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domingo, enero 9, 2022
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La Amante Poblana 3

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CAPÍTULO 3

¿NOVIAS O AMANTES?

Anais tenía siempre en la cabeza el estribillo de una canción de Mecano que habla de un amor innombrable (lésbico para ser precisos), sin embargo, ella se repetía dicha frase cada vez que intentaban lapidarla por algún nuevo escándalo en el que se veía involucrada.

Construyó con las piedras de las otras su propia pared. Un muro desde el que observaba divertida cómo aquellas que de frente la saludaban corteses para luego voltearse a escupir, iban cayendo una a una en la misma trampa: el adulterio o el poliamor.

¿Cómo se delata una adúltera?

Generalmente, pensaba Anais, las mujeres engañan mejor; mienten con la verdad o con verdades a medias, es decir, cuando la mujer tiene una aventura, echa mano de una logística básica pero efectiva: pone tan cerca el objeto de su deseo, que queda desenfocado ante los ojos del esposo.

Eso se aprende a partir de un margen prueba-error.

Aunque el ser humano sea polígamo por naturaleza, las primeras veces que una mujer se anima a llevar una doble vida, comete muchos yerros. El miedo siempre está cerca del frío, y el frío paraliza, nos vuelve criaturas torpes y predecibles. Pero, por otro lado, la clandestinidad es un terreno caliente que nos nubla la visión con sus vapores dionisiacos.

Otra situación que lleva a la adúltera al despeñadero es que, en aras de contener el desastre y sentirse protegida, invita al festín a terceras personas para que sean partícipes de dichos crímenes del corazón. Una alcahueta. Lo que parece ser la forma más práctica para despistar al enemigo, se convierte rápidamente en un enredo de dimensiones catastróficas.

Las mujeres que rodean a una amante suelen aventarse al ruedo más por el morbo que por un acto de sincera solidaridad. Si bien dicen que en la política los amigos son falsos y los enemigos de verdad, en asuntos de secrecía extraconyugal, las primeras en meter la zancadilla y propinarte una puñalada trapera son las amigas. Y más si hablamos de una amistad de esas características en Puebla.

Las poblanas llevan siglos queriendo mostrar un rostro de pulcritud moral, aunque en la íntima intimidad se sabe que suelen ser de lo más consecuentes con los devaneos de sus hombres, y esos hombres a su vez disfrutan de la impunidad que les otorga el silencio comprado de sus parejas a cambio de mantenerles su estatus.

Anais fue siempre una mujer de pocas amigas; más bien nunca supo cómo convivir con las poblanas que la rodeaban. Le fascinaba, eso sí, escuchar las historias de horror y risa que se contaban entre sí en los cafés y mientras cambiaban las pesas del gimnasio.

El problema de sus conocidas poblanas radicaba en que, si alguna tenía un amante, la otra inmediatamente volteaba a ver al infeliz marido y buscaba la manera más sigilosa para metérsele en la cama con la finalidad de consolarlo, asestándole así un golpe bajo a la incauta que le confirió la misión de ser su cómplice.

Novias.

Los señores de Puebla difícilmente confiesan a sus camaradas que tienen una amante.

Amante. Esa palabra los paraliza porque en el fondo los vulnera.

Amante…

En el mejor de los casos, las señoras que descubren al marido en la movida los confrontarán y sacarán a relucir el término, pero como algo peyorativo, indigno, bajo.

La amante poblana,capítulo 3
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Las mujeres de bien son eso: esposas, señoras, madres de los hijos de…

Amante…

En Puebla los políticos más infieles no tienen los arrojos de asumir que aman, que ejercen esa acción sublime sobre una mujer que no está sacralizada por sus convenientes matrimonios.

Las amantes existen en París, en Nueva York, ¡Hasta en Senegal!

Acá los adúlteros dicen “Tengo novia”, “Es mi naylon” y presentan a la dama en cuestión en lugares torvos y de poca monta.

Los empresarios y políticos poblanos no tienen amantes porque no les alcanza la retórica. Tienen novias, nalguitas, culos…

Algunos acumulan muchas novias con diferente código postal.

La amante les queda grande. La palabra los obnubila y prefieren regresar a la edad de la puñeta para presumir que, aparte de esposa, existe una debutante que les rinda pleitesía y recoja las migajas.

Novias…

Las veinte novias de un rector, las dos novias del diputado, la nueva novia del ministro, el séquito de nalgas del operador electoral.

Eso murmuran los hombres mientras pergeñan negocios jugosos o se atascan de brandy en algún restaurante español, mientras las esposas que se dan color categorizan a las “novias” de sus maridos no como las amantes, pues tiemblan frente a esa palabra que implica un sentimiento mucho más elevado que el de un simple compromiso o conflicto de interés.

En Puebla no existen las amantes.

Existen las novias de los esposos de otra.

O las Putas.

Así las llaman ellas: las que no son novias de sus maridos, pero que sí llegan a ser las felices amantes de alguien más.

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