Publicado originalmente por Carlos A. Pérez Ricart en Reforma. Compartimos este reportaje por su relevancia e interés periodístico:
En febrero de 2024 -hace casi dos años-, Jorge Zepeda Patterson, inquieto por el margen real de maniobra que tendría Claudia Sheinbaum en el poder, publicó una columna titulada “Las cuatro Sheinbaums”.
El suyo era un intento por anticipar -con método- cómo una Presidenta heredera de un liderazgo carismático podría, o no, construir autoridad propia.
En aquel texto, Zepeda delineó una secuencia de versiones sucesivas de Sheinbaum.
Una primera Sheinbaum: la candidata. “Fiel discípula del líder del movimiento”. Sin ambigüedades ni matices. Una figura cuidadosamente construida para garantizar continuidad y disciplina interna hacia dentro del proyecto.
Vendría después una segunda Sheinbaum, la presidenta electa, activa entre junio y octubre de 2024. Una etapa de transición calculada. Una Sheinbaum “con un poco más de confianza para ofrecer atisbos de su programa de gobierno”, pero cuidando que el tono y el contenido “no den pie a lecturas que conduzcan a roces o confrontaciones con el líder”.
No era tiempo de diferenciarse; era tiempo de no desentonar.
La tercera Sheinbaum aparecería ya en el ejercicio del poder. En su primer año de gobierno tendría que -en palabras de Zepeda- “hacer magia para encontrar el equilibrio que le lleve a legitimar su liderazgo sin, al mismo tiempo, provocar inestabilidad política entre los cuadros y bases del movimiento”. Una etapa delicada, que podría extenderse 12 o incluso 18 meses. Gobernar sin desplazar abruptamente. Mandar sin romper.
La cuarta Sheinbaum, la verdaderamente decisiva, llegaría después. En el segundo año de gestión. Solo entonces -anticipaba Zepeda- la Presidenta podría llevar a la 4T a una nueva fase: más refinada, más moderna, menos dependiente de la figura del expresidente. En esa etapa, Claudia Sheinbaum dejaría ver con claridad los matices que la separan de Andrés Manuel López Obrador.
Zepeda esbozaba una advertencia: esa cuarta Sheinbaum no era automática. Solo podría emerger si lograba transitar con éxito por las tres anteriores. No hay punto de llegada sin acumulación previa de poder. No hay autonomía sin control efectivo del gobierno.
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Dos años después del texto de Zepeda y a 16 meses de iniciado el gobierno, la hipótesis se mide en la realidad. Estamos ya en la cuarta etapa de la secuencia.
La Presidenta superó la campaña, navegó una transición que pareció eterna y administró con destreza la primera fase de su gobierno. Lo hizo sin estridencias y sin titubeos.
En poco más de un año ha logrado hacerse de posiciones clave del aparato estatal. Ha incidido de manera decisiva en dos nodos fundamentales del poder: la Unidad de Inteligencia Financiera y la Fiscalía General de la República. Al mismo tiempo, figuras que parecían intocables han sido desplazadas hacia los márgenes. Adán Augusto López. Arturo Zaldívar. Quienes mucho tuvieron, hoy tienen poco. O nada.
El reacomodo marca el paso de un gobierno que administraba herencias a uno que empieza a ordenar prioridades propias.
Lo que distingue a esta cuarta Sheinbaum no es una ruptura ideológica con el movimiento que la llevó al poder. Que la derecha se quede sentada y esperando. Eso nunca sucederá. Los principios permanecen intactos. La narrativa fundacional sigue ahí. Lo que hay es un cambio en la forma de ejercer el mando: la Presidenta ha decidido asumir la responsabilidad de todas las áreas del gobierno. Sin excepciones. Sin zonas de confort heredadas.
En este nuevo arreglo, la “unidad” deja de ser altar y pasa a ser herramienta. Durante años funcionó como mantra y como coartada; hoy ya no blinda a nadie.
La unidad se pliega al proyecto. Gobernar es ordenar prioridades, mover piezas y aceptar desplazamientos. Sin culto al pasado. Sin mirar atrás. Sin melancolía. Sin descanso.
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Toda Presidencia se define por el momento en que deja de administrar el pasado y comienza a producir futuro.
La cuarta Sheinbaum marca ese punto de quiebre. A partir de ahora, gobernará en primera persona.
De aquí en adelante, la Presidenta ya no puede -ni quiere, acaso lo más relevante- refugiarse en el pasado. El poder que hoy concentra no deja márgenes. Resta saber si lo usará para ordenar intereses… o simplemente para administrarlos.

