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sábado, diciembre 3, 2022
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Sigilo 05

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Capítulo 05

En el despeñadero

 

La noche que conocí a Antonio, acabábamos de aterrizar en El convento, un bar exclusivo y muy caro de la zona centro de la ciudad. En poco menos de diez minutos ya me había ligado a un moreno muy potable. Nos habíamos ido a lo oscurito con nuestras chelas y más rápido que ya, el chamaco deslizó su experta mano entre mis muslos. Debo decir que tenía unos labios cubanosos, anchos y gruesos, y una lengua experta en buscar rincones inéditos dentro de la cavidad bucal de una mujer. Ya el diligente muchacho me había logrado bajar las bragas a media pierna cuando Julieta se nos plantó enfrente.

–Vale, vente, ya nos vamos.

–¿Mmmggghqué? –respondí, aturdida de saliva y deseo.

–Vámonos.

–Vete a la chingada –dije, liberándome del beso succionador del cubano.

–Recuerda Venecia. –Esa era nuestra clave para “millonario a la vista”.

Con enorme pesar le dije adiós al moreno, que no entendió la maniobra intimidante de Julieta. Nos despidió con una silenciosa mentada de madre y volvió su ancha y suculenta espalda contra nosotras. De no ser por Julieta, yo jamás hubiera aceptado salir con ese cuarentón tímido y silencioso que guardaba las carteritas de cerillos de cada lugar que visitaba. Mi futuro novio y esposo solía recurrir a ese bar las noches de los viernes. El dueño del referido antro, un argentino gordo y rubio proveniente de Salta, le reservaba uno de los privados más exclusivos; ahí lo dejaba casi siempre acompañado de una botella de etiqueta negra, una cubeta de hielos con su preciosa pinza de plata, una botana de nueces finas y, en ocasiones esporádicas, un plato de carnes frías para agasajar a alguna errática acompañante.

Julieta lo conoció en ese mismo lugar. Según me platicó, lo había detectado bebiendo un solitario martini en una de las mesas del fondo. Era jueves, día de llegar temprano a casa, le había comentado. Más tarde supimos que justo por eso bebía martini y no estaba en un privado. De haber sido viernes, el curso de mi historia hubiera agarrado una dirección totalmente diferente.

–Julieta, dame chance siquiera de subirme los calzones…– le dije al tiempo que me arrastraba entre las mesas del lugar. La iluminación ambarina y semipenumbrosa me permitió subir sin escándalos la prenda que ya me estaba impidiendo caminar. Pero mi amiga no me escuchaba.

–Vale, ni te imaginas, te acabo de conseguir un galán que me vas a agradecer toda la vida.

–No me digas –le contesté al tiempo de dar un jalón definitivo a las bragas para colocarlas con éxito en su lugar–. ¿Me conseguiste al Willy?

–No, ese pelafustán te deja a la mañana siguiente y no lo vuelves a ver.

–¿Y a éste lo voy a ver la mañana siguiente y el resto de mi vida, según tú? No me suena nada atractiva la propuesta.

–No sólo eso. Tiene lana para mantenerte el resto de tu vida.. a ti y a tres de tus futuras generaciones.

–¿Y qué hace aquí esa clase de potentado?

–Tenía una cita con una mujer que conoció en internet. Y al parecer le pintó un violín. Es tu oportunidad –me dijo mi amiga y me llevó a rastras a la mesa del galán.

Mucho después yo dudaría de la versión de Julieta, quien me separó a la fuerza del moreno de manos gráciles y me sentó –el vestido casi a la cintura, el bilé embadurnado por toda la cara– frente al taciturno economista. Ella se fue, acompañada de algún espontáneo, y Antonio y yo charlamos durante unas dos horas, nos embriagamos a punta de martinis, nos fuimos a su casa y nos casamos a los dos meses. En ese momento no me extrañó que nunca antes se hubiera comprometido a fondo. Tampoco había vivido con novias. Conservaba a las amantes ocasionales

–las secretarias eran sus favoritas– fuera de su vida personal, decía. Y yo me preguntaba si las relaciones sexuales o al menos sentimentales con distintas personas no formaban parte de esa vida privada que Antonio tanto defendía del mundo exterior.

Nuestra boda fue un remolino de acciones improvisadas. Faltaron invitaciones impresas, el pastel parecía el de una quinceañera (merengue rosa con capullos fuscias), la orquesta resultó una banda norteña que amenizó al respetable a punta de tamborazos y albures (al menos nos salvamos de los globos, gorritos y serpentinas que los animadores de otros grupos obligan a los invitados a usar cuando llega la zamba brasileña), alguien me tiró encima del carísimo vestido de encaje beige una cuba con todo y hielos y, para colmo, algún desalmado invitó a mi exesposo a la pachanga. Lo bueno que mis amigas salieron al quite. Incluso me contaron que Esperanza (nuestra más reciente adquisición en el grupo de estudio) lo acaparó, lo atendió y salió con él del salón de fiestas y por los siguientes cinco meses. Supongo que la relación no duró más por la mala costumbre de Sergio –mi ex ya bien olvidado– de abusar de las tarjetas de crédito y las chequeras ajenas. Eso sí, a divertido y fiestero nadie le ganaba. Quizá por eso Esperanza lo buscó de nuevo meses después del rompimiento. Y regresaron. En realidad yo no había llegado a conocer del todo a la nueva estudiante, y no sentía mayor empatía hacia ella. Si su destino era quedar en la ruina, sería su problema, no el mío.

A pesar del desvarío organizacional, la fiesta fue un éxito. La noche de bodas, sin embargo, transcurrió en un motel lleno de espejos. Esa fue la primera vez que sentí los ojos invisibles de una presencia anónima, una sombra que ya no dejaría de perseguirme nunca.

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