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sábado, enero 8, 2022
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Carta Creencia

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Nacida en Huauchinango. Activista mexicana reconocida como una de las 100 personas más influyentes del mundo en 2021 por la revista Time. Impulsó la creación de una ley contra el acoso digital en México que lleva su nombre, la Ley Olimpia.

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Hace no mucho, fui a un evento social que más bien era un evento político.

Me senté en la primer mesa en la que encontré lugar pues había mucha gente y me dispuse a disfrutar de la decoración de vísperas de navidad que brillaba en todo su esplendor. Había decenas de luces, se escuchaban las copas de vino y, por supuesto, las señoras y los señores muy bien vestidos eran los protagonistas de esa elegante escena.

Estaba en Puebla, mi Puebla tan querida y a veces también tan vacía.

En el evento había varios personajes poblanos, muchos políticos, escritores, periodistas; la mayoría hombres.

Cuando me senté en la mesa, las caras de asco de algunas personas que me vieron se hicieron notar. Claro que no sabían quién era, solo me juzgaron por no traer cinturones Gucci o vestidos rojos de Carolina Herrera.

Me llevé a ese evento unos pantalones de mezclilla de no más de 500 pesos, un saco y unas zapatillas, mi cabello estaba arreglado de forma normal y natural sin tanta opulencia, porque sabía que era un evento de “etiqueta”, por eso les dejé las etiquetas a mi ropa para ir ad hoc con la invitación. Por supuesto que ante el cinturón Gucci, las zapatillas Louis Vuitton y las decenas de trajeados, yo era la de los jeans de mezclilla nada más.

Cuando el anfitrión me presentó, las caras de asco cambiaron a una sonrisa benevolente, falsa, pero de asombro. De inmediato los jeans de mezclilla pasaron a segundo plano; ya era yo la poblana, la mexicana importante para ellos y para ellas porque fui en 2021 la única mujer del país reconocida en una revista mundial prestigiosa.

Para mí, solo era la misma persona, pero no con los mismos miedos de antes, sí poderosa, pero por algo diferente a lo que algunos me refieren.

Soy solo Olimpia, hija de Josefina, nieta de Teresa, bisnieta de Olimpia, tataranieta de Leonila y hermana de Abigail. La feminista, la que disfruta más andar en las calles con sus jeans y sus playeras cómodas a lado de sus compañeras; aunque también me encanta estar en lugares lindos y comer rico, aunque ando haciendo esfuerzos por dejar de consumir carne y ser más congruente con lo que creo.

En este escenario, ante las muestras de amabilidad, también sonreí con las personas que lo hicieron, porque muchas veces no me siento cómoda en esos lugares, yo iba por una sola razón: “Decirle al señor de señores, que dejara de ser tan machista”, corrijo, (en mayúsculas) MACHISTA.

Mi vida ha cambiado mucho, pasé de tener que escoger entre comprar un churro de la 5 poniente o pagar los 5 pesos que costaba la ruta 10 para poder llegar a casa, ahora poder regresar sin los mismos miedos a mi estado. Por bastante tiempo, Puebla me deprimía mucho, siempre me sentí juzgada, hecha a un lado, miserable, poco amada y por supuesto, nunca reconocida.

Y no, no pretendo revictimizarme, pero empecé contando esto porque quisiera que fuéramos diferentes. Quisiera que nos importara más el reconocimiento para darle valor a las personas, quisiera que nos cuestionáramos todo, incluso el número de restaurantes de lujo equiparado al número de iglesias, que no están mal pero sí tuviéramos un poco de conciencia histórica lograríamos ver cuánto daño no ha hecho la conquista, “las clases sociales” y la represión al pensamiento libre, y que todo esto está relacionado con esas construcciones.

Ojalá todas las personas nos cuestionáramos, de vez en cuando, cómo somos uno de los estados con más municipios del país, en los cuales 70 por ciento de sus comunidades son indígenas y existen en condiciones paupérrimas. Quisiera que incluso cuestionemos porque la mayoría de las mujeres jóvenes fuimos educadas para ver cómo lo máximo el capitalismo de Angelópolis y no en la visibilidad de las rutas de Xopanapan o Naupan (por mencionar algunas) para respetarlas y no para explotarlas, o apropiarse de su estructura culturalmente desde el privilegio. A veces me siento ajena a mi propio Estado, aunque es el lugar que más amo, es el lugar que menos visito. Puebla es como mi amor romántico heteronormado.

Quise empezar esta historia así, porque escribiré sobre lo que pienso y siento, no sobre lo que usted quiera leer o aplaudir.

Es la primera vez que escribo una columna pues me he rehusado a hacerlo porque me gustan más los megáfonos y las avenidas, pero me convenció Mario Alberto Mejía, que poco me explicó al respecto pero que mucho me insistió para esto, porque creyó importante que también trajéramos a estas páginas la lucha.

No sé qué destino tengan mis palabras ni las intenciones del espacio, pero si ya lo acepté, que quede claro: Quiero dedicar este espacio de privilegio para hablar sobre lo que otras mujeres que no tienen espacios para hablar anhelan decir; quiero que mi lugar le sirva al movimiento que me regresó la vida y que, a pesar de lo mucho que seguimos batallando, al menos ahora ya me ven y me escuchan, pero no soy yo; somos todas.

No me aprueben a mí y las desaprueben a ellas. No me lean por leerme estimado hipócrita lector. Yo ni sé escribir; de hecho, conozco gente muy culta que es agresora, hombres de mucho poder que son violadores, mujeres con pañuelos verdes y morados en sus muñecas paseándose por partidos políticos que son violentadores, y hombres en los mismos que las joden.

No soy la conciencia, no soy la palabra, no soy la verdad, no soy la mejor ni pretendo serlo, solo soy una mujer que parece soberbia con estas líneas, pero que en realidad desea que vayamos aprendiendo juntos y juntas a deconstruir lo que nos han hecho creer, porque no queremos igualdad. Parafraseando a Silvia Federricci: “¿Igualdad con quién, con el hombre lacerado, esclavizado, pobre, discriminado, traicionado por su condición?; ¡Nombre! nosotras no queremos igualdad sino la muerte de un sistema patriarcal que nos jode a todas y todos (es verdad), pero que se ensaña con las mujeres y niñas. Porque no vivimos en las mismas condiciones; señor, usted no tiene que elegir la ropa que se va a poner con tal de no ser acosado sexualmente, a usted, su familia jamás le prohibió salir a algún lugar o ponerse cierta vestimenta porque “las mujeres son sexuales por naturaleza y lo pueden violar”; a usted señor, jamás le han gritado en la calle –“provocativo”- por andar sin playera, o a usted ninguna mujer le ha mostrado su vulva en la calle para insinuarle que es usted su propiedad privada y por ende lo puede acosar. Usted señor, vive la condición humana desigual y la violencia, y nadie lo niega, pero nosotras las mujeres, vivimos la condición humana patriarcal que no es igual; es devastadora, sistemática e invisible.

Quisiera que hiciéramos algunos replanteamientos por ejemplo; que los animales NO son para nuestro servicio, que la única forma de hacer política no es la partidista, que es mentira que las “malas mujeres” se manifiestan, y que al ser autónomas con sus cuerpos pierden su “feminidad” con el feminismo, que una mujer en la administración pública no llegó por acostarse con un tipo, que comer en lugares caros no es lo que te da clase, y que, por cierto, las clases son un invento colonial de supremacía eurocentrista sobre impartir razas a quienes para ellos fuimos aborígenes, al igual que hoy preferimos en la inconciencia y violencia silenciosa a perros de “raza” por pensar que son mejores. Todo esto no es un estatus, es en realidad es una opresión del estado, del mercado y del capital de la que somos víctimas y victimarios.

¡Vaya! Quisiera que hiciéramos muchas cosas desde el amor, empezando por nombrar que durante las últimas semanas (29 de noviembre al 5 de diciembre), cuatro mujeres fueron asesinadas en Puebla, todas con algún signo de violencia. Y que la Secretaría de Seguridad Pública federal coloca a Puebla en el lugar número 12 a nivel nacional con 28 feminicidios ocurridos de enero a septiembre del 2021. Y que se ha incrementado la violencia sexual digital y, a pesar de los casi 3 años de aprobación de la Ley Olimpia, no tenemos campañas masivas de prevención y educación digital en el estado y solo sabemos de un caso vinculado a proceso.

Nombrar también que las mujeres indígenas post Covid-19 no tienen acceso a las tecnologías de forma integral y, por ende, se han hundido en la brecha digital de violencia y que a pesar de los esfuerzos de las Instituciones y las mujeres que ahí trabajan, aún es importante que mantengamos firme la idea de que “LO QUE NO SE NOMBRA, NO EXISTE” con mucha dedicatoria para los señores de Puebla.

Porque si en lugar de perseguir feministas y condenarlas socialmente, el poder empezará a NOMBRAR y a hacerse responsable no de palabra, sino de acciones, de los feminicidios, la precarización y la violencia machista, la justicia empezaría para ellas, para nosotras y para las que vienen.

Vivimos aún el tiempo en el que el pasado Congreso Poblano se levantó en unanimidad para denunciar y perseguir a las activistas feministas por la iconoclasia de sus instalaciones y no así para castigar a los agresores; parece entonces que estamos en dos Pueblas: La que aparenta que todo está bien cuando llegas a Lomas, a la Vista o a Angelópolis y la que se vive en las periferias.

De regalo de navidad solo deseo que tengamos conciencia, que nos cuestionemos todo, que pensemos que cada vez que pagas por sexo en realidad pagas porque te llamen cliente y no violador, porque eso a lo que llamas “trabajo sexual” es explotación de mujeres, en un mundo donde ganamos 43% menos que los hombres en los mismos puestos de trabajo, y que la precarización cuando eres mujer tiene dobles jornadas laborales no remuneradas. Es injusto seguir pensando que tus “gustos” son libertad cuando atrás de ellos hay explotación. Ya si de paso prefieres cambiar el sistema y dejar de comprar perros de raza esta navidad y adoptar un perrito mestizo para siempre, habrá esperanza en el mundo.

Con esto tal vez los pantalones de mezclilla o los cinturones de marcas caras (que por cierto testan con animales y provocan contaminación por el fast- fashion) no sean lo que le dé valor a las personas.

 

¡Luchar está bien!

No me creas nada, cuestionemos todo.

Libertad para nosotras.

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