Miguel Maldonado
No tenía necesidad, todo estaba de su lado —una mujer bella egresada de buenos colegios a la que aparentemente nada le faltaba—, no había motivos para que a Gabriela Puente le diera por rizar el rizo. Pero qué sé yo, qué sabe nadie, de los motivos que mueven el ímpetu humano a cometer una empresa, y qué empresa: la peliaguda faena de ensortijar, aún más, el rizo. Me retracto entonces, contrito, y me limito a decir lo que es: Gabriela Puente se encargó de desordenar el mundo, sí, todavía más. Un rizo más al tigre.
El mundo dado, es decir el que recibimos por derecho de haber nacido en tal o cual circunstancia, suele de común aceptarse y de cumplirse conforme a las reglas convencionales. Pero Gabriela no era del común, su temperamento se asemeja a los primeros y los últimos Menipos: Cuenta Luciano de Samósata, que cuando Menipo visitó la Luna en nada se dejó hechizar por sus blanquecinas dunas y haciendo votos de satelital indiferencia prefirió voltear a contemplar la Tierra. Desde ese privilegiado divisadero, Menipo nos miró: triste enjambre de animalitos que somos nosotros que nos disputamos a muerte unas cuantas piedras, que amanecemos para engañar al otro y anochecemos para traicionarlo. A esa distancia, Menipo vio con claridad la atávica crueldad e insensatez que constituye la naturaleza de los hombres.
Gabriela Puente forma parte de este linaje milenario, personas que en cuanto observan el mundo ya saben lo mal que es de suyo, podrido de tanta hipocresía y de violencia. La estirpe de Gaby también sabe que a pesar de lo mal que están las cosas, no vale la pena amargarse y viene bien reírse un poco, podría decirse que cierta humildad y compasión los inclina a no despreciar la sociedad, al menos no del todo, y sutilmente sonríen; como aquella leve sonrisa que dibujó Velázquez en el óleo a Menipo. Los Menipos conocen tanto la condición humana cuanto saben que ellos mismos no están libres de parecerse al común de la gente, hay en su actitud una ironía indulgente hacia sí y hacia los demás. Decía Octavio Paz que la sonrisa irónica es otra forma de la compasión. Gaby criticaba y sonreía, rizaba el riso y rizaba de risa.
Difícil escribir de alguien que admiras como escritor, te fascina como persona y en verdad estimas como amiga. Esas tres gracias complican el sentido de este texto, unas veces jalona el personaje otras la escritora y amiga, y se corre el riesgo de terminar haciendo un batiburrillo. Aquello de la “distancia objetiva”, para el caso de la cercana relación que tuve con Gaby, es una aventura imposible. Bueno, ni yéndome a la Luna con Menipo podría lograr la claridad deseada. De esas tres Gabys, me gustaría destacar a la poeta, y a fin de dar un giro a este texto hacia la poética de Gaby y no estropearlo con una sabrosa ensalada de anécdotas y comentarios personales, me impuse el ejercicio de desmenuzar los poemas de Gaby y comentar su poética, creo que de esta manera podría destacar la poesía de Gaby sin las probables interrupciones emocionales, mostrar de algún modo las maneras en que Gaby rizaba el rizo y en cada vuelta de cairel hacía honores a su estirpe menípica denunciando las apariencias de la sociedad, la fragilidad del cuerpo, los rigores del deseo y la vacuidad del lenguaje, sobre todo de aquellas expresiones populares y religiosas que han perdido su poder de seducción y de convergencia social.
El personaje principal en la poética de Gaby es el idioma. Si por ejemplo el tema de algún libro se refiere al amor o la muerte, como en Papelera o Necrología, el lenguaje se impone como la materia prima de la creación. Es decir, si se trata de un poema amoroso lo que Gaby critica en principio es el propio lenguaje amoroso. Para ello toma una expresión conocida, ya sea del lenguaje popular o del religioso, y la reconstruye, como esta letanía matrimonial: “Miento para que / no falte / casa vestido y tu sexo”; o esta sobre la sentencia mortuoria del polvo y su experiencia con la poesía y las sustancias: “Una línea / para morir / en la línea / del poema / y volver al polvo”.
Esta recreación pone en juego diversos movimientos de resultas que el lenguaje termina revitalizado: las expresiones populares o religiosas se caracterizan por ser frases que se repiten por mera costumbre, lo cual hace que parezcan palabras huecas, Gaby las rescata de su uso inercial y, a través de su genio y visión personal, les da un nuevo sentido, lo que es igual a una nueva vida. En un tiro de tres bandas, Gaby critica las frases comunes, enseguida las reanima con el hálito de su imaginación y finalmente las devuelve tergiversadas para risa y gozo de quienes las reconocen ahora que están alrevesadas.
Las frases que Gaby retoma —¿rescata?— provienen sobre todo de tres fuentes: abreva de las expresiones publicitarias como si quisiese despojarlas de su sentido original cuyo objetivo es vender, vender y vender y Gaby lo que persigue es humanizar humanizar y humanizar las frases utilitarias, pasándolas por el tamiz de la experiencia personal y el filtro de su enorme creatividad. Así, el lema publicitario de una compañía telefónica “El que llama paga”, el cual recuerdo se propalaba por todos los medios hasta la nausea, es convertido en esta risueña sentencia casi japonesa: “A la hora del amor el que ya ama paga”. Otro abrevadero proviene como se ha dicho de la letanía religiosa, tergiversada a conveniencia de Gaby: “Cuerpo de Cristo / tú que quitas, ¿el pecado o el mundo? / ten piedad de los otros”.
En esencia, mediante la desviación del sentido litúrgico Gabriela consigue que los lectores se pregunten sobre la fuerza verdadera del fraseo católico, poner en cuestión un discurso es una manera de volver a él, y por qué no, es también reconstituir nuestro propio modo de dirigirnos a los misterios: “Tú que inspiras / la esperanza / que no existe / dale alas / a las mentiras dudosas / y déjanos conformes / en el caos”. Estas dos corrientes léxicas fueron las principales betas que inspiraron gran parte de la poética de Gaby. Aunque hay otras, como los lemas en la señalética comercial: “Cajero anatómico”; o la señalética vial: “Derrumbes, buen viaje”; o bien las expresiones del caló citadino: “Precisa preciosa”; o del refranero popular: “El Sol sale para casi todos”.
Lo anterior no significa que la poesía de Gaby se reduzca a un mero juego de desviación léxica, hay poemas grandiosos de Gabriela que nada tienen que ver con este mecanismo: “Hoy no anochece ni amanece, / no es nada, / no es mañana, / ni una mañana, / ni es tarde, / ni una tarde, / ni de noche en una noche.” Versos a veces de una ternura desesperada: “Sostén ahora el tiempo”; o su manera de hacer el amor con los elementos del mar: “Pruebo tus labios mejillones” // “Mi ostra se abre, muestra su perla” // “La bañera es acuario, medusas bajo el agua”; los poemas de denuncia: “Unos viven a la sombra / de los bronceados / los bronceados / viven a la sombra de los asoleados / yo / soy su cáncer en la piel”. Esas obsesiones que tenía con la imagen y la función de las alcantarillas, alegorías eróticas o metáforas de la catástrofe: por allí escurre el agua y también por allí se va todo al carajo; y ya que andamos de carajos cómo no aludir a sus poemas sobre lo que significa sobrevivir en este mundo empeñado en la imposibilidad del amor, el decaimiento del cuerpo y la muerte astrosa, de vivir “en el rincón de las putizas” // “El tiempo caduca antes de tiempo / siempre es antes de tiempo”. Y la risa de Menipo: “Pero este cuerpo / qué bien, no es eterno”.
Finalmente, para que el rizo se cierre, volvamos a la vuelta del lenguaje, Gaby rizó hasta el límite la revitalización del idioma que les dio vida a las palabras, y esto a través de un recurso prosopopéyico común en las fábulas, sólo que en vez de animales Gaby otorgó personalidad a las frases, las convirtió en sujetos propios capaces de actuar: “A Medidadelasposibilidades le faltaron unos metros”. El rizo se cerraba, Gaby simplemente hablaba con las palabras, como lo han hecho tantos pero sobre todo Rotterdam en El elogio a la locura, donde el personaje principal era la señora Insensatez. Esa misma ingeniosa y verdadera y profunda insensatez que llevó a Gaby a dar una vuelta de tuerca, otra, al enredado mundo.