran lastimar». Gertz inició la andanada.

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Estando en el Gobierno, por Miguel Alemán Magnani, me enteré de que la secretaria de Gobernación le había entregado al presidente de la República una lista de casos y despachos con los que yo tenía relación y que estaba llevando asuntos de manera personal, particular, al margen de lo que se hacía en el Gobierno para obtener cuantiosas sumas de dinero.

Pero, tú habías dejado esos despachos al asumir el Gobierno.
Incluso en mi declaración patrimonial de entrada y en mi currículum declaré que había trabajado con esos despachos. Yo le dije al presidente, llevándole el documento, que sería muy bueno que lo platicáramos, incluso con Olga Sánchez Cordero. Y el presidente me dijo que no lo tomara en cuenta: «Son chismes». Le contesté: «Presidente, los chismes son para aclararlos, y yo creo que vale mucho la pena aclararlos». El presidente se negó, sostuvo que el asunto no era digno de tomarse en cuenta.
«Déjalo», me pidió. Pero esa misma lista se convirtió de repente en temas torcidos.

Empezamos por el asunto de Juan Collado, un abogado que en su momento fue relevante, toda vez que tenía clientes muy importantes, en un principio Carlos Salinas de Gortari, en otro, Enrique Peña. Juan Collado cometió un fraude en el estado de Querétaro y fue acusado por la Fiscalía. Se le giraron a Juan Collado órdenes de aprehensión y estuvo en la cárcel por un tiempo.

Pero cuando empezaba el asunto, en un momento dado, el presidente me llamó, porque se decía que Juan Collado había depositado 100 millones de dólares en un paraíso fiscal en Andorra. El presidente me llamó y me dijo que había ido a verlo la secretaria de Gobernación, Sánchez Cordero, para transmitirle que el abogado Collado, a través de su hermano, le hacía una oferta para lo que entonces era la rifa del avión presidencial: que estaba dispuesto a comprar el 25% de los boletos, que era el 25% del valor del dinero en Andorra, en boletos para la rifa del avión, a través del Instituto Nacional para Devolverle al Pueblo lo Robado. El presidente me pidió mi opinión, y le dije que yo no creía que fuera el vehículo para que Collado obtuviera un criterio de oportunidad, toda vez que nada tenía que ver el avión ni el donativo que se planteaba con el fraude que habían sufrido algunas personas en Querétaro. Era lo de la Caja Libertad, que fue como se empezó a manifestar ese hecho.

El presidente de la República me dijo que estaba bien, que tenía razón. Entiendo que regresaron con una segunda oferta. El presidente volvió a consultarme y yo le respondí que, en caso de que se aceptara, yo pensaba que no era lo correcto. El presidente seguramente iba a obtener recursos, porque Juan Collado se dedicaba en parte a eso, a hacer estructuras fiscales fuera de México. Y si los aceptaba, el presidente quedaría atrapado, porque no sabía de quién eran esos recursos. «Creo —sostuve— que no vale la pena». Asintió.

Poco después, estando con mi esposa en Miami, al finalizar una comida, se nos acercó una muchacha con un niño en brazos. Esa señora me preguntó que si yo me llamaba Julio Scherer. Contesté afirmativamente. En ese momento llegó otro joven presentándose como hijo de Juan Collado. La muchacha me dijo que ella se llamaba Mar Collado y que, como yo sabía, su papá estaba detenido, que necesitaban platicar conmigo. Les dije que sí, les di mi teléfono; quedamos en concertar una cita cuando ellos estuvieran en México.

Ya de regreso, en la primera ocasión que tuve de conversar con el presidente, le dije que me los había encontrado, que me habían pedido una cita y que seguramente estaban por llamarme, que si él quería que los recibiera o no, y me dijo: «Por supuesto que sí, recíbelos, ve qué es lo que quieren».

Los atendí y entonces me dijeron que venían a verme con objeto de ver cómo se podía hacer para que su padre saliera de prisión. Les dije que el asunto correspondía a la Fiscalía, que cualquier gestión se debía hacer ahí, pero de todas maneras me pidieron que lo comentara con el señor presidente, que ellos habían hecho algunas gestiones para excarcelar a su papá y querían preguntarme a mí, o por mi conducto, si la salida era viable o no. Regresé con el presidente, le referí la conversación y me dijo que mandara ya el asunto a la Fiscalía, que esta la viera y que ellos resolverían.

Los jóvenes se volvieron a juntar conmigo. Tuvimos once reuniones, y en la segunda me entregaron una carta de su padre dirigida al presidente. Este es el texto, resumida la carta, más allá de los saludos protocolarios.

Señor presidente, no quiero hacerle perder su valioso tiempo. Como es de su conocimiento actualmente enfrento diversos procesos penales en mi contra, los cuales me tienen privado de la libertad y le quiero pedir que me ayude para encontrar una salida a todo este problema <> problemas de salud que sufre>. Le hago esta petición en este momento, ya que considero que Dios les puso en el camino a mis hijos Juan y María del Mar por casualidad en días pasados el encontrarse con el licenciado Julio Scherer Ibarra, consejero jurídico de la presidencia que usted encabeza, a quien se acercaron y abordándolo, mi hija Mar, muy emocionada le comentó que era el ángel que estaba buscando hace año y medio para exponerle lo que sucede en mi caso y la situación que estamos viviendo. Encontraron en él a una persona muy humana, empática y dispuesta a escucharlos. Somos conocedores de las capacidades jurídicas y de gestión que en la administración pública federal desarrolla, por lo que tenemos mucha fe en que el licenciado Julio Scherer Ibarra puede ser el canal, si usted otorga su consentimiento, para encontrar una forma jurídica alterna para solucionar los diversos procesos que tengo en mi contra <> expresando su compromiso de acudir a las instancias legales para concluir satisfactoriamente en el marco de la ley sus expedientes>.

Hasta ahí la carta de Juan Collado.

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Vinieron en alguna reunión adicional con su abogado y yo los encaucé con el licenciado Higuera, el subprocurador. El fiscal general estaba enterado de esto. Ellos hicieron, hasta donde entiendo, varias propuestas a la Fiscalía General y creo que ninguna alcanzó para sacar a su papá de la cárcel.

Estando yo fuera del Gobierno, se acusó a los abogados Juan Araujo y César Omar González de que, llevando el asunto de Juan Collado, le habían pedido como contraprestación un millón de dólares que les habían entregado y que ese dinero había sido parte de una extorsión; que ellos le habían ofrecido con ese dinero sacarlo de la prisión. En ese asunto yo no tuve nada que ver.

El tema empezó a hacerse mediático. Se hablaba de que Juan Collado había ofrecido la Caja Libertad, que era una especie de banco, a cambio de su liberación; que otra vez los intermediarios habían sido Juan Araujo, César Omar González y, en esta ocasión, David Gómez Arnau, que fuera el valuador de este banco. David Gómez Arnau trabajó conmigo muchísimos años atrás, fuimos compañeros de empleo y existe con él una relación cercana. Con Juan Araujo y con César Omar trabajé también: está asentado en mi currículum, pero nunca tuve que ver con el caso en cuestión.

El fiscal, valiéndose de los periódicos, insistía en que yo estaba involucrado en manejos turbios. Incluso una primera plana de Reforma se tituló «Fraude de Estado». Nunca había escuchado «fraude de Estado» para hablar de este asunto: era una barbaridad. El fiscal judicializó la carpeta y el juez al que llegó el procedimiento por parte de la Fiscalía rechazó los cargos en contra de estas personas.

Pero incluso el juez sostuvo que, en mi caso, se habían violado mis derechos humanos porque se me estaba increpando, molestando, a través de una judicialización, cuando yo no estaba como parte de los inculpados. ¿Qué tenía yo que ver en eso si no estaba metido en esa carpeta? El juez no solo lo rechazó, incluso decidió someter mi expediente a la Comisión Nacional de los Derechos Humanos.

Abro un breve paréntesis. López Obrador tuvo a Rosario Ibarra de Piedra como referente ético y moral. Luchadora social desde los años setenta, su hijo, secuestrado y muerto por autoridades, era incondicional de ella y ella de él. Cuando la señora Ibarra se lanzó como candidata a la Presidencia de la República, mi madre, Susana Ibarra, votó por ella. La llamaba mujer ejemplar. El presidente decidió que fuera su hija presidenta de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos.

Fue una labor titánica la que se tuvo que realizar porque no había pasado como la mejor en comisiones del Senado. Desde un inicio la supimos inexperta en la materia. A mí me tocó constatarlo en carne propia.

Volviendo al juzgado, en una segunda instancia se confirmó que no había un delito en esa carpeta, pero también se dijo en la segunda instancia que no se mandaría la carpeta a la CNDH por lo que se refería a mi persona. Independientemente de eso, fui a la Comisión Nacional a quejarme por las conductas que yo considero arbitrarias del fiscal, injustas y tendenciosas, hasta ilegales. Pero la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, como yo no había visto nunca, en su resolución dijo que, toda vez que había consultado a la Fiscalía General y esta le había dicho que no se violaron mis derechos humanos, entonces no había violación alguna. Esa fue la respuesta que obtuve de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, que encabeza la señora Rosario Piedra Ibarra. Recurrí entonces a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

EL LIBRO
Ni venganza ni perdón
Julio Scherer Ibarra y Jorge Fernández Menéndez
Editorial Planeta
344 Páginas

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