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domingo, junio 16, 2024

¿En quién se inspiró el presidente López Obrador para la sucesión que vimos?

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Lo ocurrido el pasado miércoles 6 de septiembre fue un hecho histórico brutal que no alcanzamos a dimensionar debido a la cercanía.

Entre más nos alejemos, más sabremos de su trascendencia.

Lo mismo les debió haber pasado, en su momento, a quienes fueron testigos del destape de Manuel Ávila Camacho a manos de las fuerzas vivas de la revolución cardenista.

La unción de Claudia Sheinbaum como virtual candidata de Morena a Palacio Nacional se emparenta con otros rituales sexenales.

El mismo proceso interno nos hace ver que el presidente López Obrador tiene muy bien leídos sus libros de historia de México.

Vea el hipócrita lector las analogías entre lo que ocurrió los últimos dos meses con lo que narra Jorge G. Castañeda en La Herencia:

“Gustavo Díaz Ordaz cumplió fielmente con el axioma de Adolfo Ruiz Cortines; según recuerda Rafael Moreno Valle, el médico militar de Puebla que llegó a ser el amigo más íntimo de Díaz Ordaz en sus últimos años de vida, amigo a secas de Adolfo Ruiz Cortines y gobernador de su estado por tres años, Ruiz Cortines alguna vez le explicó: ‘El Presidente no puede tener ni más de tres candidatos, ni menos de tres. Si son dos y se inclina por uno desde el principio, la jauría lo hace pedazos y llega muy lastimado. Además, si el predestinado se enferma o tiene un escándalo, hay que echar mano de otro, y éste se va creer o plato de segunda mesa, o que llegó por sí mismo, y los demás van a pensar que el Presidente se equivocó.

Pero nunca el número es superior a tres: lo demás es relleno para que se repartan los trancazos.’ Curiosamente, treinta años después, Miguel de la Madrid ha compartido una reflexión similar con diversos interlocutores a propósito de la contienda dentro del PRI para suceder al doctor Ernesto Zedillo: si son sólo dos candidatos, el perdedor puede dividir al partido; si son más de tres, se atomizan los apoyos.

“Al final de la ruta sucesoria, a mediados de 1969, Díaz Ordaz se quedó con una terna:
Luis Echeverría, secretario de Gobernación; Emilio Martínez Manatou, secretario de la Presidencia; y Alfonso Corona del Rosal, jefe del Departamento del Distrito Federal”.

Hasta aquí la larga pero reveladora cita.

El presidente López Obrador, es claro, tomó nota de lo dicho por Ruiz Cortines.

Y fue más allá al meter en la puja a otros tres personajes inofensivos que terminaron siendo ese “relleno” que se repartieron “los trancazos”.

¿Nombres?

Ricardo Monreal, Gerardo Fernández Noroña y Manuel Velasco).

Si hubiesen sido son dos los precandidatos —Claudia Sheinbaum y Marcelo Ebrard—, y se hubiese inclinado por la exjefa de Gobierno desde el principio, la jauría la hubiera hecho pedazos y habría llegado muy lastimada.

Y en una de ésas, ante un eventual escándalo, habría tenido que echar mano de Ebrard.

(Cosa que no estaba en su ánimo ni en su estrategia).

¿Qué hubiera pasado en ese improbable escenario?

Que Ebrard se habría sentido —susceptible como es— plato de segunda mesa o “que llegó por sí mismo”, lo que sería equivalente de que el Presidente se equivocó.

López Obrador midió bien no sólo los tiempos y los escenarios, sino las consecuencias de su decisión.

Hábil como es, seguramente vislumbró el Camachazo de Ebrard con todo y el poco feliz desenlace que estamos viendo.

¿Quién lo dijera?

En unos pocos días, el excanciller dilapidó su capital político con su discurso de este lunes.

Hasta antes de esa salida de opereta, Ebrard valía una fortuna.

Hoy, su precio está en picada.

Los más felices de esto son los diputados que en apariencia lo apoyaban —en realidad ya planeaban dejarlo solo—, pues seguirán lucrando con los beneficios que les da ser arropados por Morena.

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