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lunes, enero 10, 2022
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La Amante Poblana 15

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CAPÍTULO 15

Vamos sacando al Pitbull

 

Anais había sido citada esa misma tarde para rendir declaración ante el MP.

No fue testigo los hechos, sin embargo, al ser la esposa tenía que presentarse para narrar qué estaba haciendo cuando mataron a Fernando Amaro.

Doña Lupe estuvo todavía dos horas metida en su departamento; llorando, rezando y hablando por teléfono con sus amigas más cercanas, mientras que Anais tomó un baño y se sitió en su habitación para evitar confrontaciones con la que a partir de ese día sería su peor enemiga.

Todo estaba consumado. La señora Amaro le había declarado frontalmente la guerra y ella debía moverse rápido si no quería ser despojada.

Salió de bañarse y pegó la oreja a la puerta. Doña Lupe bufaba, arremetía, sollozaba. Colgaba con Pepita de la Torre para inmediatamente llamarle a La Chiquis Abad, y así fue llenando el tiempo hasta que su esposo regresara de la fiscalía.

En el ambiente del departamento flotaba humo de cigarro como si estuvieran en un antro; por un lado, Lupe dejaba consumir uno tras otro de sus Benson mentolados, y detrás de la puerta, Anais daba fuerte bocanadas a sus respectivos cigarrillos.

Cuánta hipocresía había tenido que soportar durante el matrimonio con Fernando. Las reuniones con doña Lupe y sus voluntarias de Casa del Sol, los desayunos en el Libanés, las bodas de los primos… siempre escuchando las mismas historias de viejas glorias del señor Amaro; de cuando estuvo en el gobierno de Jiménez Morales, cuando montó su fábrica de muebles rústicos, cuando regresó al mundo textil y se  iba de farra con Kamel Nacif.

Cada evento era la reproducción fiel del anterior. Doña Lupe tratándola como una hija y encendiéndole incienso frente a las amigas, mismas que eran las primeras en llevarle y traerle chismes sobre sus relaciones extramaritales.

Dando de vueltas sobre su propio eje, con el cabello aún mojado, Anais pensó que lo más apropiado era hablarle a licenciado Senderos para avisarle que había sido cita a la brevedad en el MP.

Como no solía frecuentar al abogado, no tenía su celular, y estaba renuente a hablarle a algún amigo para que le proporcionara el número. A esas alturas del día todo mundo ya sabría que Fernando estaba muerto, peor, que había sido asesinado, así que llamarle a un tercero para pedir el teléfono sería tener que fumarse una perorata lacrimógena, cosa que no pensaba soportar. Ya dentro de unas horas tendría que interpretar el papelón de la viuda afligida, recibir pésames y puñaladas traperas.

Su suegra había estado comunicándole a todos sus allegados que habría una misa a las 8 de la noche. Solo le faltaba, pensó Anais, hacer un grupo de WhatsApp  para enviar la invitación con todo y código de vestimenta.

No es que menospreciara el dolor de una madre, sin embargo, esa madre era especialmente protagónica.

Decidió marcar directamente al número del despacho de Senderos.

–Despacho de licenciado Manuel Senderos, buenas tardes.

–Señorita, mi nombre es Anais Herrero, me urge hablar con el licenciado Senderos. Por favor, es de vida o muerte.

–A ver, permítame. Voy a avisarle porque está atendiendo otro asunto.

–Dígale que me urge, sólo le voy a robar dos minutos.

 

La secretaria dejó la bocina sobre el escritorio, Anais alcanzó a escuchar la voz de Senderos. Así que, si por alguna razón se le negaba, iba a írsele a plantar personalmente al despacho.

Senderos tiene un timbre particular, rasposo y muy alto. Era casi imposible que alguien que llamara por teléfono o que estuviera en la sala de espera no lo escuchara.

 

–Ya le avisé. Dice que le regresa la llamada en diez minutos.

–Gracias, señorita. Le doy mi celular.

 

Colgó y se fue directo a la puerta para comprobar que la suegra se había marchado. Se asomó discretamente. En efecto, la señora ya no estaba, pero la provocadora había dejado encendido un cigarrillo nuevo en el cenicero lleno de colillas.

Una vez que estuvo segura de que la suegra ya no pululaba por la estancia, Anais salió, apagó el Benson y tiró las colillas en el bote de basura de la cocina.

Doña Lupe dejó además una nota sobre la barra: “Tengo memoria fotográfica y conozco cada cuadro que está colgado en estas paredes, así que ni se te ocurra empezar a llevártelos a otro lado. Todo esto es de mi hijo. Nos vemos en el funeral, sólo espero que te comportes a la altura”.

 

Pinche vieja, es una arpía. ¡Ay, Fernando!, todo era más fácil contigo vivo. Por lo menos tenías controlada a tu madre, musitó arrugando la tierna nota.

Se estaba sirviendo una taza de café cuando sonó el celular. Número desconocido. Debía ser Senderos.

 

–Bueno.

–Anais, querida. ¿Cómo estás? Hace un momento me enteré de lo que le pasó a tu esposo. Caray, no sabes cómo lo siento.

–Sí Manuel, ya ni me digas. A todos nos tomó por sorpresa. Fer no merecía irse así.

–¿Pues qué pasó?, ¿por qué con tanta saña? Discúlpame, reina, pero así sólo matan a los malandros.

–Ya te contaré, Manuel. Te busco porque obviamente quiero que seas mi abogado.

–Claro. Yo mismo te iba a marcar en cuanto supe. ¡Me acabo de enterar por el cliente que estaba acá cuando te comunicaste! Espero que ese cabrón te haya dejado protegida. Si no, no te apures, yo te voy a sacar el pleito.

–Mira, ahorita lo que me urge es no tener que ir hoy al MP. Comprenderás que estoy muy sacada de onda, tengo que estar en Valle de los Ángeles para arreglar lo del funeral antes de que mi suegra se atribuya todo y haga su show como siempre.

–Esa viejita es una hija de la chingada, ¿verdad? Bueno ni tan viejita, me ha de llevar sólo uno par de años, pero está muy traqueteada. De joven no era guapa, sino lo que le sigue, aunque no me lo creas… en fin, ¿Ya te pidieron presentarte? ¿Estabas ahí cuando lo mataron?

–No. Estaba en el gimnasio, o bueno, no. Sí… mmm iba al gimnasio, pero me tuve que desviar.

–Ok. Mira, por acá no me digas nada. Ya mañana o pasado que pase todo el trance vienes y me cuentas cómo estuvo la cosa. No empieces a dar explicaciones de nada a nadie. Si te empiezan a preguntar cosas los metiches, mándalos a la chingada. Luego por eso se complican las cosas. Tú ocúpate del velorio y chitón. Nada. A nadie le importa si fuiste o no al gimnasio, sólo no empieces a dar cuentas no pedidas. La gente es muy jija de puta.

–Sí, sí, Manuel. Te agradezco mucho. Sólo quiero que me ayudes para que en lugar de ir hoy al MP pueda ir cuando esto acabe. Mañana o pasado, qué sé yo. ¿Crees que se pueda?

–No te preocupes. Ahorita le marco al fiscal directamente para que nos aguante, y yo te acompaño el día que te llamen. No la vayas a regar en algo.

–Pero si yo no hice nada, ¡yo qué!

–Tranquila, fue un asesinato, es de lo más natural que te citen. Te quiero entera, fría, no comentes nada. Los Amaro son unos pendejos venidos a menos que todavía sienten que tienen influencia. Fernando papá siempre fue un mediocre, te lo digo yo. Lo conozco de años. Pero tú respira que todo va a salir bien. Nadie de va a tocar, reina, yo me encargo.

–No sé si creer eso. Mi suegro tenía su poder, tiene amigos poderosos.

–No me hagas hablar de tu suegro porque al final sigue siendo tu familia y es de mal gusto. Lo único que te puedo decir es que Fernando Amaro Trejo es un cadáver político que no influye ni en su señora.

–Gracias, Manuel. Entonces me avisas cuando hables con el fiscal.

–No es necesario. Tú ve y has lo que tengas que hacer. Nadie te va a molestar hoy ni mañana.

–Ya que pase el entierro urge que te vea… todavía no se ha acabado de enfriar Fernando y doña Lupe ya sacó las uñas. Se me van a ir encima.

–Ja, ¿pues con quién crees que estás? Además, el abogado de los Amaro es otro pendejazo. Me tiene pánico.

–Si es un pendejo por qué le dicen El Bóxer.

–Él solito se puso ese apodo, pero yo lo zapeaba en la universidad. Con todo respeto para ti, reina, ya sabes que soy muy rudo al hablar, pero el “Bóxer” para mí es un pinche perrito que tiembla y se mea cuando me ve. Me la pela, como siempre.

–Je, je. Ay, Manuel, pues te agradezco. La verdad es que sí, contigo siento que estoy protegida. Pero también sé que voy a tener que empeñar mi vida para pagarte.

–Nada. Tú no te apures de eso. Nadie te está cobrando… pues quién crees que soy o qué. Primero lo primero.

–No, sólo sé que pues… yo nunca he tratado contigo en plan abogado, pero sí sé que obviamente no trabajas gratis.

–Vete a donde tengas que ir. Callada. Templanza y te veo acá pasado mañana. O igual y me doy al rato una vuelta al velatorio para que no te quieran intimidar tus suegros.

–Uy, te lo agradecería infinitamente. Yo estoy sola acá, mis papás ya están grandes y les dije que ni vieran. No vale la pena hacerlos viajar.

–No te lo aseguro, pero hare lo posible. Te mando un abrazo respetuoso.

–Gracias, Manuel. Abrazo igual.

 

Anais colgó el teléfono y lo dejó en la barra de la cocina. Camino a su recámara; fue viendo cada mueble, cada cuadro, cada cenicero. La televisión en donde Fernando pasaba horas.

Se sintió reconfortada con las palabras del Senderos. La seguridad con la que hablaba aquel hombre rudo le infundió confianza.

Si los Amaro tenían pensado atracarla con El Bóxer, a ella la defendería un verdadero y violento Pitbull.

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