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lunes, marzo 4, 2024

Tres artistas visuales del centro de Puebla

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El arte lleva la impronta icónica de un espacio, de un estado anímico, de una forma de configurar y darle sentido a la imagen que emerge de un momento, de una tensión entre signos visuales, de buscar más allá de la palabra una construcción ideal. Entonces surge una forma de relacionarnos desde el simbolismo con los artistas que hacen vida en Puebla, a pesar de que dos de ellos no hayan nacido aquí. Artistas que se mueven y fundan bases estéticas que aportan a la cultura visual de la ciudad. Pero el arte también es sospecha y desintegración, olvido y parodia, rigurosidad y extrañamiento. El arte que presentamos acá es reclamo, profecía y cuerpo, cada uno desde su codificación y misterio.

Jorge Gamboa nació en Tapachula, 1985, con más de 15 años radicado en Puebla, con una visión amplia del arte donde emplea varios elementos de expresión y contenido que van ligados a lo digital, materializa críticas al ser humano ante la naturaleza, la sociedad, los sistemas políticos, motivo que le ha permitido indagar en lo que somos y no somos, lo que hacemos y lo que no vemos, lo que se vuelve discurso directo en contra de las trasnacionales porque necesitamos de un mundo libre de tanto desecho artificial, de tanta inconciencia y atentados a nuestros procesos biológicos y lo que le vamos dejando a las futuras generaciones, una herencia infame entre la naturaleza y su deterioro.

Con más de 30 años radicada en Puebla, Teresa Colín nacida en Ciudad de México en 1960, nos trae una propuesta profética, donde sus predicciones están atadas al sentir emociones de un futuro precario e incierto, un juego de simbolismo psíquicos y pictóricos que proyectan en el significado del ser humano una potencia que va modificando su propia naturaleza, muchas de ellas en contra del mismo equilibrio del sistema, de una evolución incorrecta y por eso aparece la muerte, destrucción, el cambio energético, dentro de las nuevas configuraciones de un tiempo futuro, y no tan futuro, por un mundo asediado por la tecnología y los aparatos críticos de una política mundial que parece irreversible.

Y de la generación más joven de los artistas poblanos contamos a Oscar Rodrigo Ramírez, nacido en Puebla del año 1998, quien se preocupa por lo abyecto de cuerpos hilados que parecen representaciones como sacadas un mundo del comic de autor, la cual tiene una relación social implícita desde la compresión de significados atados a un contexto social y cultural representado en seres que han sido rechazados por su condición sexual, seres que están al margen de la legalidad. Oscar encuentra en sus “viñetas”, trabajadas con una técnica de bolígrafo y papel bond, además de precisar con muy buen detalle los trazos y líneas de sus personajes, la creación de mundo propio donde en ocasiones genera cruces intertextuales a la cultura visual universal, creando paralelismo antagónico entre lo público y lo privado, lo permitido y lo represivo.

Estos artistas quienes viven en el centro de Puebla, forman parte de esta referencialidad del arte poblano, creando mundos posibles donde el pincel, la digitalización y el bolígrafo, se encuentran en esta muestra en el que cada uno hace lo posible antes las nuevas formas de construir sus obras. Entonces, cabría preguntarnos: ¿Cuáles son los elementos visuales y simbólicos en sus obras para crear significados profundos y complejos?

En el caso de Jorge Gambia y su serie Nature morte: hombre y naturaleza encontrarás una sensibilidad íntima y al mismo tiempo globalizante sobre el estado crítico de la naturaleza. Una puesta en escena de la transformación, en detrimento de los valores humanos y su relación con el entorno.

Deja Gamboa que el espectador arme su significado a partir de la relación ser humano-muerte-naturaleza, evidenciada en el desgaste de la tierra y los desechos sólidos que ha producido la idea de desarrollo. El plástico como una anomalía de la industria, el recalentamiento global que afecta a los animales, la tala de los bosques, la vida de animales marinos traspasados por popotes, la desaparición de las especies…

También crea en algunas obras desde una mirada esperanzadora de la tierra y sus atributos, donde reproduce a las aves, bosques, insectos y hombre, como un mundo paralelo que existe en una lejanía remota, obras a las que incluye ambientes sonoros.

A partir de la idea de que los seres humanos vemos menos de los que existe, logra representar un Iceberg en una bolsa de plástico; insectos mutantes que se han adaptado a una pos evolución a partir de la basura, tostadoras que cocinan trozos de árboles, además de la sorpresa de unas flores cuya atmosfera negra pareciera consumirse con el dióxido de carbono.

El artista valiéndose de las técnicas mixtas empleando el esténcil, fotografía, escultura, collage digital, ensamblaje, cartel, arte sonoro, intervención digital, realiza una crítica mostrándonos acontecimientos extraídos de la realidad para convertirlas en metáforas visuales, donde narra en pequeñas historias gráficas el dialogo de fuerzas contrarias, dejando un espacio para pensar, ¿vendrá un cambio o el ser humano acabará con la naturaleza?

En el caso de Teresa Colín y El libro de las Profecías se gesta como un libro objeto en el año 2012, cuando los Mayas pronosticaron el fin de la cuenta larga de su calendario, por eso se pensó que ese año se acabaría el mundo y termina la obra en el año 2023.

Con su propuesta lleva pensamientos adivinatorios desde una herencia antigua y futura, donde Teresa decide narrar e ilustrar sus propias profecías, inspirada en el profeta y visionario Nostradamus, así como otros iluminados que investigó y decidió experimentar desde lo que conocemos como visión remota, que consiste en dejar que la mente fluya en tiempo y espacio.

El hecho misterioso de saber sobre el futuro y que se exprese desde el arte, nos deja en reflexión varios escenarios donde lo cósmico y lo terrenal se unen, como si se trata de precisar el origen de nuevas vidas, sacrificando esta.

La exploración mente-cuerpo-universo en Colín, ha hecho una fusión alquímica donde nos revela un planeta que se acaba, además de darle continuidad a las nuevas fusiones, que en algún momento los antiguos sabios nos señalaron.

En esta obra vamos a encontrar interacciones simbólicas, como el encuentro de la luz y la oscuridad desde una consecuencia cósmica; la experimentación genética en contraposición con la creencia de Dios; la simultaneidad de las realidades; el paso del tiempo relacionado a al oro y el pago costoso de la naturaleza; la creación y destrucción del mundo; representantes de una iglesia en estado de coma; la extinción de los delfines y otras especies; el gran colapso informático…

Teresa Colín fungió como médium y cuerpo abierto para el encuentro desde diversos niveles de pensamientos en conexión con el Todo, reconstruyendo sucesos posibles de la humanidad, la naturaleza y de otras inteligencias, uniendo pasado, presente y futuro, a partir de un portal donde lo sensorial crea un alcance de significación en la mística manera de precisar bajo el hermetismo: destellos sobrenaturales.

Y Oscar Rodríguez Ramírez aparece con su obra dibujística como si se tratara de una matrioska, al presentar muchas lecturas simultaneas, por esa especial capacidad metanarrativa visual que las componen. La superposición de elementos es una característica que genera una atmosfera pesada, sugiriendo una sensación de sobrecarga en la imagen.

Cuerpos alargados que juegan con el espacio. Colores grises, pasteles, oscuros, opacos, que da la posibilidad de la técnica del bolígrafo, y el artista sabe emplear logrando con trazos definidos una figuratividad que asombra. Rostros de expresión neutra, quizá insatisfechos o faltos de sorpresa, detalles precisos de una decoración interna en espacios cerrados. Habitaciones, adornos de muñecas, portaretratos, pinturas dentro de la obra que dialogan en un reconocimiento del sentido histórico y estético del arte.

Encontramos animales míticos e híbridos, personajes que expresan satisfacción, goce, encuentros, enamoramientos, música, baile, sobre todo gente que parece estar sumergida en una nostalgia por el futuro incierto. Su obra está cargada de personajes, cada uno con una historia distinta, pero cada uno tan parecido al otro que entre ellos mismo generan cierto caos, son imágenes que pretenden unión y ruptura sugiriendo otra alteridad.

En estos dibujos lo que parece ser no es y lo que es puede resultar otra cosa, un realismo dark, o el surgimiento de personajes que terminan siendo drags, critica y cuestiona el discurso cultural oficializado en las paredes que los encierran: la ambientación sexual de cuerpos desnudos y semidesnudos en cierta liberación nocturna, el amor como una interacción por momentos de cuerpos asexuados, personajes diablos, personajes travestis, personajes que se comunican en una transformación de cuerpos que exhiben la moda, el glamour, las apariencias y los tacones como símbolo de elegancia.

El amor libre, el amor etílico, el amor y la religión; y esta religión católica que se evidencia en la aceptación de una fe. Su obra es uno y cientos de personajes con rasgos y facciones parecidas, como si se tratara de retratos continuos a un juego de roles, donde uno y todos parecen los mismos; composiciones que integran al ritmo de la repetición un particular mundo deseado.

Estos tres artistas, cada uno con su estética particular, forman parte de este acercamiento a la cultura visual del arte poblano, donde se superponen y crean relaciones locales que se hacen universales, miradas críticas a un mundo donde la cotidianidad adquiere otros sentidos, un contexto social y cultural que se expanden en universos de sentidos más complejos y se vuelve arte globalizado, sin apartarse de las tendencia actuales de creación, sino proponiendo otros discursos, en el que cada uno desde su laboratorio creativo, va dialogando con el entorno, como una fuente mágica que los atrapa para poder rehacer su imaginario.

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