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sábado, mayo 18, 2024

Se dicen cosas horribles de ti / Epílogo

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EPÍLOGO

Todos los nombres de los personajes son reales.
Todos los enredos de los personajes son ficticios.

 

TRES AÑOS DESPUÉS…

 

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Una vez que el coronavirus llegó a México, Raúl Padilla se guardó en su residencia de Chapalita. Para entonces, López Obrador ya era presidente de México y estaba metido en un ejercicio singular. Les quitaba las máscaras cotidianamente a Enrique Krauze, Héctor Aguilar Camín y al propio Raúl Padilla. Éstos, a su vez, habían participado —junto con Jorge G. Castañeda— en la creación del anhelado Frente AntiAMLO.

Por las fechas en que el murciélago de Wuhan voló sobre México, Padilla fue informado que la FIL de Guadalajara se había hecho acreedora al premio Princesa de Asturias. Una buena noticia después de tantas investigaciones en su contra orquestadas por la Unidad de Inteligencia Financiera y el SAT.

El estrés le había provocado varias enfermedades. El ácido úrico iba al alza, al igual que la hipertensión. Sus médicos le recomendaron no acudir a España. La covid se hallaba en su punto más alto de contagio, y los aeropuertos internacionales era donde mejor se paseaba el murciélago.

Fue entonces que Padilla buscó en él área congelada de su casa el mejor y más sofisticado de sus klōnes. ¨Ricky¨, le decía, en honor de Ricardo Anaya, precandidato a la Presidencia de México, con quien colaboró en la campaña de 2018. (Sus escoltas le llamaban “Canallín”).

Ricky era idéntico a Shaitan, el klōn de Salman Rushdie. Incluso podía soltar una o varias lágrimas en el momento adecuado. Su autor fue el célebre Cyril Ponnamperuma, uno de los científicos más importantes del mundo, quien llegó a trabajar en el programa Apolo, de la NASA. La recepción del premio Princesa de Asturias bien valía un pequeño llanto de agradecimiento.

Padilla confirmó su asistencia al trascendental acto y eligió el más lujoso de sus trajes de etiqueta, mismo que fue confeccionado por un famoso sastre de la ciudad de Ahmedabad, quien diseñó el traje que lució Narendra Modi, primer ministro de la India, en un encuentro en la Casa Blanca con Barack Obama. El traje de Padilla tenía un valor en el mercado de 500 mil dólares. (El del primer ministro lo compró en 693 mil dólares el “barón del diamante”, Laljibhai Patel).

Cuando estaban en marcha todos los preparativos para enviar al klōn de Padilla a la ceremonia del Premio Princesa de Asturias, uno de los veinte choferes del cacique ilustrado dio positivo en un test de coronavirus. Y precisamente éste fue quien había ido a sacar a Ricky del área de congelamiento.

A los pocos días, éste empezó a estornudar y a expeler un moco parecido a los meconios: una sustancia viscosa y espesa de color verde oscuro a negro compuesta por células muertas y secreciones del estómago e hígado, que reviste el intestino del recién nacido. Su formación comienza en el periodo fetal. Técnicamente, los meconios son las primeras heces de un recién nacido. Ricky también comenzó a soltar ventosidades por el ano. (Era una de las novedades de la variante tecnológica). Al principio parecían suspiros inoloros. Después se volvieron estruendosos y hediondos.

Un técnico proveniente de Oslo, Noruega, llegó a revisar a Ricky, pero fue inútil: el virus que lo aquejaba no entraba en el ámbito de los klōnes. En mal español recomendó que llamaran al doctor López-Gatell, pero Padilla se opuso. En su lugar trajeron al doctor Narro. Pepe Narro.

El médico dijo que el klōn tenía covid y no podría viajar a España. Le recetó Paracetamol, le puso un cubrebocas y le ordenó una cuarentena de veintiún días. Terminaron intubándolo. Ricky murió el día en que Padilla recibió el Premio Princesa de Asturias vía Zoom.

Los klōnes de los escritores empezaron a caer uno por uno. Jesusa Palancares —alias “Chucha”—, perteneciente a Elena Poniatowska, recibió los santos óleos en una iglesia de Chimalistac. La misma suerte —sin santos óleos— corrieron Shaitan y otros más. Murieron literalmente entre sonoros y olorosos pedos.

Por esos días, el diario Reforma publicó en la sección cultural una esquela muy escueta: “El ingeniero Enrique Krauze Kleinbort participa a familiares y amigos el sensible fallecimiento de Octavio”. Octavio era el klōn que usaba cotidianamente —del que dormía abrazado en los últimos años—, y que tantos y variados celos le provocó a su primera mujer.

 

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Ante el temor de terminar en la cárcel por las investigaciones ordenadas en su contra por el presidente López Obrador, Raúl Padilla se mandó a hacer una bodega especial en su fortaleza de Chapalita. La temperatura era ideal para sobrevivir el sexenio entero. Además estaba habilitada de todo lo necesario. Incluso podía hacer transmisiones vía zoom sin que la señal fuese captada por el más sofisticado de los satélites del gobierno mexicano.

Se estaba preparando un martini rose en las rocas cuando puso en su pantalla de 120 pulgadas un video. Se sentó a verlo por enésima vez para confirmar que era un apestado. Ahí, en primer plano, el presidente López Obrador decía sonriente que las últimas ediciones de la FIL de Guadalajara han sido organizadas para generar críticas contra su gobierno: “Fíjense, la Feria del Libro de Guadalajara, las últimas, dedicadas en contra de nosotros, pero no sólo eso, porque traen a Vargas Llosa, Aguilar Camín y todos ellos. Krauze. Pero me entero de que en España le entregan el premio, claro, a la Feria del Libro de Guadalajara, el Príncipe (sic) de Asturias a la Feria del Libro de Guadalajara, y el que lo recibe es ni más ni menos que Padilla. Es el que da el discurso, y me llamó muchísimo la atención un renglón: ‘Debemos de defender al libro del populismo’. (Risas del presidente). Es la decadencia, pero no sólo de México: de las universidades, de la intelectualidad, de los que otorgan estos premios. (Risas del presidente). Tampoco es nada personal en contra del gobernador de Jalisco. Son diferencias. Él tiene una postura, él pertenece a este bloque de conservadores, él se lleva muy bien con el cacique ilustrado, Raúl Padilla”. (Risas del presidente).

Padilla estaba sentado en un sillón que había pertenecido al Sha de Irán. Con un aparato minúsculo apagó el video y puso música de Paul Mauriat: El amor es triste. Por su mejilla izquierda rodó una lágrima. Cerró los ojos. Antes de darle un trago a su martini se metió a la boca varias pastillas de color azul. Pensó en los klōnes que lo acompañaron a lo largo de su vida, en el dinero acumulado, en el SAT y la UIF bloqueando sus cuentas bancarias. Pensó en su abogado, Juan Collado, y en los millones de euros guardados en Andorra. El abogado estaba preso, pero desde su celda seguía moviendo sus intereses. Paul Mauriat y su orquesta tocaban ahora El amor está en cada habitación. Un gato siamés se colocó a su lado. Lo acarició al tiempo de tomarse otro martini. “Tuvimos una buena vida”, susurró. Una baba hiriente cayó en el lomo del siamés.

Un escolta descubrió el cadáver de su jefe cuando Paul Mauriat tocaba Love is blue.

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