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viernes, agosto 12, 2022
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Sigilo 35

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Capítulo 35

 

Los motivos del lobo

 

Dice El arte de la guerra que, en un enfrentamiento directo, el primero que hace el movimiento es el “invitado”, el último es el “anfitrión”. El “invitado” lo tiene difícil, el “anfitrión lo tiene fácil”. Yo había entrado sin ser invitada a la casa de Catalina, pero tampoco era parte de los habitantes de la mansión. El lobo entonces, que además de rugirme con odio me echaba en la cara su aliento asesino, debía ser mi inesperado anfitrión.

Después de descubrir en un cuarto de la casa subterránea el cadáver momificado de una mujer con el vientre abierto, encontrarme frente a frente con esa pavorosa criatura acabó por horrorizarme. Durante un segundo que se me hizo eterno me quedé petrificada. El enorme animal parecía estar preparándose para saltarme encima. Sin saber por qué, quizá sólo por un equivocado instinto de conservación, hice el primer movimiento: caminé hacia atrás, rumbo a la barda que había escalado para entrar. El lobo aquietó su rugido, como concentrándose más en mis movimientos que en amenazarme. Dio un paso hacia adelante. En la oscuridad vi los músculos de la fiera en tensión, lista para abalanzarse sobre mí. En ese momento tropecé y caí de espaldas. Del celular que aún sostenía en la mano emergió la luz de un flash que iluminó por un momento la oscuridad de esa parte del jardín y detuvo al animal en su ataque, deslumbrado como conejo sorprendido por los faros de un coche a la mitad de la carretera. Yo, su segura víctima, me había sacado ese conejo de la manga.

Aprovechando el desconcierto del enorme lobo negro me arrastré de espaldas y pronto me detuvo una malla, la que separaba la sección donde antes había crecido la planta pong-pong. Recordé la pequeña hendidura por la que me introduje para tomar subrepticiamente uno de los frutos, ya podrido, del raro espécimen, y hacia ahí me deslicé. “Sólo cuando conoces cada detalle de la condición del terreno puedes maniobrar y guerrear”, dice Sun Tzu, y ahora sé que tan cierta es esa frase. No acababa de traspasar la cerca cuando el lobo se estrelló contra ella sacudiéndola en medio de rugidos cada vez más estruendosos e intimidantes. “Esto no está pasando”, me dije. “Estoy en uno de esos sueños en los que me persigue un montón de leones”. Antes de Julieta, antes de la pesadilla del sigilo, soñaba muy seguido con que me correteaban y me tenía que subir a un árbol o entraba a alguna casa abandonada. Pero ahora me perseguía una bestia de verdad, y el pánico que sentía en los huesos no podía acabarse con solo abrir los ojos. Preferí cerrarlos. El terreno apareció en mi imaginación tan nítido como si fuera de día y yo paseara bajo los árboles.

Sin voltear a ver a la bestia negra, me acerqué a la tapia para buscar un lugar por donde treparla rumbo a mi liberación. Una piedra de regular tamaño, recargada en una esquina, me pareció un buen estribo para brincar a la parte superior y descolgarme a la calle. Con el ímpetu de la huida aceleré mis pasos y la pisé para impulsarme. La piedra estaba mal colocada y el salto no me llevó a la parte superior; sólo logré estrellar mi cabeza contra el muro. Vi lucecitas y luego una oscuridad más cerrada que la del jardín. Sé que no habrán pasado más de unos cuantos segundos, pero lo que inmediatamente recuerdo es levantarme trastabillando en la acera exterior de la casa, y quedar enceguecida por las luces de un coche. Una figura femenina bajó del auto. Traía unas pantuflas rosas y una bata de seda. Se detuvo cerca de mí. Unas manos suaves y pequeñas me tomaron de los brazos. Y luego que me dan un megajalón. Creo que esa mujer quería subirme a rastras al coche. Yo no podía ni hablar. Me desmayé.

Habrían pasado unos minutos, supongo, porque iba ya en el asiento del copiloto y era todavía noche cerrada. No reconocí las calles. Veía el paisaje a través de una neblina espesa. Otra vez percibí el velo brillante y pegajoso de una telaraña sobre las ramas de los árboles y sobre los arbustos.

Tenía la sensación de ir volando entre algodones. Desde el asiento del copiloto miré a mi acompañante. Una luz muy blanca e intensa emanaba de la chica, que vibraba gracias a la fuerza envolvente de la velocidad, en contraste con el tono amarillento de las farolas de la calle.

En medio de mi espanto, alcancé a percibir cómo la luz se retiraba del rostro de facciones delicadas. Era una mujer muy hermosa, de cabello castaño y encantadores hoyuelos en las mejillas. ¿Maribel?

–¿Ya despertaste?

–Uff, creo que sí…

–¿Qué hacías ahí tirada en medio de la calle? –preguntó la chica.

–Pues creo que salté una barda… Debo haberme pegado en la cabeza…

–Pues agradece que escuché tu llamada.

–¿Cuál llamada?

–La de celular. Ya estaba en el quinto sueño y me levanté at high speed.

-Maribel, yo no te pude haber llamado. Ni siquiera tengo tu teléfono. Cuando te dejé de ver, allá en el hospital de Florida, una de las primeras cosas que lamenté fue no haberte pedido tus datos de contacto.

–Pues yo recuerdo habértelos dado. Incluso te dio risa que mi número de celular terminara en 666.

–¿En serio? No recuerdo.

–Oye –continuó muy seria Maribel–, te diste tamaño golpe. Mírate ese chichón en la frente. ¿Cómo te caíste?

–Me caí de la barda.

–¿Robaste la casa? –preguntó, tratando de no reírse.

–Huía de un lobo…

–Ha de haber sido un perro grandote. ¡Qué exagerada!

–¡No! Era un lobo.

Yo miraba sus manos blancas de dedos largos, rosados. Toda ella parecía estar hecha de luz.

–¿Recuerdas lo que te dije?

–No recuerdo nada de nada –dije, fastidiada.

–Eres muy valiosa, Valentina. Tienes una hija, un marido, una vida de puras promesas que se cumplirán a su tiempo. Tu linaje es tu red y tu cayado.

Vaya manera de hablar de esta morra, me dije. Tan joven y ya usando palabrotas de intelectual. O de fanática religiosa. Ojalá no lo sea, me dije para mis adentros.

Me quedé dormida sin poder evitarlo. En mis sueños, sentí que unos brazos musculosos me cargaban al interior de mi casa y me colocaban en el sofá de la sala. En mi duermevela, escuché los murmullos de voces conocidas. Antonio hablaba con Maribel. Como si la conociera. Entreabrí los ojos y los miré hablando muy juntos, casi tocándose con los ojos. Quise reaccionar, levantarme, cachetear a la indecente que se le acercaba tanto a mi hombre.

Antes de caer de nuevo en el sopor viscoso de la inconsciencia, vi a esos dos besándose en la boca.

Vaya, por eso tenía tu teléfono en mi celular, le grité. O creo que lo hice. O fue en el inicio de una nueva pesadilla que me volvió a colocar en un bosque de árboles cubiertos de nieve. Un lobo de fauces enormes me perseguía. A punto de alcanzarme, un hombre muy alto, de piel oscura y ropajes antiguos apareció en el sendero. Apuntó con su arco al animal y lo derribó de un certero flechazo. Me tendió la mano y me acercó a su rostro. Sentí que volaba mientras me sostenía de la cintura. Al despertar y verme en la sala de mi casa, luego de las preguntas de Antonio, de haber estado con él, de haber visto a mi niña de nuevo, empecé a sospechar que había una historia –escrita en mi sangre– mucho más profunda, terrible y quizá tan grande como el más grande secreto.

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