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viernes, enero 7, 2022
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La Amante Poblana 4

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Capítulo 4

Las parejas impares

Ante la pregunta incómoda que su abogado le hizo, Anais contestó con la sinceridad pedida:

 

– No, Manuel. Yo no “me andaba cogiendo a otro cabrón”. Yo tenía un amante.

 

El licenciado echó para atrás su silla, encendió un cigarro, dejó de sacarle punta a los bicolores con los que siempre juega mientras escucha a los quejosos, y la recorrió de cabo a rabo con una sonrisa socarrona. También le pidió a su secretaria que saliera del privado y le replicó a Anais:

 

– A ver, a ver, doña… niña: Según tú, ¿cuál es la diferencia entre andarte cogiendo a un cabrón que no es tu marido, a tener un amante? Te repito que yo así hablo, soy un poco rasposo, no te estoy juzgando.

– A ver, a ver, licenciado Senderos: te voy a responder así, rasposo también, para que me entiendas bien: la diferencia está en que cuando quiero coger, yo cojo; y nunca cojo sin querer. Esa es la diferencia entre ser una “novia a la poblana” a una amante de verdad.

– ¡Muy ingeniosa! Ahora bien, si hablamos en términos jurídicos, un amante es aquella persona que, estando casada o casado an-te-la-ley, lleva otra relación fuera del matrimonio. Tú estabas casada con el muerto, lo que quiere decir que, en efecto, tú sí tenías un amante, ¿okey? ¿Me captas?

La pregunta que te voy a hacer cambiaría todo el curso del asunto ¡si es que se llegara a implicar a tu amante como parte del crimen! Que yo sepa, ese ex jugador de los Aztecas con el que te ligan es soltero, ¿no?, por tanto, tú no eras SU amante, eras simplemente una mujer con la que se acostaba. ¡Una novia! ¿si me entiendes?

– Perfectamente, pero…

–¡Pérame, pérame, déjame terminar! Tus suegros quieren joderte e intentarán ponerte como la primera sospechosa, lo que complicaría las cosas ju-rí-di-ca-men-te hablando por tu grado de parentesco con el muerto, ¿estamos? Hay agravantes porque eras la persona más cercana a él. Sabías su rutina, cómo dormía y a qué hora, los lugares que frecuentaba, sus negocios chocolates, hasta a quién se cogía quizás… ¡yo qué sé!

–Sí, pero yo puedo comprobar que ni siquiera estaba en Puebla el día que mataron a Fernando. Además, para acabar pronto –y como eres el cirujano de esta operación– te voy a decir algo: ese ex jugador de los Aztecas jamás fue nada mío. ¡Carajo, Manuel! Yo nunca me enredaría con un pendejo que tuviera más músculos que sesos. Es ofensivo.

–Pero sí tenías tu amante, doña listilla. Dices “amante”, o como yo digo: te andabas cogiendo a otro cabrón que no era tu macho.

–Sí, claro. Y él lo sabía.

–¿Ah sí? ¿Fernando sabía que andabas con otro?

–Sí, claro. Yo misma se lo dije. Y creo que para él era muy cómodo, porque como bien sabes (y ya lo investigaste), él tenía otra u otras mujeres también.

–O sea, era nalguero… ¡y no se le veía eh! más bien pasaba como medio pendejito. ¿Y lo suyo era un tema consensuado?  ¿Le entraban a los swingers?

–¡No, Manuel! No creo en la moral swinger; acaba jodiéndose cuando uno de los participantes se engancha con el otro que no es su pareja. Esas son pendejadas que, en efecto, practican algunos de mis amigos más apoblanados: esos que no se atreven a soltarse de su área de confort, y luego todos acaban chillando.

– ¡O matando!

 

El licenciado se dejaba el cigarro en la boca mientras escuchaba el relato de su clienta, a quien conocía desde hacía tiempo. Manuel Senderos le había llevado un asunto a su hermano; el pleito de unos terrenos que le habían invadido. De ahí el tipo de confianza que existía entre el abogado y su clienta.

 

– Mira, Manuel: a Fer no lo mataron por un lío de faldas. Se metió donde no debía; sus papás lo saben y todo el mundo lo sabe, así que es intrascendente que estemos acá planeando una defensa innecesaria. Lo único que quiero es no perder el departamento. Eso es todo. Sé trabajar, no soy una trepa ni una viuda alegre o una exesposa resentida que quiera quedarse con lo que nunca trabajó. Los viejos Amaro se equivocan: yo no soy como sus otras nueras que han brincado para sacarle hasta los ojos a sus exes porque durante su matrimonio fueron unos verdaderos parásitos.

– Eso yo lo sé, reina. Eres independiente, me consta. Pues la propiedad, aunque no esté a tu nombre (aún) es tuya. No te van a sacar de ahí, yo me encargo. A mi me la pela mi contraparte, con todo respeto. ¿Me crees?

–Muy bien. Eso espero. Ahora, ya que dices ser como el cirujano que debes conocer todos los achaques de la paciente, ¿no me vas a preguntar quién era mi amante real?

– Si te lo quieres reservar, está bien. Por lo pronto descartamos al Azteca, a menos que sea alguien tan cercano que te pueda meter en otros líos.

–No es tan cercano. ¡Me imagino que habrás visto cada cosa en este despacho!

–Cosas que ni te imaginas; de quien menos te imaginas.

–Créeme que es muy difícil que algo me sorprenda.

–Lo que me intriga es que tu marido supiera todo lo que hacías y no hiciera gestos, ¿era putón, o que?

–No, para nada.  Simplemente estábamos ca-sa-dos, y tu sabes (o no se si sepas) que estar casados es el pase automático para empezar a coger sin ganas.

–Tienes razón, pero aún así me cuesta trabajo pensar que un cabrón se quede así nomás viendo cómo le ven la cara de don pendejo.

–Yo creo que le gustaba saber que alguien más se cogía a su esposa, ¿no crees? Una fantasía, quizás. Nunca se lo pregunté, pero si no hizo un escándalo fue por dos razones: o era muy sabio (que no, tú lo conocías prefecto) o era un depravado… pero no conmigo.

–Increíble.

–¿Es en serio que todavía te asombra eso? Ahora resulta que el licenciado es muy santo (jaja).

–Lo que me asombra es que me lo cuentes con esa ligereza. Las señoras que vienen acá jamás confiesan abiertamente que andan de putitas.

–¡Ja!, ¿ya ves? Manuel, Manuel… ¿Cómo se van a sincerar si el propio defensor las va a descalificar con esa palabra tan horrible? A ver, ¿por qué putitas? ¿Por hacer lo mismo que los hombres hacen? ¡Por Dios!, ponte de acuerdo, Manuel. Al abogado, como al cura y al cirujano, ¿qué no?

–Pues sí, y no quise decir que anduvieras de putita, eh… yo sólo… pff, te conozco de años y te creí incapaz de pintarle lo cuernos a alguien, la verdad.

–¡Ya, ya, hombre! Te conozco, tal vez no nos topemos seguido, pero sé que eres rudísimo al hablar. Pobres de tus clientes, se van temblando. Te tienen pánico.

–Así es, qué bueno que lo entiendas y no lo tomes a mal. Lo que pasa es que es difícil que una mujer vaya presumiendo por la vida que tiene amantes y esas cosas. No sé, yo soy más conservador, quizás.

–¡Eres súper poblano, más bien! ¿Conservador? Mira, Manuel querido: tú y yo no somos tan distintos en el fondo. Te voy a decir algo sobre ser una mujer libre en esta ciudad: vivimos en un lugar en donde, si no eres una hija de puta, las circunstancias te llevan a serlo. Y si no lo haces, la gente te pasa por encima.

–Está bien, y tienes razón. La gente cree que yo también soy un hijo de la chingada.

–¿La gente cree? Lo eres, querido. Por eso quiero que me defiendas tú. Un abogado blandengue es un pobre abogado.

–Estoy de acuerdo. Te busco en cuando vayamos avanzándole al tema. Y ya pórtate bieeen.

–Perfecto. Y no; no soy tan cínica como parezco, pero considero que debes saber a quién estás defendiendo. En una de esas hasta podemos crear una… ¿cómo le dicen los abogados? ¡jurisprudencia! ¿un criterio relevante? Para que las amantes sean tratadas como ciudadanos con derechos; al final del día, gracias a las amantes muchos matrimonios coexisten toda la vida.

Ya lo dijo mi ex, que en paz descanse: la mejor pareja siempre es de tres.

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